México está acostumbrado a gobernar desde la inmediatez, solucionar los problemas que ya nos provocan el colapso; y como ciudadanos no nos cuestionamos si esas decisiones seguirán siendo útiles en veinte años.
Preguntamos cuánto costará, quién la anunció, si beneficia o perjudica al partido en el poder y, con suerte, si resolverá el problema inmediato. Después llega la siguiente crisis, y la siguiente discusión.
Así transcurre buena parte de la vida pública mexicana, gobernando el presente, casi sin mirar el futuro.
Y ese, debe ser uno de los mayores vacíos institucionales del Estado mexicano.
México cuenta con instituciones que producen información de enorme valor. El Inegi genera estadísticas indispensables para entender al país; el Conapo proyecta la evolución demográfica; la Secretaría de Hacienda planea el presupuesto y la estabilidad financiera; la Secretaría de Economía que coordina la implementación de la Agenda 2030 y la presentación de los informes nacionales ante Naciones Unidas.
El problema es que cada una cumple una función específica.
Lo que no existe es una institución cuya misión principal sea integrar ese conocimiento, construir escenarios de largo plazo y convertirlos en una guía permanente para la toma de decisiones del Estado.
Porque los grandes desafíos del país no ocurren cada seis años, y el envejecimiento de la población no espera al siguiente proceso electoral. La inteligencia artificial no avanza al ritmo del calendario político, y la crisis hídrica no distingue colores partidistas. La transformación del mercado laboral, la transición energética, la movilidad urbana o la competencia geopolítica tampoco.
Sin embargo, nuestras instituciones siguen pensando, en buena medida, dentro de los límites del sexenio.
La Agenda 2030 de Naciones Unidas representa un esfuerzo internacional extraordinario para orientar el desarrollo sostenible. Sus diecisiete objetivos ofrecen un lenguaje común y una ruta compartida para los Estados.
Pero la Agenda 2030 jamás estará enfocada en responder las preguntas que debe atender el Estado mexicano: ¿cómo será México en 2050?, ¿cuántas ciudades enfrentarán estrés hídrico?, ¿qué profesiones desaparecerán con la automatización?, ¿qué regiones concentrarán el crecimiento económico?, ¿cómo cambiarán las necesidades del sistema de salud cuando la población envejezca?, ¿qué infraestructura deberíamos comenzar a construir hoy?
Todas esas respuestas debemos construirlas aquí, desde ahora.
México necesita una institución, cuya única responsabilidad sea pensar en el país dentro de 20 o 30 años, dedicada a elaborar escenarios de largo plazo para orientar las decisiones públicas.
No para sustituir al gobierno, no para gobernar, mucho menos para convertirse en otra capa de burocracia.
Su función sería sencilla y, al mismo tiempo, ambiciosa: obligar al Estado mexicano a pensar más allá del siguiente sexenio.
Con la participación de expertos economistas, demógrafos, científicos, urbanistas, especialistas en inteligencia artificial, ingenieros, expertos en seguridad, cambio climático y políticas públicas. Encargada de responder una pregunta que hoy nadie tiene la responsabilidad institucional de contestar:
¿Las decisiones que estamos tomando hoy siguen teniendo sentido para el país que tendremos dentro de veinte o treinta años?
Gracias al derecho comparado podemos registrar que ha funcionado, que ha fracasado y qué elementos pueden adaptarse a nuestra realidad. Países como Finlandia incorporaron un Comité para el Futuro dentro de su Parlamento, Singapur desarrolló capacidades permanentes de prospectiva estratégica para anticipar riesgos y oportunidades, y la Unión Europea ha convertido la prospectiva en una herramienta para orientar decisiones sobre tecnología, competitividad y transición energética.
Gobernar no consiste únicamente en resolver la urgencia del día, también consiste en evitar que los problemas del mañana nos sorprendan cuando ya sea demasiado tarde.
Un acto de responsabilidad política que no consista en prometer el próximo gran proyecto, sino construir las instituciones capaces de pensar el país que todavía no existe, pero que inexorablemente llegará.