“Los narcotraficantes y los cárteles de la droga llevan a cabo campañas de terror, violencia y corrupción para enriquecerse y expandir su influencia insidiosa. Están envenenando y matando a los ciudadanos de todas nuestras naciones”.
General Francis L. Donovan
“México no es amigo de Estados Unidos. Su gobierno ha sido corrupto durante décadas, lo que ha provocado un aumento de los asesinatos y del narcotráfico internacional. Esto no es una opinión, es un hecho […]” Así comienza el artículo: “El problema de México”, publicado desde el 11 de marzo del 2026 por el comentarista Bill O’Reily y que el pasado 2 de agosto compartió en Truth Social el Presidente Donald Trump.
Hay que admitir que no fue un gesto improvisado ni un simple “repost”, fue un mensaje deliberado, cargado de significado político, que impulsa una de las líneas más agresivas de la Casa Blanca: que México no es un aliado confiable, su gobierno está lleno de corrupción y la única solución real que ellos ven es que se permita la entrada de operativos militares estadounidenses al territorio nacional para combatir a los cárteles.
O’Reilly señaló directamente a la presidenta Claudia Sheinbaum, a quien llama “socialista”, por negarse a autorizar el ingreso de fuerzas estadounidenses, incluso la acusa de poner “excusas” al culpar al consumo de drogas en Estados Unidos y al tráfico ilegal de armas, y concluye con un llamado casi personal: “Tenga valor, señora presidenta. Haga lo correcto. Por una vez”.
Trump no añadió comentario propio, y no lo necesitaba; al compartir el texto, lo hizo suyo y reafirmó una línea que ha sostenido desde el inicio de su segundo mandato que la mejor manera de mejorar la seguridad de Estados Unidos es con la intervención directa de tropas estadounidenses. Lo que ocurrió el domingo deja claro que esa insistencia no va a detenerse. Al contrario: se profundizará.
La respuesta de la presidenta Sheinbaum no se hizo esperar, desde Oaxaca afirmó: “Nosotros somos amigos de todo el mundo y la valentía es la defensa de la soberanía”. La frase, inapropiadamente, revela una visión simplificada de las relaciones internacionales; y casi imposible porque en política exterior, ser “amigo de todo el mundo” es una aspiración noble y, al mismo tiempo, una imposibilidad práctica.
Los Estados no se rigen solo por afinidades emocionales, sino por principios y valores, ideologías, intereses y por supuesto capacidades geoestratégicas; las políticas, las prioridades y las formas de entender la seguridad de México y Estados Unidos son, en puntos fundamentales, distintas.
Estados Unidos enfrenta una crisis de fentanilo que ha matado a miles de ciudadanos cada año, México enfrenta una crisis de violencia, control territorial de grupos criminales y debilidad institucional que ha costado centenas de miles de vidas; es cierto que ambos problemas están interconectados, pero las soluciones que cada gobierno privilegia no coinciden.
¿Es prudente que México acepte una mayor participación operativa estadounidense en territorio nacional? ¿O es preferible mantener una relación tensa, basada en el rechazo a cualquier presencia militar extranjera, aunque eso signifique seguir cargando con el costo humano y político del fracaso en el combate al crimen organizado?
La verdadera valentía no consiste solo en defender la soberanía frente a la presión externa, consiste también en reconocer que la soberanía se debilita cuando el Estado es incapaz de detener la violencia y la corrupción y que en muchas regiones incluso la auspician.
México y Estados Unidos no tienen por qué ser enemigos, porque la relación bilateral exige madurez y resultados, no solo discursos. Los enemigos son los narcoterroristas y los delincuentes que trafican con el dolor humano, que hieren cuando secuestran, cobran derecho de piso, extorsionan y generan violencia; y por supuesto aquellos criminales que se alían con agresores extranjeros, caso concreto los Chinos que provocan muerte por adicción del peligroso fentanilo y caos por el control de territorios.
Consultor en temas de seguridad, inteligencia, educación, religión, justicia, y política.