Gabriela Sotomayor

¿Cuántas muertes hay en México por la pandemia del Covid-19? No sólo es imperioso que lo informen, es urgente, es necesario para saber cuántas cruces le ponemos al maldito virus.

Si bien el número de casos ha aumentado “de manera exponencial” como reconoce el subsecretario Hugo López-Gatell y ya se cuentan al menos nueve mil 500 contagiados, la cuestión con el número de muertes no es muy clara. Las cuentas no cuadran.

Si tomamos al menos 857 muertes reportadas, en comparación con la explosión de casos, el número es bajo.

Si lo enmarcamos en el método centinela con las cifras que publicó Salud el 16 de abril con una estimación de 55 mil 951 casos, ciertamente el número de muertes es muy reducido. ¿Por qué?

Según un experto de la OMS con el que hablé las razones pueden ser diversas: no se está haciendo la prueba de diagnóstico a todos los que mueren por alguna falla respiratoria o se registran como muertes provocadas por otro mal, no se están contabilizando las personas que mueren por el virus en sus hogares, o una combinación de todo lo anterior.

Hay un problema de registro de los muertos. Hay pocas pruebas y poca capacidad de análisis de laboratorio.

Entonces, lo que hacen es privilegiar las pruebas para las personas vivas. Es fundamental, hacer la prueba a los vivos y a los muertos. Porque es muy difícil planear y trabajar de manera concreta para enfrentar la pandemia si no se cuenta con los datos precisos. 

Es difícil entender por qué se han hecho pocas pruebas. Quizá la 4T no planeó, no asignó presupuesto suficiente a los laboratorios o porque de alguna manera intencionada prefieren mantener el perfil bajo del número de muertos.

También llama la atención el elevado número de “neumonías atípicas’’ cuando la época de influenza ya pasó. Un aumento de estas enfermedades respiratorias durante los meses de marzo y abril es preocupante.

Y nada típico. En una hoja de registro de un hospital Covid que tuve la oportunidad de ver, de los 21 casos que se muestran, 17 de ellos fueron diagnosticados como “neumonía atípica” y el resto como Covid-19. Del total, 10 estaban utilizando respirador. Estamos hablando de una página, en un hospital, en un bello día de abril. 

Seguramente las personas con neumonía estaban esperando a recibir los resultados de su prueba. O no. No hay forma de saberlo.

Según la OMS, es más alta la probabilidad de morir de los que requieren un respirador y si bien no soy matemática ni sé de aritmética, esta muestra es muy pequeña, pues llama muchísimo la atención.

Especialistas de la UNAM también han alertado que en las últimas semanas se ha reportado un “continuo incremento” en casos de Infección Respiratoria Aguda (IRA).

Y aprovecho aquí para solicitarle a la Secretaría de Salud federal, si puede quitar ese apartado de “casos sospechosos”. Sin querer entrar en sospechas es mejor que lo sustituya con una columna sobre neumonías atípicas, para poder ver las cifras en blanco y negro.

Se entiende que no se registren por Covid los suicidios, ni a los que les dio un infarto por el pánico de pensarse contagiados, ni a los que lo han perdido todo y deambulan por las calles desesperados más muertos que vivos.

¿Y a los ancianos que mueren por asfixia pero no fueron diagnosticados? ¿Y a los que mueren en casa porque prefirieron rifársela antes de pisar un hospital? ¿A ellos no los vamos a contar?

Ignorar los hechos no va a cambiar la realidad, ni tampoco va a cambiar la dimensión de la tragedia.

La censura, el maquillaje de las cifras, la falta de transparencia, son los peores enemigos de la salud pública. Eso es un hecho.

Antes de hundirnos en un desfase, en un alud de porcentajes, en el caos, que nos cuenten bien las muertes porque cada una de esas personas tiene familia, cada una tiene nombre, un apellido, una historia y cada una merece ser llorada.

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