Te amo a 400 mil kilómetros de distancia

13 de Abril de 2026

Te amo a 400 mil kilómetros de distancia

yasmin jalil.jpeg

Yazmin Jalil

¿A quién le hablarías si pudieras llamar desde la Luna? La pregunta parece lejana, casi poética. Pero en realidad es más cercana de lo que imaginamos. Porque no habla del espacio, habla de nosotros: de las palabras que no dijimos, de las conversaciones que evitamos, de los “luego” que se nos fueron acumulando hasta volverse silencio.

Nos emociona imaginar esa escena: alguien flotando, viendo la Tierra desde arriba, marcando un número y diciendo “te amo” como si el universo entero escuchara, como si esa frase viajara más rápido que la luz, limpia, sin interferencias, sin dudas.

Durante la misión Artemis II, mientras orbitaban la Luna a cientos de miles de kilómetros de la Tierra, el astronauta Victor Glover aprovechó un momento de comunicación para decirle a su esposa: “te amo desde la Luna”. No fue un discurso ni un acto preparado. Fue algo simple, humano. En medio de una de las misiones más complejas y tecnológicamente avanzadas de la historia, lo que apareció no fue la ciencia, fue la emoción. Porque incluso ahí, en el punto más lejano, lo importante seguía siendo con quién compartirlo.Y no fue lo único: también propusieron nombrar un cráter como “Carroll”, en honor a la esposa fallecida del comandante Reid Wiseman, quien murió de cáncer. En medio del avance, de la hazaña, lo que eligieron fue recordar.

Una misión que marcó récords y avances históricos… y aun así, lo que más nos tocó fue un “te amo”.

Eso que ocurrió allá arriba nos hace pensar en lo que más vale aquí abajo. En todas esas llamadas que no hacemos teniendo el teléfono en la mano. En los mensajes que escribimos y borramos.

Porque cuando alguien realmente quiere hablar contigo, lo hace. No importa la distancia, ni el horario, ni el cansancio. No importa si está cruzando océanos, cambiando de país o flotando fuera de la órbita terrestre. Lo hace. Incluso desde una misión espacial. Porque si alguien puede hacerlo desde allá, entonces ni la Luna es excusa. Y así, este viaje lunar dejó claro que no quedan pretextos creíbles. Se caen las historias que nos contamos para no aceptar lo evidente. El “he estado muy ocupado” empieza a sonar distinto. El “no pude” pierde peso. El “luego te marco” se vuelve lo que siempre fue: una manera suave de no hacerlo.

Hay silencios que no son accidentes. Son decisiones. Son gritos que dicen “no me interesa tanto”. Hablo del amor de pareja, de alguien a quien apenas empezamos a conocer, pero también de la familia, de los vínculos que más importan y que dejamos en pausa por cosas que no valen tanto la pena. Y le hablo a quienes siguen esperando una llamada que no llega, a quienes revisan el teléfono sin admitirlo, a quienes siguen pensando que tal vez mañana, a quienes siguen justificando lo injustificable porque aceptar la verdad sería demasiado incómodo. Nunca es falta de tiempo. Es falta de ganas. Porque las acciones hablan más fuerte que las palabras. Y quien realmente quiere, lo hace desde la almohada de al lado o desde el espacio sideral.

Artemis II nos obliga a dejar de romantizar ausencias, a dejar de inventar versiones inverosímiles de cuentos de hadas. Nos enfrenta con una realidad simple: quien quiere estar, está. Y quien no, encuentra cualquier gravedad, incluso la de la Tierra, como excusa perfecta.

Mientras tanto, seguimos mirando al cielo con asombro, pensando en lo imposible, en lo lejano, en lo extraordinario. Incluso ahora hay quien duda que hayamos llegado alguna vez, que cuestiona lo que para otros es uno de los mayores logros de la humanidad. Y, aun así, el viaje a la Luna sigue teniendo algo intacto: la capacidad de impresionarnos y de recordarnos qué es lo verdaderamente importante: el amor. Porque más allá de teorías, hay algo innegable: el ser humano siempre está intentando ir más lejos, siempre está buscando cruzar límites, romper imposibles, demostrar que puede.

Puede salir de la atmósfera. Puede orbitar otro cuerpo celeste. Puede incluso hacer una llamada desde el espacio para recordarle a alguien que la piensa desde miles de kilómetros de distancia. Lo paradójico es que, en ese intento por conquistar lo que parecía increíble, seguimos perdiendo batallas en lo más cercano.

Nos cuesta más marcar un número que cruzar el espacio. Nos cuesta más decir lo que sentimos que imaginar lo imposible. Nos cuesta más vivir intensamente, sentir con honestidad, dedicar canciones y sostener miradas largas, que dejarnos llevar por lo más auténtico de la vida. Decir “te amo” nunca ha sido un problema de distancia. Nunca ha dependido de kilómetros, ni de señal, ni de tecnología, sino de decisión. De decidir hacerlo. De apostar por alguien. De tomar la determinación de no dejarlo para después. Porque al final, la distancia más grande no está entre la Tierra y la Luna. Está entre lo que sentimos y lo que nos atrevemos a decir. Y hay palabras que no deberían esperar.

P.D. Te amo, Lu. Siempre y desde cualquier rincón del universo.