Todos queremos que nuestro seguro de gastos médicos sea dinero tirado a la basura.
Sí, tirado a la basura.
Porque eso significaría que seguimos sanos, que nunca tuvimos una enfermedad grave y que jamás necesitamos utilizarlo.
Sin embargo, lo pagamos bajo la idea de que más vale prevenir. Sabemos que puede salvarnos la vida y que mucha gente ha quedado en la ruina tras una enfermedad.
Nadie nos pone una pistola en la cabeza para contratarlo. Es una decisión voluntaria y, para muchas familias, un esfuerzo económico importante.
Pero durante años nos han dicho algo que tiene toda la lógica: contrátalo cuando eres joven, cuando probablemente menos lo necesitas, para conservarlo cuando seas mayor, cuando más posibilidades tendrás de necesitarlo.
Y ahí está el problema.
Una persona puede pasar 20 o 30 años pagando puntualmente. Puede dejar cientos de miles de pesos en primas sin haber utilizado prácticamente nunca su póliza y sentirse tranquila de que, llegado el momento, tendrá una protección.
Hasta que llega la edad en la que realmente podría necesitarla y descubre que conservarla puede costarle una fortuna.
Este año, adultos mayores han enfrentado incrementos de hasta 30% en sus primas, según especialistas del sector. En algunos casos, los aumentos pueden ser incluso mayores.
Pero veámoslo en pesos.
Supongamos, únicamente como ejemplo, una póliza para un adulto mayor cuya renovación anual sea de 140 mil pesos, aproximadamente 11 mil 667 pesos al mes. Si esa prima aumentara 20%, pasaría a 168 mil pesos anuales. Con un aumento de 30%, llegaría a 182 mil. Y con uno de 40%, alcanzaría 196 mil pesos al año.
¿Quién puede continuar pagándolo?
Y hagamos otro ejercicio. Si una persona contratara a los 40 años un seguro de 40 mil pesos anuales y su prima aumentara 10% cada año, a los 60 estaría pagando aproximadamente 269 mil pesos anuales; a los 65, unos 434 mil, y a los 67, más de 520 mil pesos al año.
¡Más de medio millón de pesos para conservar un seguro médico!
Esto no significa que todas las pólizas aumenten a ese ritmo. Es una forma de dimensionar cómo los incrementos acumulados pueden transformar una cantidad manejable en una carga enorme.
Y sí, hay una realidad que tampoco podemos ignorar: a mayor edad, mayor riesgo médico. Según AMIS, los mayores de 60 años representan 16% de los asegurados de gastos médicos, pero generan 40% de los pagos por siniestros. En 2025, las primas de Accidentes y Enfermedades alcanzaron 188 mil 948 millones de pesos y la siniestralidad fue de 77%.
Pero entender esa realidad no significa aceptar que el consumidor tenga que cargar solo con las consecuencias.
Porque además de pagar cada vez más, el adulto mayor puede encontrarse con menos opciones. Contratar por primera vez a una edad avanzada puede ser complicado; cambiar de aseguradora puede implicar nuevas condiciones o problemas por enfermedades preexistentes, y las coberturas pueden ser cada vez más limitadas.
Y tampoco deberíamos olvidar a quienes nunca pudieron contratar un seguro cuando eran jóvenes. Ellos también deberían tener alguna alternativa para protegerse.
Por eso merece reconocimiento que desde el Congreso haya legisladores dispuestos a revisar este sistema. El diputado Éctor Jaime Ramírez Barba presentó una iniciativa para mejorar la accesibilidad a los seguros de gastos médicos mayores y transparentar las tarifas. En el Senado, el senador Waldo Fernández González ha planteado que los incrementos de primas para mayores de 60 años se ajusten a la inflación nacional. Y la diputada del Partido Verde, Nayeli Arlen Fernández Cruz, ha impulsado propuestas enfocadas en adultos mayores, incluyendo mecanismos para reducir el impacto de las primas y garantizar una renovación más justa.
Esto no significa pedir que las aseguradoras trabajen a pérdida. Significa pedir algo elemental: que sean más justas. Porque todos apostamos a llegar a adultos mayores y tener una vejez tranquila y digna. Y para eso también necesitamos reglas que eviten que proteger nuestra salud se vuelva inalcanzable.
¿Quién no ha escuchado que cobrarle al seguro puede convertirse en una pesadilla? Y, sin embargo, lo contratamos precisamente para protegernos por si algún día llega una enfermedad, un accidente o un diagnóstico que pueda cambiarlo todo.
Por eso hay una sensación cada vez más fuerte de que el sistema nos está dando la espalda justamente cuando más podríamos necesitar esa protección.
El debate, por fortuna, ya está sobre la mesa. Porque envejecer no debería convertirse en una penalización económica.
Un adulto mayor que durante 20 o 30 años pagó un seguro no está pidiendo un regalo. Está pidiendo que aquello por lo que pagó durante tantos años conserve un sentido.
Y quizá esa sea la pregunta que las autoridades, las aseguradoras y nosotros como sociedad tenemos que responder: ¿queremos un sistema de seguros que acompañe a las personas durante toda su vida o uno que sea accesible mientras somos jóvenes y menos propensos a utilizarlo, y pueda volverse inaccesible justamente cuando envejecemos?
Los adultos mayores merecen algo más que agradecimientos y discursos. Merecen certeza.
Porque proteger la salud en la vejez no debería ser un lujo. Debería ser el resultado natural de haber tenido la responsabilidad de protegernos desde jóvenes