La semana pasada tuve la oportunidad de compartir con dos comunidades universitarias de la Ciudad de México. En la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, conversamos con estudiantes sobre el presupuesto participativo. Al día siguiente, jóvenes de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, plantel Casa Libertad, acudieron al Instituto Electoral de la Ciudad de México para escuchar una conferencia sobre el mismo tema.
Este tipo de encuentros siempre dejan algo más que una actividad en la agenda institucional. Permiten detenerse a pensar en la importancia de mantener un diálogo constante con las juventudes universitarias y en el papel que pueden jugar en la vida democrática de la ciudad.
En primer lugar, porque las y los estudiantes son grandes replicadores de información. Cada plática que se comparte en un aula o un auditorio puede convertirse en muchas conversaciones más. Lo que ahí se discute no se queda necesariamente entre quienes asistieron, sino que suele trasladarse a las mesas familiares, a los grupos de amistades o a los espacios comunitarios donde se habla de los problemas cotidianos de la ciudad.
Cuando una persona joven entiende cómo funciona un mecanismo de participación como el presupuesto participativo, no solo adquiere información para ejercer sus derechos. También puede convertirse en una voz que explique a otras personas de qué se trata, cómo participar y por qué vale la pena hacerlo. En una ciudad tan grande y diversa como la nuestra, ese efecto multiplicador resulta fundamental.
En segundo lugar, porque hay algo valioso en el simple hecho de acercarse físicamente a las instituciones. Para muchas juventudes, las instituciones públicas suelen percibirse como algo lejano, casi abstracto. Se conocen a través de noticias, debates políticos o contenidos académicos, pero rara vez como espacios concretos donde ocurren procesos reales.
Cuando las y los estudiantes visitan una institución, recorren sus espacios y conversan con quienes trabajan en ella, esa distancia comienza a reducirse. Las instituciones dejan de ser una idea lejana y se vuelven algo más cercano y comprensible.
En la Ciudad de México, además, contamos con una Constitución innovadora y con un instituto electoral que ha apostado por distintas formas de innovación en la gestión electoral y en los mecanismos de participación ciudadana. Que las juventudes puedan conocer de cerca cómo se organizan estos procesos ayuda a que la democracia deje de sentirse como un concepto abstracto y empiece a verse como una práctica concreta.
En tercer lugar, porque en algunos casos, estos encuentros incluso despiertan nuevas vocaciones. Hay estudiantes que descubren que el ámbito electoral puede ser un espacio interesante para investigar, para analizar cómo funcionan las instituciones o para proponer mejoras a los procesos democráticos. Otras personas encuentran interés en la parte práctica de organizar elecciones o en los proyectos de educación cívica y participación ciudadana.
Finalmente, porque hay una razón todavía más importante para insistir en este acercamiento. Las instituciones democráticas también tienen la responsabilidad de contribuir a la formación de una ciudadanía crítica. No se trata solamente de explicar cómo funcionan las reglas o los procedimientos, sino de abrir espacios para reflexionar sobre lo que significa vivir en una democracia.
La democracia no es algo que deba darse por sentado. Es el resultado de procesos históricos, de luchas sociales y de decisiones colectivas que han permitido ampliar derechos y libertades a lo largo del tiempo. Entender ese recorrido ayuda a valorar lo que hoy tenemos, pero también a preguntarnos hacia dónde queremos que avance nuestra vida democrática.
Las universidades son espacios privilegiados para ese tipo de conversación. En ellas se cuestiona, se debate y se imaginan futuros posibles. Cuando las instituciones públicas logran acercarse a estos espacios, se abre la oportunidad de construir puentes entre el conocimiento académico, la experiencia institucional y las inquietudes de una generación que cada vez participa más en la discusión pública.
Cada encuentro con estudiantes confirma algo que a veces olvidamos. La democracia no solo se ejerce en las urnas o en los mecanismos de participación. También se construye en los espacios de diálogo, en las preguntas que incomodan y en las conversaciones que invitan a pensar colectivamente el futuro de nuestra ciudad. Por eso, el IECM apuesta por incrementar estos acercamientos con juventudes universitarias y comunidades académicas.