Marx y su daño a México

13 de Julio de 2026

Marx y su daño a México

Columna invitada_Redes

Felipe Alfredo Fuentes Barrera

“Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros” GM. Arriaga sí es marxista, pero de Groucho, no de Karl.

Esto queda claro, pues Marx -ni Karl ni Groucho, sino Arriaga- le hizo un daño profundo a México. Arriaga fue una de esas herencias incómodas que quedaron incrustadas en el aparato educativo y que tarde o temprano tendrían que enfrentarse. Su salida de la Secretaría de Educación Pública no es un simple ajuste administrativo: es un mensaje político con destinatarios claros.

Desde la Dirección General de Materiales Educativos, Arriaga fue el principal arquitecto de los nuevos libros de texto y del rediseño ideológico de la educación básica. Bajo el discurso de transformación, se sustituyó método por consigna; evidencia por narrativa y técnica pedagógica por activismo. El saldo fue polarización social, errores conceptuales, improvisación curricular y, lo más grave, una generación de niñas y niños convertidos en campo de batalla ideológico.

La educación pública no puede funcionar como laboratorio doctrinario. No puede ser el espacio donde se ensayan tesis políticas a costa de la formación académica. Cuando los libros sacrifican claridad por propaganda y rigor por relato, quienes pagan la factura no son los funcionarios ni los ideólogos, son las y los estudiantes. México ya enfrenta rezagos alarmantes en comprensión lectora, pensamiento lógico-matemático y habilidades científicas, agregar experimentos mal planeados no es transformación, es irresponsabilidad.

La discusión nunca fue si el sistema necesitaba cambios -los necesita con urgencia, pero no esos- sino cómo y con qué criterios. Reformar no significa improvisar. Modernizar no implica adoctrinar. Confundir formación crítica con alineación ideológica terminó debilitando la confianza de padres de familia, docentes y especialistas.

Con el despido de Arriaga, Claudia Sheinbaum parece entender algo fundamental: gobernar no es administrar lealtades personales ni proteger herencias incómodas, es asumir costos y corregir rumbos cuando las decisiones no funcionan. Sacudir perfiles que generaron desgaste es un acto de autonomía política frente a la sombra de su antecesor. No es una ruptura escandalosa, pero sí una señal clara de que la etapa de experimentación ideológica puede estar cerrándose.

Así, quitar a Arriaga es apenas el primer movimiento. El verdadero desafío comienza ahora: reconstruir la credibilidad del sistema educativo, reinstalar el mérito académico como eje rector y devolver a las aulas su propósito esencial. La educación debe volver a ser una política de Estado, no una trinchera ideológica. Porque el futuro de México no se disputa en consignas, se construye en conocimiento.