La euforia del triunfo de México en el Mundial 2026 debería ser puro orgullo tricolor: gritos, abrazos, banderas ondeando y esa sensación única de que, por un rato, somos uno solo. Pero otra vez, como en tantas celebraciones pasadas, la alegría se desbordó y dejó ver una cara oscura que ya conocemos demasiado bien. Actos que rayan en vandalismo, heridos, robos y un mensaje al mundo que, francamente, avergüenza.
No olvidemos que algunos aficionados mexicanos han protagonizado episodios similares en otros grandes eventos. En el Mundial de Brasil 2014, un joven se lanzó desde el piso 15 de un crucero lleno de mexicanos rumbo a los partidos; el barco tuvo que detener su marcha mientras se activaba un operativo de búsqueda. En el Mundial de Corea-Japón 2002, otro aficionado ebrio accionó el botón de emergencia del tren bala Shinkansen, deteniendo por primera vez en su historia un convoy de alta velocidad y generando un incidente internacional. Se suman casos recurrentes de orinarse en monumentos públicos, treparse a estatuas históricas o dejar plazas convertidas en tiraderos durante celebraciones del Tri. Estos comportamientos, repetidos una y otra vez, no solo dañan la propiedad y ponen en riesgo vidas: construyen una reputación que viaja más rápido que cualquier victoria.
Este Mundial, en la Ciudad de México, miles se volcaron al Ángel de la Independencia y al Zócalo. La fiesta dejó cerca de 40 toneladas de basura: latas, botellas, plásticos, restos de comida y pancartas tiradas por Paseo de la Reforma. Brigadas de limpia trabajaron desde la madrugada para recuperar la ciudad. Cuarenta toneladas no son un “detalle”. Son el reflejo de una cultura de “total desmadre y que otros recojan”. Imagina lo que piensan los turistas y periodistas extranjeros que vinieron a cubrir el Mundial. Esa es la imagen que exportamos.
Peor aún fueron los “aventones”. Jóvenes subidos en hombros, lanzados al aire o trepados en postes y camiones. Videos muestran caídas fuertes, gente lesionada y, en algunos casos, robos de celulares en medio de la aglomeración. No son anécdotas aisladas: en distintas ciudades se reportaron enfrentamientos, daños a propiedad (vidrios rotos de autos, mobiliario urbano destrozado) y conductores acorralados que, en pánico o hartazgo, aceleraron entre la multitud.
En Cabo San Lucas, un conductor embistió a aficionados que celebraban en el bulevar. Reportes hablan de al menos 17 personas lesionadas, algunas de gravedad. El auto fue rodeado, hubo agresiones y el conductor fue detenido. Escenas similares ocurrieron en otras plazas: autos empujados, vidrios rotos, gente golpeada y atropellada. Lo que empezó como festejo terminó en pánico y ambulancias.
La idea de que la calle es nuestra y todo se vale cuando gana el Tri. Mientras, las redes se llenan de videos virales que recorren el mundo. Extranjeros ven la pasión, pero también el descontrol. México, como anfitrión del Mundial 2026, tiene una vitrina enorme. ¿Qué estamos mostrando?
No se trata de prohibir la alegría ni de ser aguafiestas. El fútbol es emoción, y los mexicanos tenemos derecho a celebrarlo con todo el corazón. Pero hay una línea clara entre pasión y salvajismo. Esa línea la cruzamos cuando el “aventon” termina en trauma, cuando el grito colectivo se convierte en vandalismo o cuando dejamos la ciudad como zona de desastre. Cierto es que la mayoría de los aficionados celebra con responsabilidad, recogiendo su basura o respetando al que pasa en su auto. El problema es que una minoría ruidosa y violenta define la narrativa.
Y si sí nos comportamos. El verdadero triunfo no solo se mide en goles, sino en cómo nos vemos como sociedad cuando nadie nos está mirando. El fútbol une, pero también revela lo que hay detrás de lo divertidos que somos, y eso que solo pasamos a dieciseisavos de final.