Luis M Cruz

1.

 No son necesarios cien años para sentir el tremendo peso de la soledad, el sentirse inerme ante la adversidad. Parte el alma conocer la relatoría de la pandemia a un año de su llegada a México. 190 mil muertes, otras 60 mil en exceso, varios millones de infectados, un sistema de salud público con capacidades rebasadas en numerosos casos, además de un golpe singular a la economía de 8.3% del PIB, merma del ingreso laboral, pérdida de entre 800 mil y un millón de empleos formales y entre 6 y 12 millones de puestos informales, cierre de miles de empresas —muchas pequeñas y medianas—, caída en la pobreza de 10 millones de personas, y sobre todo dolor, un profundo dolor en las familias que han perdido a algún integrante siempre valioso.

2.

 Ciertamente, muchas cosas pudieron haberse hecho mejor desde el principio, pero bien lo sabemos, el hubiera no existe más que como un lamento, aún cuando sirva de referencia. De haberse controlado en China en sus inicios, el virus no habría azotado al mundo; de haber escuchado las frecuentes advertencias de la OMS para fortalecer los sistemas nacionales de salud e invertir en investigación y prevención, los sistemas sanitarios no habrían colapsado. Y de haber existido un sistema mundial de salvaguardas para anticipar amenazas pandémicas, así como se vigilan las experiencias nucleares, el combate al terrorismo o el lavado de dinero, los laboratorios en donde se trabaja con especímenes de alto riesgo serían también supervisados y evaluados en el Consejo de Seguridad. No más errores o faltas de cuidado en algo tan letal que puede ser considerado un riesgo global.

3.

 Al respecto, el historiador y analista Yuval Noah Harari comparte algunas reflexiones sobre qué es posible aprender de la catástrofe global. A diferencia de antaño dice, ahora por fortuna la humanidad contó con recursos científicos suficientes para contener, controlar y eventualmente vencer al mortal coronavirus. En la guerra del Peloponeso en la antigua Grecia, una plaga muy parecida azoló a Atenas y mató al 40% de sus habitantes, incluido su líder, Pericles. El hacinamiento de la población en una ciudad sitiada, la falta de higiene y de conocimientos científicos profundos —narra Tucídides—, provocaron la tragedia, quedando tan debilitados que pronto caerían ante Esparta. En la Edad Media, la peste bubónica se expandió desde Oriente a través de barcos mercantes, y favorecida por el hacinamiento en ciudades y villas, la convivencia con animales, la falta de higiene y escasos conocimientos científicos, provocando la muerte de un tercio de la población europea. En 1918, la influenza española viajó con las tropas retornando a casa del frente europeo, propalando el virus que mató a 20 millones de personas.

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 Ahora, dice Noah, al menos en sólo un año la ciencia conoció e identificó al mortal virus, diseñó la contención con higiene, distanciamiento social o confinamiento dadas la concentración y movilidad en las  grandes urbes en que vive la mayor parte de la Humanidad, y produjo no una sino varias vacunas.

5.

 Pero el reto de aplicar la solución es de los sistemas políticos y de los políticos mismos. Producir y distribuir los remedios depende de otras consideraciones, por las que sin duda la Historia juzgará severamente a los liderazgos contemporáneos. Hacia adelante, las lecciones son claras: uno, invertir en investigación, ciencia y tecnología para cuidar la infraestructura digital, verdadero soporte vital de las sociedades; dos, construir sistemas sanitarios robustos, resilientes y convertibles; tres, crear un verdadero sistema internacional de salvaguardas sanitarias, con capacidades al nivel del Consejo de Seguridad; y cuatro, agrego, contar con reservas médicas y recursos financieros siempre disponibles para socorrer a la población ante cualquier riesgo global, sea una pandemia, el cambio climático o el hambre en el mundo.

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