Para Fernando Rojo Reyes,cinéfilo y en su momento, funcionario de la Dirección de Cinematografía.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo suspendió los comunicados de la Agenda Binacional con Estados Unidos, cuando se esperaba escuchar sobre aranceles y advertencias diplomáticas. El giro fue hacia un asunto que podríamos llamar soberanía de la imagen. Desde Palacio Nacional se anunció la iniciativa de una nueva Ley Federal de Cine y Audiovisual. No fue un gesto ornamental. Fue una afirmación de fondo: el derecho a narrarnos con voz propia también es materia de Estado.
La iniciativa de ley —que apenas empezará su recorrido legislativo—, plantea ampliar el tiempo mínimo de exhibición del cine mexicano en salas, establecer porcentajes obligatorios en plataformas digitales, proteger el doblaje frente a la clonación de voces mediante inteligencia artificial, y exigir autorización expresa para el uso de la imagen de actores y actrices. No es una hipótesis abstracta: en distintas industrias ya circulan voces replicadas sin permiso y rostros reconstruidos por algoritmos. El debate no es futurista; es urgente.
En un acto posterior sobre incentivos fiscales que complementa la iniciativa apareció un símbolo preciso: el rostro de Salma Hayek, que sintetiza la aspiración de una industria con proyección global sin pérdida de identidad. No es casual que su figura —formada en el cine nacional y consolidada en el internacional—, encarne ese puente entre lo local y lo universal. La nueva ley ahora tiene rostro.
Hablar del cine convoca a la memoria. Antes de que existieran algoritmos que recomiendan contenidos y catálogos infinitos que caben en el bolsillo, había un espacio físico donde la nación aprendía a mirarse. La política cultural se redacta en papel oficial; pero el cine, en cambio, se escribió a media luz.
Y se disfrutaba desde la búsqueda de la cartelera en los periódicos del día. La fila frente al Cine Latino avanzaba bajo la marquesina luminosa con mucha paciencia. No era sólo espera: era antesala. El boleto —pequeño rectángulo—, tenía la magia de un talismán. Se deslizaba entre los dedos con la promesa de dos horas suspendidas del mundo. En el aire flotaba el olor de la mantequilla tibia y el caramelo tostado, mezclado con la tela gruesa de las cortinas y el polvo leve de la alfombra.
Era domingo de estreno, domingo de noviazgos discretos y manos que se rozaban en la penumbra, domingo de familias que compartían palomitas como si compartieran destino.
Al cruzar la puerta, el murmullo descendía hasta volverse expectación. Las butacas rojas aguardaban alineadas con disciplina silenciosa. La luz se extinguía con un suspiro eléctrico. La cortina se abría lentamente y el proyector iniciaba su traqueteo grave, ese sonido que antecedía al milagro. Una franja luminosa atravesaba la oscuridad y, por un instante, desconocidos respiraban al mismo ritmo. Afuera latía la ciudad; adentro sólo existía la historia.
Hoy la experiencia es distinta. Muchas películas se ven en dispositivos personales, en la intimidad de un cuarto, guiadas por plataformas que sugieren sin memoria. Para una generación que nunca hizo fila bajo la marquesina del Cine Latino, el estreno ya no es un acontecimiento urbano sino una notificación en el teléfono. Y, sin embargo, la pregunta persiste: ¿quién decide qué historias llegan a la pantalla y durante cuánto tiempo?
Ampliar a catorce días la exhibición mínima del cine mexicano no es un simple ajuste administrativo: es asegurar que una película tenga oportunidad real de encontrarse con su público. Establecer porcentajes en plataformas significa que, entre catálogos globales, exista espacio visible para narrativas propias. Proteger el doblaje frente a la inteligencia artificial implica reconocer que la voz humana no es un archivo replicable sin consecuencias.
Las salas monumentales de la Ciudad de México —algunas demolidas, otras convertidas en comercios silenciosos—, permanecen como vestigios de una época en que el cine era acontecimiento colectivo. No volverán intactas. Tampoco el mundo digital desaparecerá. El desafío es tender un puente entre ambos tiempos: preservar la memoria de la sala sin ignorar la realidad de la pantalla portátil.
Cuando se apaguen nuevamente las luces —sea en una sala restaurada o en la intimidad doméstica—, convendrá recordar esta mañana. Defender con Salma Hayek el cine mexicano no es un gesto romántico; es un acto de afirmación cultural. Porque un país que renuncia a proyectarse a sí mismo corre el riesgo de verse contado por otros.
Y entonces ya no se trata sólo de industria ni de tecnología. Se trata de memoria y de futuro compartido.