Para ser viejo hay que ser muy macho

19 de Agosto de 2026

Para ser viejo hay que ser muy macho

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José Pérez Linares

José López Portillo lo dijo cuando ya no quedaba nada del poder. Sentado ante periodistas, hablaba de enfermedad, dinero, conflictos familiares y de ese territorio al que llega un hombre cuando el cuerpo cobra las cuentas de una vida. Había sido presidente; había conocido la abundancia. Ahora hablaba de la vejez.

Décadas después, esas frases rondan a una ciudad que envejece sin haber aprendido aún qué hacer con sus viejos.

Hace unos días, en Monterrey, un hombre empujó a un adulto mayor que caminaba por la calle. El gesto fue breve, como quien aparta un obstáculo. El hombre perdió el equilibrio, cayó sobre la avenida y un tráiler pasó en ese instante. Murió bajo las ruedas. La escena, registrada en video, recorrió las pantallas.

En Puebla, casi al mismo tiempo, Dominga Pérez Comisario, de 82 años, regresaba de vender cemitas. Era su cumpleaños. Llevaba noventa pesos. La asaltaron, le quitaron el dinero y la mataron. Hay algo estremecedor: noventa pesos por una vida de trabajo.
Ninguna de las dos historias ocurrió en la Ciudad de México, pero ambas llegan hasta aquí porque la violencia contra los viejos no siempre necesita un empujón o una piedra. A veces comienza en una mesa familiar: tú ya viviste, tú ya vas de salida, tú ya no necesitas tanto espacio. Tú ya no debes manejar. Mejor véndeme tu automóvil. Luego: la casa es demasiado grande para ti. La familia ocupa los cuartos principales y al adulto mayor se le reserva el de arriba. Todo puede decirse con voz amable. La decisión, sin embargo, ya está tomada.
En una ciudad donde una vivienda puede valer millones, la vejez adquiere una vulnerabilidad particular. La casa deja de ser el lugar donde alguien pasó cuarenta o cincuenta años; los familiares empiezan a verla como un activo, una herencia anticipada, al final, una oportunidad inmobiliaria.

México cambia de edad. La pirámide poblacional se ensancha por arriba. Habrá más presión sobre pensiones, servicios médicos, cuidados de largo plazo, transporte y vivienda adecuados. Pero habrá que cambiar algo más profundo: la ciudad tendrá que adaptarse a una población que vivirá más años.

Y no se trata solo de construir rampas o de colocar a los adultos mayores como empacadores en un supermercado. Habrá que revisar el empleo, la vivienda, la movilidad, la salud, los juzgados y las instituciones que acompañan la vejez. Una ciudad que envejece no puede seguir organizada alrededor de la velocidad y la fuerza de quien tiene veinte años.

El primer desplazamiento puede ocurrir antes de que aparezca una enfermedad. Está en el trabajo. Nadie necesita decirle a un trabajador que es viejo. Basta con hablar de perfiles dinámicos, disponibilidad absoluta y una energía que coincide con la juventud del candidato elegido para sustituir a un adulto mayor. La experiencia, capital acumulado durante décadas, se convierte en lastre.

Hace poco, en un debate, Joaquín López-Dóriga puso sobre la mesa sus 79 años y 58 de oficio. Casi ocho décadas de vida y más de medio siglo de trabajo frente a una sociedad que todavía confunde edad con incapacidad. El calendario avanza; el oficio permanece. Cada vez habrá más personas de casi ochenta años activas.

Pero la vejez no respeta fortunas ni abolengos. López Portillo lo supo cuando el poder se fue. El hombre que decidió sobre millones de mexicanos terminó frente a algo con lo que no podía negociar: el tiempo. Enfermedad, escasez, conflictos familiares: detrás del expresidente aparecía el hombre, sometido a las mismas fragilidades que cualquier otro.
Ahí está el verdadero desafío. México no tiene delante una población vieja que administrar, sino una sociedad que envejece y tendrá que rediseñar sus ciudades para no convertir la edad en expulsión. Los viejos de mañana ya están aquí: trabajan, pagan impuestos, crían hijos, conducen, levantan negocios, sostienen familias. La ciudad que no se prepare para ellos construirá contra su propio futuro.

Porque el tiempo no pregunta qué apellido aparece en la puerta ni cuántos cargos se ocuparon. Llega. Y cuando llega, solo queda saber si la ciudad habrá aprendido a recibirlo. López Portillo lo supo cuando ya no quedaban el poder ni la abundancia. Solo quedaba un hombre frente a su propia vejez. Y entonces dijo: “Para ser viejo hay que ser muy macho”.