Luis M Cruz

1.

La emergencia mundial por el coronavirus está causando efectos insospechados en la economía global y por ende, en la cauda de países que la integran. Puede decirse mucho sobre el impacto provocado en la salud y el temor que se ha esparcido ante la posibilidad de enfermarse, como también sobre la capacidad de los países para enfrentar un virus de rápida dispersión cuya letalidad puede atenuarse si se está preparado, es decir, si se cuenta con las instalaciones, equipos y personal médico y hospitalario suficientes para hacerle frente, en el tiempo y forma en que son requeridos. 

2.

 En este sentido, la OMS advierte prácticamente cada año sobre la peligrosidad de diversos virus infecciosos, entre ellos los causantes de las gripes estacionales, sugiriendo (exigiendo debería ser) a los diferentes Estados nacionales se preparen para evitar o enfrentar una pandemia. Cada año, nos dice la OMS, las gripes estacionales provocan entre 5 y 6 millones de casos de neumonía agravados con coafecciones coronarias, diabéticas o respiratorias, causando la muerte de 290 a 650 mil personas en el mundo, sin haber considerado aún al nuevo coronavirus. 

3.

 Las acciones de confinamiento y limitación de la movilidad humana han logrado reducir la dispersión masiva del nuevo coronavirus, en tanto que las capacidades institucionales en mayor o menor grado están atendiendo los casos más graves, que hasta ahora han provocado la muerte de casi 80 mil personas en el mundo pero también, justo es decirlo, se está ganando la batalla y se han recuperado muchos miles más de los efectos letales de este terrible padecimiento. 

4.

 Sin embargo, el mayor impacto está por venir. La economía global está virtualmente congelada, se prevé una recesión que habrá de plagar lo que resta del año con una caída en el crecimiento mundial entre dos y tres puntos, afectando más, por desgracia, a los países con menor grado de desarrollo. China, por ejemplo, verá afectado su crecimiento entre tres y cinco puntos, insólito para un país acostumbrado a un crecimiento de grande data, pero dispone de recursos para perder un año y ponerse de pie en el que sigue; Estados Unidos tendrán también un tropezón de 2% y están destinando 2.1 billones de dólares a paliar el efecto de la recesión e inyectar liquidez a las empresas y a las familias con apoyos fiscales y económicos directos. Allá se estima que se perderán seis millones de empleos en la manufactura y en el comercio, lo que de alguna manera afectará el sentido de las elecciones presidenciales de noviembre, dado el manejo errático de la crisis por la actual administración. En Europa, Italia, España, Francia, Alemania y Reino Unido también muy afectados, decidieron inyectar cientos de miles de millones de euros para proteger el empleo y la liquidez en sus economías. Por verse estarán los vuelcos que esto provoque en la política y los gobiernos. 

5.

 Pero en México pareciera ser que estamos en otra circunstancia; aquí la emergencia se enfrenta con un sistema de salud muy mermado –existe una cama por cada mil habitantes contra seis ó siete en los otros países mencionados— y con una visión extremadamente simple en el gobierno que cubre el consumo popular y deja a su suerte a los empresarios, grandes y  pequeños por igual, como también a miles de trabajadores que perderán sus empleos al término de la contingencia. Había que invertir y gastar más; quizá se apueste a que el clima ha cambiado en nuestro país o que el gasto circular impulsará la economía, pero el impacto será devastador, se podrían perder un millón 400 mil empleos y caer el producto en seis ó siete puntos. Sería un daño autoinflingido, pues changarrizar la economía y pauperizar más al servicio público equivale a debilitar a un paciente esperando su pronta recuperación. Hacía falta un Plan Marshall. 

Compartir