Los soldados que nunca salen en la foto

21 de Junio de 2026

Los soldados que nunca salen en la foto

jose luis camacho

Hay una escena que se repite en México y que casi nadie cuenta: son las 4 de la mañana en algún municipio devastado por un huracán o tormenta. El lodo lo cubre todo. Las calles ya no son calles. Y en medio de ese caos silencioso, hay hombres y mujeres con botas embarradas que cargan a un anciano en brazos, que rescatan archivos de una escuela, que le explican a un niño asustado que ya llegó ayuda. No hay cámaras ahí. No hay trending topic. Solo trabajo.

Esos son los soldados del Ejército Mexicano que casi nunca salen en la foto.

Vivimos en una época donde la narrativa pública sobre las fuerzas armadas suele oscilar entre dos extremos igualmente superficiales: la épica marcial de los desfiles y la crítica automática que reduce toda institución uniformada a sinónimo de problema. Ambas posturas, curiosamente, tienen algo en común: dejan fuera a la persona.

Y es que detrás del uniforme verde olivo hay un médico militar que opera en comunidades donde no hay hospital a kilómetros de distancia. Hay un ingeniero que construye caminos en zonas que la iniciativa privada olvidó. Hay un maestro de educación física que le enseña a nadar a niños en Guerrero. Hay una enfermera que vacunó abuelas durante la pandemia cuando nadie más llegaba hasta allá.

México es un país geográficamente brutal. Somos terremotos, somos huracanes, somos sequías y derrumbes. Y en cada una de esas crisis —desde 1985, desde el 2017, desde Otis en 2023— la primera institución organizada en llegar a los lugares más difíciles ha sido el Ejército.

No lo digo como propaganda. Lo digo como dato estructural: en un país con las asimetrías que tenemos, las fuerzas armadas funcionan frecuentemente como el único Estado presente en geografías donde el Estado civil llegará semanas después.

Eso no es militarismo. Eso es una realidad que merece ser nombrada con honestidad.

Lo más interesante —y lo que casi nunca se discute— es que la vocación de servicio que mueve a miles de soldados mexicanos no nace de un decreto ni de un manual de instrucciones. Nace de lo mismo que mueve a cualquier persona a dedicar su vida a algo más grande que ella misma.

Hay testimonios de militares que aprendieron a leer junto con los niños de las comunidades donde fueron destacamentados. De brigadas que construyeron su propio huerto comunitario porque vieron que las familias no tenían qué comer. De soldados que regresaron, ya como civiles, a los pueblos donde sirvieron, porque algo de esos lugares se quedó con ellos para siempre.

Eso no es obediencia ciega. Eso es arraigo.

Apoyo genuino no significa mirada acrítica. Precisamente porque el Ejército importa tanto a la vida de millones de mexicanos, tiene la obligación histórica de seguir evolucionando: en transparencia, en protocolos de derechos humanos, en mecanismos de rendición de cuentas. Las instituciones que más aportan son también las que más deben exigirse a sí mismas.

La fortaleza real de cualquier cuerpo armado no se mide solo en capacidad operativa. Se mide en la confianza que construye con la sociedad civil. Y esa confianza no se decreta: se gana, rescate por rescate, clínica por clínica, camino por camino.

En un México que a veces parece fragmentado en mil narrativas contrarias, hay algo que atraviesa regiones, clases y generaciones: la imagen del soldado que ayuda. No el soldado abstracto de los discursos, sino el de carne y hueso que alguien recuerda de aquella inundación, de aquel temblor, de aquel operativo de salud en la sierra.

Ese recuerdo es real. Ese agradecimiento es legítimo. Y merece ser dicho en voz alta, sin ingenuidad pero también sin vergüenza.

A los que nunca salen en la foto: se les ve.

@jlcamachov