Trasnochados

23 de Febrero de 2026

Trasnochados

raymundo riva palacio AYUDA DE MEMORIA

1ER. TIEMPO: El último marxista. Hay personajes que no viven en el presente, sino en una versión congelada de la historia donde el Muro de Berlín sigue en pie y la Guerra Fría no terminó. Marx Arriaga es uno de ellos. El autor de los libros de texto gratuitos del obradorismno, tiene una retórica repetida como catecismo, habla de descolonizar la educación, combatir el “neoliberalismo” y desmontar la herencia “tecnocrática”, que utilizó para rebelarse contra el gobierno al cual pertenece y acusar a todos sus superiores de desviaciones ideológicas. Episodio patético de un personaje cuyo problema no es el debate sino el desfase. Mientras el mundo discute inteligencia artificial, competitividad científica y alfabetización digital, él insiste en una cruzada ideológica que suena más a 1975 que a 2026. Pero no es el único. Es uno de los promotores de una visión pedagógica donde el conocimiento parece sospechoso si no pasa por el filtro de la lucha política. El mérito es una categoría burguesa. La evaluación, un instrumento de dominación. La excelencia, una palabra incómoda. Todo debe reinterpretarse bajo la lente de la opresión estructural. Su alter ego era el expresidente Andrés Manuel López Obrador, para quien el aula no era un espacio de aprendizaje sino un campo de reeducación. Su cruzada era arcaica a la que cruzaba la paradoja, de que mientras demonizan la globalización, México depende de cadenas de suministro integradas con Estados Unidos y Asia. Mientras condena la lógica del mercado, millones de jóvenes buscan insertarse precisamente en ese mercado para escapar de la pobreza. Mientras combate la “hegemonía cultural”, el mundo gira hacia modelos híbridos donde la innovación tecnológica redefine la educación más rápido que cualquier decreto ideológico. El trasnochado no es el marxismo como tradición intelectual, con sus debates serios y aportaciones históricas, sino su aplicación dogmática, como si nada hubiera cambiado desde el colapso de la Unión Soviética. López Obrador, de izquierda por intuición, cuya ideología era de papel, tenía en Arriaga un espejo, aunque un poco rústico, al pretender gobernar el siglo XXI con categorías analíticas del XIX. La educación necesitaba menos épica y más gestión. Pero la épica vende. Y en la narrativa del poder, confrontar al “enemigo neoliberal” siempre fue más atractivo que aceptar que el problema central es la mediocridad estructural del sistema. En política, el romanticismo le fue rentable. En educación, fue devastador.

2DO. TIEMPO: El izquierdista de pacotilla. En la política mexicana hay propagandistas que entienden el poder como relato. Y luego está Epigmenio Ibarra, que entiende el relato como poder. Ibarra no es un analista: es un militante con cámara. Desde hace años decidió que la realidad no se observa, se produce. Su vocación no es explicar el país sino encuadrarlo, editarlo y musicalizarlo. En su universo narrativo, el gobierno siempre resiste una conspiración, la crítica es traición y la oposición no es adversaria, sino enemiga histórica del pueblo. El problema no es su postura ideológica, más fuerte en la retórica que en la conciencia y su hipocresía, sino su anacronismo tramposamente discursivo. Ibarra sigue librando la batalla simbólica de los años setenta, cuando América Latina era tablero de la Guerra Fría y la épica revolucionaria justificaba excesos, silencios y propaganda. Pero en esos años, trabajaba para los medios imperialistas que ahora denuncia, cobraba como soplón en Centroamérica para el CISEN mexicano y la CIA, mientras traicionaba a quienes decía defender y compartir su lucha, la guerrilla. Fue propagandista del gobierno de Carlos Salinas y le era funcional. De eso prefiere ni acordarse y que todos hagan lo mismo. Como videógrado de Andrés Manuel López Obrador, tuerto en tierra de ciegos, contribuyó a la narrativa de héroes puros y villanos absolutos. Por eso simplifica. Porque la complejidad estorba en el guion. En esa lógica, los problemas de violencia, corrupción o colapso institucional no son fallas del proyecto político que defiende, sino invenciones mediáticas o sabotajes conservadores. La realidad, si incomoda, se reescribe. Compartió con López Obrador, otro de los timadores nacionales, la visión épica de la política: el líder como figura histórica que encarna la voluntad popular frente a poderes oscuros. En un país donde las redes sociales fragmentan audiencias y la ciudadanía exige datos verificables, el regreso forzado a la realidad del expresidente, él sigue apostando por el discurso monocorde, por la consigna repetida para convertirla en verdad emocional. Funciona para la tribu, pero no necesariamente para el país. La historia no es una serie de narcos, ni la política es una producción audiovisual permanente, que sustituye hechos con narrativa. Los hechos, tarde o temprano, terminan imponiéndose. Y entonces no hay edición que alcance.

3ER. TIEMPO: El último mohicano. Hay políticos que envejecen con el país. Y hay otros que envejecen contra él. Pablo Gómez pertenece a esa generación que convirtió la protesta en identidad permanente y la sospecha en método de gobierno. Su biografía está marcada por 1968, por la épica estudiantil, por la narrativa del Estado autoritario. Esa historia le dio legitimidad moral durante décadas. El problema es que medio siglo después sigue mirando la realidad con los mismos lentes. Para Gómez, el poder no es una estructura compleja que requiere reglas técnicas y contrapesos institucionales; es un botín que debe ser arrebatado a los adversarios históricos. Desde la trinchera gubernamental, primero en el Congreso, luego al frente de la Unidad de Inteligencia Financiera, y ahora presidiendo la comisión presidencial para la reforma electoral, su discurso ha sido el mismo: la política es una lucha moral entre corruptos estructurales y redentores del pueblo. Gómez representa a esa izquierda que nunca terminó de reconciliarse con la institucionalidad. La tolera mientras sirve a la causa; la cuestiona cuando limita el poder. Es la paradoja del antiguo opositor que, al llegar al gobierno, reproduce las prácticas que antes denunciaba, convencido de que ahora están justificadas por la pureza del proyecto. El trasnochado no es su pasado de lucha, sino su negativa a aceptar que el México de hoy no puede gobernarse con consignas de los años setenta. El sistema financiero es global, la cooperación internacional es técnica, los procesos judiciales exigen estándares probatorios cada vez más sofisticados. No basta con la convicción ideológica. En el discurso de Gómez, el conflicto es permanente porque sin conflicto no hay identidad. La política necesita enemigos visibles para sostener su narrativa moral. Pero gobernar implica administrar complejidades, no perpetuar trincheras. México no requiere fiscales militantes ni cruzadas personalizadas. Requiere instituciones previsibles, reglas claras y procesos que sobrevivan a los sexenios. Requiere que la ley sea herramienta de equilibrio, no arma de combate. Gómez sigue librando la batalla que lo formó para destruir lo que vivió. El país, mientras tanto, que empujaron los trasnochados a los 60’s, enfrenta desafíos que no se resuelven con arengas históricas. Cuando la política se queda anclada en la nostalgia de su propia épica, corre el riesgo de convertirse en caricatura de sí misma. Y en la administración pública, la caricatura suele salir cara.

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Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio