Ya han pasado cinco días del abatimiento del líder del Cártel Nueva Generación, Nemesio Oseguera, pero qué sigue en Jalisco, Michoacán, Sinaloa y todo el territorio mexicano, ¿Ahora qué? La historia reciente nos ha enseñado que después del estruendo viene el silencio aparente. Se multiplican los retenes, bajan los homicidios unos días, las autoridades presumen control y la conversación pública cambia de tema. Pero hay algo que no se desactiva con un operativo: la cultura que ha convertido al narcotráfico en aspiración.
Porque el problema no es solo el hombre que encabeza un cártel; es la narrativa que lo vuelve mito. La narcocultura como industria. Las series de plataformas, los libros que romantizan capos, los corridos -hoy rebautizados como “tumbados”-, la estética del lujo estridente, las camionetas blindadas como símbolo de estatus, el culto a la marca ostentosa, las bebidas asociadas al poder violento. Todo compone un ecosistema simbólico que normaliza la figura del narco como empresario audaz, benefactor del pueblo o rebelde antisistema.
El mensaje es claro: la vía rápida al respeto es la violencia; la ruta corta al éxito es la ilegalidad; el reconocimiento social no lo da el mérito, sino la capacidad de imponer. No es casual que en estados como Jalisco o Sinaloa adolescentes canten de memoria letras que narran ejecuciones como hazañas. Tampoco es casual que jóvenes que nunca han visto un laboratorio de metanfetamina imiten la vestimenta, el lenguaje y los códigos de quienes sí lo operan. La narcocultura no necesita que todos empuñen un arma, le basta con que millones aplaudan la narrativa.
Las plataformas argumentan libertad creativa. Las editoriales, interés histórico. Los promotores musicales, demanda del público. Y sí: hay libertad, hay mercado y hay consumo. Pero también hay responsabilidad. Cada vez que una producción convierte al sicario en protagonista carismático y alude apenas de paso a las víctimas, se desplaza el eje moral. Cada vez que la cámara acaricia las armas con estética de videoclip y omite las fosas clandestinas, se trivializa la tragedia. Cada vez que el algoritmo premia lo más violento porque “vende”, se construye pedagogía social.
La narcocultura no surge en el vacío, florece donde el Estado fracasa en garantizar movilidad social, justicia y oportunidades. En comunidades donde el empleo formal es precario y la corrupción es cotidiana, el narco aparece como patrón eficaz. Y la cultura hace el resto: lo vuelve deseable. Tras la caída de un capo, vendrán disputas internas, reacomodos y, probablemente, nuevos liderazgos. La estructura criminal muta. Pero si no se desmonta la glorificación simbólica, el relevo no sólo será operativo, también es aspiracional.
Así, el reto no es censurar canciones ni prohibir series, eso sería simplista y, además, ineficaz. El reto es disputar el imaginario. Invertir en educación crítica, en arte que dignifique otras formas de éxito, en narrativas que cuenten la historia completa: la de las madres buscadoras, la de los empresarios que resisten extorsiones, la de los jóvenes que eligen otro camino. Porque mientras el narco siga siendo marca, estética y espectáculo, cualquier operativo será apenas un paréntesis. Si la cultura convierte al crimen en identidad, la violencia encontrará siempre quien la herede.