Marx y su daño a México

23 de Febrero de 2026

Marx y su daño a México

Columna invitada_Redes

“Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros” GM. Arriaga sí es marxista, pero de Groucho, no de Karl.

Esto queda claro, pues Marx -ni Karl ni Groucho, sino Arriaga- le hizo un daño profundo a México. Arriaga fue una de esas herencias incómodas que quedaron incrustadas en el aparato educativo y que tarde o temprano tendrían que enfrentarse. Su salida de la Secretaría de Educación Pública no es un simple ajuste administrativo: es un mensaje político con destinatarios claros.

Desde la Dirección General de Materiales Educativos, Arriaga fue el principal arquitecto de los nuevos libros de texto y del rediseño ideológico de la educación básica. Bajo el discurso de transformación, se sustituyó método por consigna; evidencia por narrativa y técnica pedagógica por activismo. El saldo fue polarización social, errores conceptuales, improvisación curricular y, lo más grave, una generación de niñas y niños convertidos en campo de batalla ideológico.

La educación pública no puede funcionar como laboratorio doctrinario. No puede ser el espacio donde se ensayan tesis políticas a costa de la formación académica. Cuando los libros sacrifican claridad por propaganda y rigor por relato, quienes pagan la factura no son los funcionarios ni los ideólogos, son las y los estudiantes. México ya enfrenta rezagos alarmantes en comprensión lectora, pensamiento lógico-matemático y habilidades científicas, agregar experimentos mal planeados no es transformación, es irresponsabilidad.

La discusión nunca fue si el sistema necesitaba cambios -los necesita con urgencia, pero no esos- sino cómo y con qué criterios. Reformar no significa improvisar. Modernizar no implica adoctrinar. Confundir formación crítica con alineación ideológica terminó debilitando la confianza de padres de familia, docentes y especialistas.

Con el despido de Arriaga, Claudia Sheinbaum parece entender algo fundamental: gobernar no es administrar lealtades personales ni proteger herencias incómodas, es asumir costos y corregir rumbos cuando las decisiones no funcionan. Sacudir perfiles que generaron desgaste es un acto de autonomía política frente a la sombra de su antecesor. No es una ruptura escandalosa, pero sí una señal clara de que la etapa de experimentación ideológica puede estar cerrándose.

Así, quitar a Arriaga es apenas el primer movimiento. El verdadero desafío comienza ahora: reconstruir la credibilidad del sistema educativo, reinstalar el mérito académico como eje rector y devolver a las aulas su propósito esencial. La educación debe volver a ser una política de Estado, no una trinchera ideológica. Porque el futuro de México no se disputa en consignas, se construye en conocimiento.

Adriana Sarur
Adriana Sarur