Ana Saldaña

Ayer mientras ponía mi altar en casa, se me escaparon varias lágrimas mientras me acordaba de mis seres queridos. Al poner su foto y juntar sus cosas favoritas en la ofrenda, mi mente se inundó de recuerdos de momentos que aún, a pesar del paso del tiempo, llevo en mi corazón. No hay más gratitud para todo lo que nos dejaron nuestros muertitos, que dedicarles un espacio en nuestra casa en estas fechas. 

En el lapso de unas semanas, poco a poco he ido juntando lo necesario, unas flores de cempasúchil, las fotografías, las calaveras de azúcar, el papel picado, las veladoras, el pan de muertos. Estoy convencida que cada altar nos cuenta sobre la vida de la familia que lo montó. De sus raíces, de las historias de los abuelos, de los seres queridos que, aunque ya no están, todavía son recordados con cariño.

Hoy que parecería estar al orden del día el maquillarse de catrinas súper sofisticadas, ver gran oferta de desfile monumental o mega ofrendas dedicadas a personajes connotados de la vida de nuestro país, vale la pena reflexionar sobre lo que hay verdaderamente detrás de esta celebración. Justo al encontrarme una calavera hermosa de azúcar en la Panadería Elizondo del Pedregal como las que luego iba a buscar al centro y comentarle al amable empleado de mi sorpresa, me decía que si, que, a raíz de la película de Disney ahora era posible encontrarlas después de años de que no las vendían.

Sin duda hay que agradecer el resurgimiento de una tradición tan arraigada en nuestra cultura, pero también, sugiero aprovechar para regresar al concepto básico detrás de la celebración en nuestros hogares. No todo es visual o cuestión de marketing. Existe una simbología importante en la celebración de muertos que es producto del sincretismo de las tradiciones prehispánicas y las católicas de nuestro país. Los altares, estructurados en niveles que en su forma más básica representan el cielo y la tierra, a veces se dividen en tres para incluir el limbo o hasta siete, si hablamos de los niveles para llegar al cielo conforme la tradición católica. La forma de estos mismos altares que siempre recurren a incluir un arco para que las almas puedan salir y regresar al paraíso, adornados de flores de cempasúchil para guiar a los muertos.

Todos los elementos tienen un significado: las fotos de los difuntos que los llaman, la sal que sirve para los niños no bautizados, los vasos con agua para que el difunto que viene del purgatorio se refresque y beba para que sus pecados se perdonen, las velas que simbolizan la luz en contra de la obscuridad de la muerte y para iluminar el camino de los muertos para que lleguen con bien. Además, no puede faltar la comida favorita de los difuntos servida en ollas de barro frente a su imagen, las flores de cempasúchil, con el naranja tan característico que representa el luto prehispánico, el terciopelo morado sinónimo de luto de la iglesia católica, el papel picado; las figuras de calaveras en barro o cartón, los copales con incienso para que las almas adultas se guíen por el olor, las calaveras de azúcar con el nombre de los difuntos para representarlos, un petate y los que fueron los objetos personales preferidos de los homenajeados.

Montar el altar no es un tema de azar, sino de incluir cada uno de los elementos que cuentan esa historia personal. Espero que nunca desaparezca la tradición de Día de Muertos. Sin embargo, espero que como mexicanos la disfrutemos en lugar de hacía afuera con bombos y platillos, en cada uno de nuestros hogares para festejar y recordar a aquellos que tras su partida están en nuestro corazón. Sin lugar a duda, eso para mi es lo importante de esta festividad tan nuestra.

Espero que tengas un buen día, y recuerda; ¡hay que buscar el sabor de la vida!

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