Por más espectacular que haya sido la inauguración del Mundial, por más goles y fuegos artificiales, hay una imagen que nadie puede esconder: las madres buscadoras marchando con las fotografías de sus hijos desaparecidos. Su reclamo no es político. Es humano.
Y es imposible exigirles silencio cuando México enfrenta una de las mayores crisis de desapariciones del continente. Las cifras oficiales del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas superan los 134 mil casos, a ello se suman cerca de 80 mil cuerpos sin identificar en servicios forenses. Estado de México, Jalisco, Sinaloa y Tamaulipas concentran buena parte de esta tragedia.
En medio de estas cifras, hay quienes se escandalizaron porque las madres aprovecharon la “vitrina mundialista” para manifestarse, pero quizá no han entendido la dimensión de su dolor y desesperación.
EL CONTRASTE RESULTA BRUTAL
Por un lado, el legítimo orgullo de ser mexicanos.
La satisfacción de albergar una tercera Copa del Mundo, una página histórica que quedará escrita para siempre y que demuestra la capacidad del país para recibir a millones de visitantes, una hazaña histórica acompañada de inversiones multimillonarias y un despliegue gubernamental hay que decirlo, bien ejecutado. Para algunos críticos sólo un ejercicio mundial más de sportswashing…
Por otro, está la imagen de las madres buscadoras, miles de mujeres que se conviertan en policías, peritos y excavadoras ante la incapacidad del Estado mexicano, familias que durante años han tenido que organizar rifas, vender comida o pedir cooperación para salir a buscar restos humanos en cerros y fosas clandestinas.
Durante años tocaron puertas, acudieron a fiscalías y realizaron búsquedas con sus propias manos. Si el mundo está mirando a México, ¿por qué no recordar que existen miles de familias que siguen esperando el regreso de sus seres queridos?
México merece ser celebrado. Pero también merece ser mirado con honestidad. Porque una nación madura no es la que esconde sus tragedias detrás de un estadio…
OTRA VEZ, EL BLOQUE NEGRO
Verdaderamente indignante , la escena se repite una y otra vez, el llamado “bloque negro” se ha convertido en un invitado permanente en prácticamente todas las movilizaciones importantes del país, ya sean marchas feministas, protestas estudiantiles o manifestaciones sociales terminan siempre secuestradas por actos vandálicos que desvían la atención del reclamo principal, como si la C5 no pudiese reconocerles, ¿en serio?
Lo que en cada maracha nos enoja a muchos, es que los reflectores dejan de apuntar a las madres buscadoras y/o protestantes y se enfocan en cristales rotos, pintas y enfrentamientos. El dolor de quienes cargan años buscando restos humanos en fosas clandestinas, queda reducido a imágenes de caos y actos vandálicos.
¿Cómo es posible que las autoridades no sepan quiénes son, cómo operan o quién los financia? La tolerancia hacia estos grupos resulta, cuando menos, inexplicable. El resultado es siempre el mismo: la violencia termina eclipsando la exigencia de justicia, ese es el bloque negro de México.
Nadie debería confundir a las madres buscadoras con quienes buscan confrontación. Ellas no marchan por ideología; marchan porque no tienen otra opción.
Entre 2010 y 2026, al menos 44 personas buscadoras fueron asesinadas o desaparecidas por intentar encontrar a sus familiares. Por eso es legítimo que hayan aprovechado la atención mundial que genera la Copa del Mundo para exigir justicia.
AMAR A MÉXICO
México merece ser celebrado. Pero también merece ser mirado con honestidad. Amar a México y celebrar el orgullo mundialista, no significa cerrar los ojos ante las injusticias ni frente a los malos gobiernos. Significa reconocer que México es mucho más que quienes le gobiernan o han gobernado.
México es su gente, su cultura, sus tradiciones, sus científicos, sus trabajadores, sus artistas y sus deportistas. Pero también son esas madres que, armadas únicamente con la esperanza, se niegan a renunciar a la búsqueda de sus hijos.
Porque hablar de las heridas del país no es hablar mal de México. Al contrario. Amar a México también implica mirar de frente sus tragedias, acompañar a las víctimas y negarse a normalizar aquello que nunca debió convertirse en costumbre.
El problema nunca han sido las protestas, sino las razones que obligan a salir a las calles. El Mundial terminará, la fiesta acabará y los estadios se vaciarán. Pero para miles de madres mexicanas, el partido más importante sigue sin terminar.
Yo, al igual que tú, solo quiero que le vaya bien a México y ¡Que viva México!
@KARENTORRES.MX