Durante años, Venezuela ha sido el ejemplo más doloroso de cómo un país inmensamente rico puede terminar sumido en una profunda crisis económica y humanitaria. Hoy, cuando millones de venezolanos apenas intentaban sobrevivir tras más de una década de dificultades, la naturaleza volvió a golpear con fuerza.
Los terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 registrados el 24 de junio dejaron cientos de edificios colapsados, miles de heridos y una emergencia humanitaria de enormes dimensiones. La Organización Panamericana de la Salud activó de inmediato sus mecanismos de respuesta, mientras la Organización Mundial de la Salud advirtió que el sistema sanitario venezolano, ya debilitado por años de crisis, enfrenta una presión extraordinaria. Hospitales dañados, quirófanos saturados, escasez de personal médico y riesgo de brotes de enfermedades como dengue y fiebre amarilla agravan una situación que ya era extremadamente frágil.
Pero esta historia comenzó mucho antes de que la tierra temblara.
Durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, Venezuela fue concentrando cada vez más funciones económicas en el Estado. Expropiaciones, controles de precios y de divisas, una fuerte dependencia del petróleo, corrupción, debilitamiento institucional y una caída sostenida de la inversión privada deterioraron la capacidad productiva del país. A ello se sumó el desplome de los precios internacionales del petróleo en 2014 y, posteriormente, las sanciones internacionales, que profundizaron una economía que ya atravesaba una severa recesión.
Las cifras explican la magnitud del desastre. El Fondo Monetario Internacional estima que la economía venezolana perdió alrededor del 75 % de su tamaño entre 2014 y 2021, una de las contracciones más severas registradas en un país que no estaba en guerra. El Banco Central de Venezuela informó posteriormente que la inflación alcanzó 130,060 % en 2018, destruyendo el valor de los salarios y los ahorros de millones de familias. Más de ocho millones de venezolanos han abandonado su país, de acuerdo con organismos internacionales, convirtiendo este éxodo en uno de los mayores desplazamientos humanos del mundo.
Y ahora, sobre esa misma población golpeada por años de escasez, pobreza y migración, cae una nueva tragedia. La OMS advierte que numerosos hospitales operan con daños estructurales, existe un creciente rezago quirúrgico y miles de personas desplazadas carecen de agua potable, saneamiento y atención médica oportuna, condiciones que incrementan el riesgo de enfermedades infecciosas.
Las cifras son devastadoras, pero nunca deben hacernos olvidar que detrás de cada número hay una familia que perdió su casa, una madre buscando atención para sus hijos, un adulto mayor que espera un medicamento o un joven obligado a dejar su país para empezar desde cero.
Hoy Venezuela necesita mucho más que solidaridad en redes sociales. Necesita ayuda humanitaria, apoyo a las organizaciones que trabajan sobre el terreno y una comunidad internacional que no aparte la mirada cuando las cámaras se apaguen. Porque ninguna tragedia debería condenar a un pueblo al olvido, y ninguna diferencia política puede ser más importante que el deber de tender la mano a quienes hoy luchan, simplemente, por sobrevivir.