La política exterior mexicana transita hoy por una de sus etapas más sinuosas y azarosas de las últimas décadas. Inmersa en un asedio constante de exigencias provenientes de Washington, la reacción del Estado mexicano trasluce una preocupante fragilidad institucional y estratégica. Al haber cedido la iniciativa, México se limita a gravitar en una órbita reactiva, permitiendo que Estados Unidos dicte soberanamente el ritmo, la agenda y las directrices de la relación bilateral.
Si bien los temas bilaterales no son sencillos y la personalidad del presidente estadounidense es impredecible —especialmente en una relación asimétrica—, el nudo gordiano radica en la falta de una respuesta estratégica por parte de México, atrapada en una retórica frívola y desgastada, vacía y desconectada de la realidad, sobre soberanía y no intervención. Evidentemente son principios válidos y fundamentales cuando hay oficio diplomático, pero la oratoria por sí misma no resuelve problemas.
La Secretaría de Relaciones Exteriores y su nuevo titular, Roberto Velasco, parecen mantenerse al margen de la verdadera toma de decisiones que emana de la oficina presidencial. Desprovisto de peso político real, Velasco carece de iniciativa propia, autonomía técnica y una visión diplomática independiente, lo que reduce a la Cancillería mexicana a una simple oficina de vocería y comunicados, lejos de ser el centro estratégico de diseño y negociación que el país requiere. Si bien su experiencia previa manejando la relación bilateral con Estados Unidos no es un tema menor, su gestión actual lo perfila como un funcionario ejecutor de órdenes más que como un diplomático capaz de articular política exterior. En última instancia, su objetivo parece centrarse en cumplir con la línea política del gobierno en turno y no la construcción de una política de Estado con visión de largo plazo.
El nuevo titular de la Cancillería es un funcionario de confianza totalmente alineado a la presidencia. Su gestión parece estar destinada a priorizar la línea política e ideológica sobre la tesitura técnica y diplomática; de hecho, sus primeras intervenciones ante los desafíos del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU, las solicitudes de extradición de Estados Unidos, la presencia de agentes de la CIA en territorio nacional sin las autorizaciones correspondientes federales y las amenazas de revisión a los consulados mexicanos no sugieren lo contrario ¿dónde quedó el piloto? Con una trayectoria centrada casi exclusivamente en América del Norte, Velasco carece de experiencia en otras regiones o en organismos multilaterales, precisamente cuando México requiere diversificar sus alianzas para reducir su vulnerabilidad.
La verdadera diplomacia —aquella que negocia, tiende puentes y resuelve conflictos— ha sido desplazada en los últimos años por la retórica política. Prevalece una confusión maquiavélicamente deliberada entre el interés nacional y el interés gubernamental: mientras el primero trasciende administraciones para garantizar el desarrollo, la seguridad y el prestigio del país, el segundo es puramente coyuntural, enfocado en mantener el poder, cumplir agendas inmediatas y fortalecer al movimiento gobernante. Resulta claro que la administración actual ha decidido sacrificar lo nacional en favor de lo partidista. El resultado es un México vulnerable ante una ofensiva coordinada y multidimensional de Estados Unidos. Lo que atestiguamos es el secuestro de la política exterior en aras de la supervivencia, la imagen y la hegemonía del grupo en el poder. En este escenario, los esfuerzos diplomáticos profesionales se han desvanecido, desplazados por una lógica que elimina cualquier espacio para la autocrítica o la corrección de rumbo. Así, el bienestar de la nación se ha convertido en la moneda de cambio para preservar el control político interno.