En la Nueva Santa María las calles todavía guardan esa luz que se demora entre las hojas de los árboles viejos. Las fachadas bajas, los techos a dos aguas, los camellones anchos: todo parece conspirar para que el tiempo avance más despacio que en el resto de la capital. Uno camina y piensa, sin decirlo, que aquí se podría vivir.
Y sin embargo.
Una tarde de la semana pasada esa quietud se quebró con un sonido que no debería existir en un barrio como este: el eje de una ambulancia del IMSS raspando el asfalto, metálico, seco, mezclándose con el olor a caucho quemado y a aceite caliente. La unidad entró por Orquídea o por Tlatilco —nadie lo recuerda con exactitud— ya sin la rueda delantera derecha. El motor forzaba. La carrocería iba inclinada, rozando la guarnición. Dentro, el conductor seguía con las manos en el volante, como si el vehículo todavía pudiera responderle.
Unas calles antes había golpeado a un hombre.
El hombre había salido a la banqueta sin saber que la luz de esa tarde iba a ser distinta. Escuchó el ruido, giró la cabeza y el impacto llegó antes de que pudiera pensarlo. Cayó. El fémur derecho se quebró con esa sequedad que solo conocen los huesos cuando dejan de obedecer. La borrachera de un conductor le cambió la vida en un segundo. Mientras lo atendían los de la Cruz Roja, la ambulancia —la misma que llevaba en los costados el logotipo de la institución encargada de procurar la salud— seguía su camino, golpeando autos estacionados, perdiendo piezas, negándose a detenerse. Entre seis y nueve vehículos quedaron marcados por ese trayecto errático.
Hay algo casi intolerable en esa inversión: el vehículo destinado a los cuidados convertido en amenaza, el emblema de la seguridad transformado en instrumento de daño. Como si la ciudad, de tanto repetir sus rituales, hubiera olvidado para qué sirven realmente las ambulancias.
Un motociclista civil la alcanzó. No venía con chaleco ni con radio. Solo circulaba, como cualquiera. Se detuvo, dejó la moto sobre el camellón y caminó hasta la ventanilla con la naturalidad de quien ve algo que no debería seguir ocurriendo. Golpeó el vidrio y dijo, con voz serena pero firme, lo que todos pensaban:
—Apágala. Estás mal. Estás ebrio. Hiciste un desmadre.
El conductor lo miró. Respondió un “No” breve, casi sorprendido, como si la evidencia del eje al aire, del humo y de su propio estado fuera un malentendido que aún podía corregirse. Siguió acelerando. La ambulancia tembló en el mismo sitio. El motociclista no se movió. Se quedó ahí, expuesto, arriesgándose a que el vehículo, ya fuera de control, lo embistiera también. Más tarde, dentro de la unidad, se encontrarían latas de cerveza.
Se oyeron sirenas. Llegaron después. Después del hombre en el suelo. Después de los carros golpeados. Después del impacto final contra la banqueta en Begonias y Platanales. Primero llegó el civil. Ese ciudadano de a pie que, sin obligación alguna, decide detenerse y entrarle a lo que ve incorrecto.
El IMSS, más tarde, habló de separaciones, de acompañamientos, de indemnizaciones. Todo correcto. Todo a toro pasado. Confirmó que el operador fue separado de sus funciones de forma inmediata y puesto a disposición del Ministerio Público. Un trabajador ebrio no es el Instituto. Pero la ausencia de controles previos, de supervisiones reales antes de entregar las llaves de una unidad oficial, sí es responsabilidad de la institución. Sobre eso el comunicado guardó el silencio que las instituciones reservan para lo que no quieren nombrar.
La Nueva Santa María recuperó su ritmo. La luz volvió a demorarse entre las hojas. Las fachadas regresaron a su quietud. El motociclista ya no estaba. El hombre atropellado, que durante unas horas fue el centro de la atención, empezó a quedar atrás, como suele ocurrir. Quedó solo la imagen del vehículo inclinado, el olor a quemado, las marcas de los golpes en los autos estacionados y la certeza de que, por unos minutos, alguien se había detenido a mirar lo que todos veían y nadie quería decir.
En esta ciudad a veces el primero en llegar no lleva uniforme. Lleva solo la decisión de detenerse para evitar algo que está mal. Simplemente para ayudar.