Magos y verdades

17 de Agosto de 2026

Magos y verdades

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Alejandro Estivill

Mi padre adoraba la anécdota de Pedro El Mago Septién narrando un juego de la Serie Mundial del 47: inventó cada jugada y la audiencia lo gozó. Tenía consigo únicamente el cintillo del enfrentamiento entre Yankees y Dodgers, carreras, hits, errores, más su enorme conocimiento de los jugadores.

Hay controversia sobre si lo hizo horas o días después del juego y sobre el origen de su mote, El Mago; fue por ese hecho o por sus artes de crupier. Poco importa; lo que sí marcó fue su capacidad para responder —con imaginación— a una necesidad: “querían béisbol y emoción, se las di”.

Su “hazaña” fue la respuesta a que las líneas estaban bloqueadas y la narración original no llegaba. Pero, hace tiempo que la información ha pasado a ser, en muchos aspectos, algo omnipresente. Saber que un hecho ha ocurrido es incluso involuntario y las audiencias están rebasadas por olas de información que arremeten por doquier.

Los términos del comercio de la información se han revertido: lo que venden los medios no es el dato, es la atención recibida: rating, suscriptores. Su comprador no es el público, sino quien necesita publicitarse. Ofrecen los matices, comentarios, énfasis y editoriales que tocan el alma. Basta ver la película News of the World sobre la vida de un lector de periódicos que va de pueblo en pueblo en 1870; pura emotividad en los márgenes noticiosos.

El Acta Diurna de la antigua Roma es el primer antecedente de una suerte de periódico. César marcó la pauta instituyéndola para registrar hechos de Roma. Reportaba desde recepciones de su familia y opiniones sobre enemigos, hasta ordenanzas, fenómenos naturales y ejecuciones. Funcionó de manera similar a los órganos de publicidad oficial, reportes de la corte, registros parlamentarios o antiguos monitores gubernamentales.
Sabemos que la imprenta vino a cambiar todo, y ya en el siglo XVIII, el conde de Hardwicke, Philip Yorke, hizo una primera genealogía de los medios. Llegó hasta el Acta Diurna, pero por su rechazo a la oralidad —efímera, en suma—, no analizó la labor de pregoneros medievales y renacentistas que cantaban hechos y edictos a grito pelado en las plazas. El éxito del pregonero, cabe recordar, dependía de su voz, sus ropas y campanas. Los pregoneros fueron acusados de manipuladores por la emoción que ponían al narrar un hecho; por ejemplo, una ejecución.

El periodismo anglosajón, que se vanagloria de férreos compromisos con la objetividad, nació primero sobre una base de pura intencionalidad política. Por ejemplo, los periódicos y gacetas —aquellas que compraban o fundaban aquí y allá Franklin, Hamilton o Madison—, tuvieron un enorme auge basado en cualquier cosa menos neutralidad: dependían de los partidos políticos y tenían una agenda cargada. Presumieron siempre su incidencia y logros forjando la conciencia americana: incluso construyendo una nación.
Los esfuerzos por una información neutral tienen una historia diferente y brevísima. Son resultado de circunstancias distintas como la llamada penny press que permitió una difusión masiva: andarse con opiniones llenas de tendencia implicaba perder la mitad de los lectores. Surgieron igualmente de la creación de “agencias” que debían vender a “tirios y troyanos”, conservadores o progresistas, así que mejor ofrecer datos y que otros los editorialicen.

Pero es importante que esa objetividad surgió, también, del telégrafo; de la necesidad de decir lo importante, breve y rápidamente. Los cortes en las líneas durante la Guerra de Secesión obligaban asimismo a exponer los datos fríos primero, la retórica después; no vaya a ser que el mensaje llegara incompleto. Los premios como el Pulitzer —curiosamente aludiendo a un periodista amarillista como pocos—, los códigos de ética y las escuelas son cosas mucho más recientes.

Vuelvo a pensar en El Mago Septién quien tuvo que poner magia a la narrativa por los cortes en la comunicación, obligado a bordar a partir de un frío cintillo beisbolero. Y pienso en la neutralidad fáctica motivada también por inestabilidad en el telégrafo. La pregunta más importante será cómo las nuevas tecnologías, la sobreabundancia supuestamente informativa y la inteligencia artificial transformarán aquello que entendemos por “verdad”. De momento, hay crisis y pronósticos poco halagüeños. Solo la exigencia de los consumidores que privilegien su educación y conciencia libres y críticas podrán corregir el paso en este difícil trayecto.