Alejandro Alemán

Al igual que en la Flatliners original (Schumacher, 1990), un grupo de estudiantes de medicina, obsesionados con los relatos de aquellos pacientes que clínicamente estuvieron muertos por algunos minutos, deciden experimentar esas sensaciones provocándose a sí mismos un paro cardiaco que los lleve a la muerte para después ser traídos de regreso a la vida usando el protocolo médico para resucitar pacientes.

La primera gran diferencia entre el original y esta nueva versión a cargo del director danés Niels Arden Oplev (insuperable La Chica del Dragón Tatuado, 2009) es su reparto multiétnico que además cumple con la cuota de género. En la cinta del estadunidense Joel Schumacher (vomitiva Batman Forever, 1995) el grupo de doctores se conformaría por un puñado de promesas: Kevin Bacon, Kiefer Sutherland, William Baldwin, Oliver Platt y una joven Julia Roberts.

Oplev, en cambio, nivela la balanza étnica y de género con Ellen Page, Nina Dobrev, Kiersey Clemons, James Norton, Diego Luna y, en un simpático guiño a la original: Kiefer Sutherland como veterano profesor de medicina.

El subtexto es el mismo: el Frankestein autoinducido para regresar a la vida (¡It’s alive!) con la consecuencia fatal de una serie de alucinaciones que, cual pesadillas lúcidas, persiguen a cada uno de los flatliners. Pero hay un subtexto mucho más interesante: la experiencia de muerte como analogía a las drogas y sus consecuencias. Cual adictos, los doctores buscarán dosis cada vez más altas (¡dos minutos sin vida!, ¡cinco minutos!), consiguiendo satisfacción inmediata: viejas habilidades resurgen, mejor concentración en los estudios y un entusiasmo por la fiesta y la celebración de estar vivo, pero como bien menciona el personaje de Diego Luna (único que no le entra a la experiencia): morir los va a matar.

Oplev demuestra ser mucho mejor director que Schumacher (tampoco estaba difícil) dando mayor peso a la analogía sobre las drogas. En esa primera mitad, la cinta funciona incluso mejor que la original, dada la buena química entre los actores y un buen desempeño en la dirección. Pero cuando el guión obliga a que todo el numerito se convierta en una cinta de terror, el filme pierde brillo entregándose a los convencionalismos clásicos del género; vicio que, de hecho, padecen ambas versiones.

Gracias a un director mucho más competente, esta Flatliners resulta mejor que la original, siendo incluso un poco más arriesgada aunque no sin buscar afanosamente el final feliz. Destaca la participación de Diego Luna, ya inserto en un Hollywood que lo reclama como uno de los suyos.

@elsalonrojo

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