México vuelve a ilusionarse con un joven futbolista. El nombre de Gil Mora ha despertado entusiasmo entre aficionados, analistas y medios de comunicación. Se habla de su talento, de su madurez dentro de la cancha y del futuro que podría tener con la Selección Nacional. Es inevitable que las comparaciones aparezcan y que las expectativas crezcan.
Sin embargo, mientras todos observan al futbolista, no puedo dejar de pensar en otra pregunta: ¿quién está cuidando al niño?
Vivimos en una época en la que el éxito llega cada vez más temprano. Hay adolescentes que llenan estadios, firman contratos millonarios, protagonizan campañas publicitarias o acumulan millones de seguidores en redes sociales antes de cumplir la mayoría de edad.
La capacidad para jugar al fútbol, cantar, actuar o emprender no acelera el desarrollo emocional. Un adolescente puede tomar decisiones extraordinarias dentro de una cancha y, al mismo tiempo, seguir necesitando el abrazo de su familia después de una derrota, la orientación de sus padres cuando enfrenta la presión o el derecho a equivocarse sin que un error se convierta en noticia nacional.
El derecho es una herramienta que ayuda a comprender esta realidad, mejor de lo que muchas veces imaginamos.
Nuestra Constitución, la Convención sobre los Derechos del Niño y la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes parten de una idea fundamental: todo niño tiene derecho a un desarrollo integral y el interés superior de la niñez debe prevalecer en cualquier decisión que pueda afectarle.
Ese principio no desaparece cuando un adolescente se convierte en figura pública, al contrario, mientras mayor sea el talento, mayor debe ser el compromiso de quienes lo rodean para proteger su infancia o su adolescencia.
A veces creemos que proteger a un niño significa únicamente evitar que sufra algún daño físico. En realidad, protegerlo también implica cuidar su salud mental, respetar sus tiempos de descanso, garantizar que continúe con su formación académica, permitirle convivir con su familia y evitar que las expectativas de los adultos pesen más que sus propias necesidades.
Porque un niño nunca debería cargar sobre sus hombros los sueños de millones de personas, ni los de un país.
Ni siquiera los de su propia familia.
Los padres tienen la enorme responsabilidad de acompañar el talento sin convertirlo en una obligación. Los entrenadores deben formar deportistas, pero también personas. Los clubes tienen el deber de entender que trabajan con adolescentes antes que con activos deportivos. Los medios de comunicación debemos recordar que detrás de cada entrevista existe alguien que todavía está construyendo su identidad. Y como sociedad también tendríamos que preguntarnos si el entusiasmo no termina, algunas veces, convirtiéndose en una presión desmedida.
En los juzgados familiares es frecuente encontrar conflictos donde los adultos olvidan que las niñas, niños y adolescentes tienen una voz propia. Con frecuencia los desacuerdos entre los padres, las disputas por la custodia o incluso las diferencias económicas terminan colocando a los hijos en el centro de una batalla que nunca eligieron. Algo parecido puede ocurrir fuera de los tribunales.
Cuando un adolescente se convierte en símbolo de esperanza para todo un país, existe el riesgo de que los adultos vuelvan a tomar decisiones pensando más en el resultado que en la persona.
Y ese es precisamente el momento en que el derecho nos recuerda cuál debe ser la prioridad.
No importa si hablamos del hijo de una familia cualquiera o de la próxima estrella del fútbol mexicano. La protección jurídica es exactamente la misma. Su dignidad, sus derechos y su desarrollo integral no dependen de la cantidad de reflectores que lo acompañen.
Quizá dentro de algunos años celebremos goles, campeonatos y reconocimientos. Pero el verdadero triunfo no estará en las vitrinas ni en los récords. Estará en poder decir que, mientras todos admiraban al deportista, nunca permitimos que el éxito le arrebatara el derecho de seguir siendo niño.