Pocos temas tan complicados como el de la seguridad en este país. Y lo digo en un sentido amplio. La dificultad no aparece únicamente ante climas adversos; también cuando hay que presentar datos positivos, como los que hoy nos ofrece el gobierno de la presidenta Sheinbaum.
Una cosa son los datos duros. Otra, la medición de percepción. Otra, la conversación en redes sociales. Y otra la que escucha uno de boca en boca. En muchos temas que rodean la imagen institucional puede encontrarse cierta sintonía entre estas dimensiones. En seguridad, sin embargo, el fenómeno suele ser completamente distinto.
En meses pasados, el equipo de seguridad de la presidenta presentó buenas noticias: homicidios y delitos de alto impacto a la baja. Sin embargo, dichos datos chocaron con la realidad de las ocho columnas. El panorama enmarcaba acontecimientos específicos en Michoacán y Guanajuato que hacían al público detectar, casi de forma instintiva, una incoherencia entre la narrativa oficial y la plaza pública.
Hoy el escenario es distinto.
El 10 de marzo, el gobierno federal publicó el Reporte de Incidencia Delictiva con corte al 28 de febrero de 2026. El documento muestra una tendencia sostenida y verificable: México registra los niveles más bajos de violencia homicida en más de una década. El dato más relevante no es un número aislado; es una dirección sostenida durante 18 meses consecutivos.
El promedio diario de homicidios dolosos pasó de 86.9 en septiembre de 2024 a 48.8 en febrero de 2026: una reducción del 44% en menos de año y medio. Febrero de 2026 es el mes con menor número de homicidios desde 2015. Once años. Los delitos de alto impacto en conjunto bajaron 28% respecto a octubre de 2024, y acumulan una caída del 53% desde 2018. El robo de vehículo con violencia cayó 39% en el periodo reciente y 57% desde 2018. El secuestro extorsivo bajó 57.6% entre el primer bimestre 2025 y el mismo periodo de 2026. La extorsión cayó 16.8%. Las lesiones dolosas por disparo de arma de fuego, 10.8%.
Pero los números, por sí solos, no bastan. La diferencia hoy radica, en términos de comunicación, en que el gobierno ha tomado control también de la narrativa pública. Las recientes encuestas de percepción realizadas por medios de comunicación, después de la captura de “El Mencho”, muestran una opinión favorable respecto a las labores de seguridad del gobierno federal. Los datos y el sentir coinciden. Y esa coincidencia tiene un efecto directo: el aumento en la popularidad de la presidenta.
La seguridad se mide, pero también se siente. Cuando ambas cosas apuntan en la misma dirección, el resultado se traduce en lo que los estrategas llamamos coherencia percibida.
Parece que el gobierno federal ha entendido algo fundamental: la comunicación en materia de seguridad no puede gestionarse solo de forma reactiva, administrando crisis conforme aparecen. Requiere planeación a mediano y largo plazo. Actuar sobre la narrativa antes de que la narrativa incida sobre ti.
La oposición ha tomado la seguridad como bandera para medir las capacidades de este gobierno. Tienen razón en hacerlo: es el termómetro más sensible de cualquier administración. Hoy ese termómetro marca una temperatura favorable. Pero conviene no perder de vista que la narrativa impuesta desde los medios de comunicación pueden volver a imponerse en cualquier momento, con independencia de lo que digan los reportes.
La conversación sobre seguridad se construye desde distintos sectores: el gobierno, los medios, el boca a boca y la vivencia diaria. Estos segmentos no existen de forma aislada; son un conjunto que se permea mutuamente. Actuar sobre uno de los factores, invariablemente, altera el producto.
Por eso importa tanto lo que el gobierno hace. Y también cómo lo cuenta.