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J. S Zolliker

Sonó el teléfono a deshoras. De inmediato, con ese sexto sentido que tienen las mujeres casadas, presintió algo.

—¿Bueno? —preguntó con cierto temor.

—Hola, mi amor —dijo la voz del otro lado de la línea

—¡Ah!, eres tú, ya me estaba preocupando.

—No te preocupes mi vida, todo está bien. No puedo hablar mucho porque me salí de junta, pero necesito pedirte un favor.

—Claro, mi amor —contestó ella comprensiva— ¿qué necesitas?

—Llegó un extranjero a la oficina para ofrecernos comprar el lote de mercancía más grande que jamás hayamos vendido…

—¡Que bueno! —le interrumpió.

—Sí, mi vida. Si se logra la venta, me llevaré una gran comisión…

—¿Qué necesitas? ¿Te ayudo en algo?

—Mi jefe me está pidiendo que acompañe hoy mismo al comprador a Bahamas. Te voy a pedir que por favor me prepares la maleta.

—¿En viernes? —preguntó ella con controlada incredulidad.

—Sí mi amor, ya sé que es algo poco común, pero no puedo decirle que no al jefe en una operación que puede asegurarnos un año de trabajo. El gringo es fanático del golf y quiere aprovechar para que juguemos mientras vemos los últimos detalles de la operación de compra-venta y la logística del traslado. Ella guardó silencio. Por ende, el marido decidió continuar —Por favor, empácame calzones, calcetines, pantalones caqui, traje de baño, mi pijama nueva y unas camisas tipo polo.

—¿Tu pijama nueva? Ok. —dijo ella con sequedad—. ¿Algo más?

—Claro, tontita —replicó intentando ser cariñoso y minimizando el enojo de su pareja— mi bolsa de bastones de golf  y mis zapatos.

—Ja, ja, ja —se rió ella con cierto desgano— claro que sí, pichunguito. Que tengas buen viaje y mucha suerte con la venta. ¡Y que ganes la partida de golf! –agregó antes de colgar.

El domingo por la noche llegó el marido. Algo bronceado (por el sol del campo de golf, dijo), traía una sonrisa de lado a lado. Mencionó que le había ido muy bien. Que aunque no se había firmado aún la venta, todo iba por buen camino y que su jefe estaba contento con el resultado.

—¡Qué bueno, mi amor! —le dijo ella con fingida emoción—. ¿Y la partida de golf qué tal?

—¡Ufff! ¡Me hubieras visto! ¡Fui un titán! —respondió él emocionado—. El cliente estaba impresionado con mi swing y le pude dar un par de tips que más que nada, nos acercaron y nos amigaron.

—Me da gusto —le respondió ella mientras se distraía con unos papeles que tenía en un cajón—. ¿Y de tu maleta, la hice bien? ¿No te faltó nada? ¿Pasta de dientes?, ¿gel?

—Todo bien, mi chiquita —contestó con un dejo de aire autocomplaciente—. Sólo olvidaste empacar mi pijama nueva, pero no hay problema, ya sabes que soy muy adaptable y allá busqué una tienda departamental y me compré otra.

—Firma aquí —le dijo ella con la voz fría, mientras ponía frente a él un acta de divorcio.

—¿Pe-pe-pero qué te pasa? —balbuceó—.  ¿Te has vuelto loca?

—No, y tampoco olvidé empacar tu pijama nueva. Iba dentro de la bolsa de tus bastones de golf, tontito —le fulminó con ironía.

Moraleja: con nuestros políticos y sus cuentos, ponga la que Usted quiera.

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