Sentirse animal y comportarse como tal: la nueva frontera de la identidad

25 de Febrero de 2026

Sentirse animal y comportarse como tal: la nueva frontera de la identidad

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Yazmin Jalil

Cada vez es más común ver a jóvenes —y en algunos casos adultos—, que recorren calles y parques con máscaras, colas, orejas o botargas, moviéndose y actuando como animales. No se trata de un disfraz ocasional ni de una actividad lúdica: para algunos, es una forma de explicarse a sí mismos.

Se identifican como therian, otherkin, fictionkin o practican quadrobics. Algunos dicen sentirse lobos, por ejemplo, y piden ser reconocidos como tales. Describen su experiencia como si hubiera existido una suerte de “error” al haber nacido en un cuerpo humano.

Para algunos observadores, esto parece una moda amplificada por redes sociales. Para quienes lo viven, en cambio, se trata de algo más profundo: una sensación persistente de no encajar del todo en la categoría humana tal como se les ha enseñado a entenderla.

El fenómeno no nació ayer. Desde los años noventa existen comunidades digitales donde estas experiencias comenzaron a nombrarse. Sin embargo, su visibilidad actual —comportarse como si realmente se perteneciera a otra especie—, es reciente. Hoy vemos personas vestidas de perros, peces, lobos o incluso lagartijas desplazándose por espacios públicos bajo esa lógica.

Ya no se trata solo de foros o espacios virtuales. Estas expresiones han comenzado a aparecer en la vida cotidiana. En Tijuana, por ejemplo, un veterinario se volvió viral al narrar su desconcierto tras atender a una persona que acudió a consulta desde una identidad animal. No había burla ni provocación: había una pregunta real. ¿Qué ocurre cuando una narrativa simbólica entra en contacto con instituciones diseñadas para cuerpos humanos?

En paralelo, otro caso generó inquietud pública: el de un adolescente que presuntamente mordió a otro menor mientras se identificaba como therian. El hecho, ocurrido en Córdoba, Argentina, no ha sido formalizado judicialmente, pero puso sobre la mesa una cuestión que ya venía gestándose: ¿qué sucede cuando estas expresiones dejan el ámbito privado y entran en la vida compartida?

El fenómeno, además, no es uniforme. Bajo términos como therian —quienes dicen sentir conexión interna con un animal real—, otherkin —quienes se identifican con seres no humanos, incluso míticos—, o fictionkin —vinculados a personajes ficticios—, algunas personas construyen narrativas de pertenencia.

A la par, prácticas como el quadrobics implican imitar físicamente movimientos animales. No siempre como juego o deporte, sino como forma de expresión identitaria. O aquellos más extremos, que han recurrido a cirugías plásticas, como el caso de Erik Sprague que tiene la lengua partida, implantes, escamas y tatuajes para parecer lagarto. O Dennis Avner que se operó para verse como tigre, y otros más.

Existen también expresiones que van más allá del mundo animal. Algunas personas desarrollan vínculos afectivos con objetos o lugares, como ocurrió en el mediático caso de la ceremonia simbólica con la Torre Eiffel, que abrió conversaciones sobre la posibilidad de establecer relaciones significativas con entidades no humanas.

Aquí aparece una distinción clave: identidad no es lo mismo que conducta.¿Debe toda vivencia traducirse en reconocimiento social?¿Existen límites cuando la expresión individual entra en contacto con la convivencia?

Para muchos, estas manifestaciones funcionan como un lenguaje de diferencia o pertenencia grupal. Algo similar a lo que ocurrió con otras estéticas juveniles —de lo emo a lo gótico—, que ofrecían formas visibles de decir: “soy distinto”.

Desde la psicología, buena parte de estas experiencias puede entenderse como exploración. Sentirse distinto y buscar formas de nombrarlo es parte del desarrollo humano, especialmente durante la adolescencia, una etapa marcada por la necesidad de experimentar con identidades posibles.

El desafío aparece cuando la expresión deja de ser simbólica y comienza a interferir con la vida compartida.

Actuar como animal en público, aislarse socialmente o comportarse de formas que asusten, invadan o sustituyan el vínculo humano puede convertirse en una dificultad de adaptación. En esos casos, los especialistas suelen analizar la situación no en términos de identidad, sino de funcionamiento: ¿la persona puede convivir, estudiar, trabajar, relacionarse?

Porque el problema no es sentirse distinto. La diferencia ha sido siempre motor de cultura, creatividad y cambio.

La cuestión es qué ocurre cuando la narrativa individual entra en tensión con el espacio común.

Todos, en algún momento, nos hemos sentido distintos. Y nadie necesita permiso para sentirse de cierta manera. Ni siquiera para amar a un objeto, una planta o un animal.

Pero la convivencia sí requiere acuerdos.

El reto no es eliminar la diferencia, sino sostenerla sin que se convierta en un punto de quiebre.

Porque una cosa es sentirse distinto.

Y otra, actuar como si los demás no existieran.

Yazmín Jalil
Yazmín Jalil
Periodista de noticias y escritora. Autora de Como anillo al dedo y La increíble familia Mishita. Conductora en Telemundo /NBC