La importancia de llamarse Hillary
The Intercept _ | Por Glenn Greenwald
Las altas cúpulas militares y políticas de EU consideran los secretos de Estado uno de los pilares sobre los que está construida la nación y no dudan en castigar con la pena máxima a quienes hacen un uso inapropiado de ellos… a menos que se trate de Hillary Clinton.
Por Glenn Greenwald
La secrecía es virtualmente una religión en Washington. Aquellos que han violado sus dogmas han sido castigados de la manera más dura y excesiva, al menos cuando tienen poco poder o influencia política. Como se ha señalado ampliamente, la administración del presidente Barack Obama ha procesado más filtraciones bajo la Ley de Espionaje de 1917 que todas las administraciones anteriores combinadas. El secreto es tan venerado en DC que incluso los documentos más banales son marcados en automático como “clasificados”, por lo que su divulgación o uso incorrecto son considerados un delito grave. Como el exdirector de la CIA y director de la NSA, Michael Hayden, dijo en el año 2000: “Todo es secreto, y quiero decir todo. Recibí un correo electrónico diciendo ‘Feliz Navidad’. Traía una clasificación de ‘Top secret’ de la NSA”.
Las personas que filtran información a los medios de comunicación con el propósito desinteresado de informar al público –Daniel Ellsberg, Tom Drake, Chelsea Manning o Edward Snowden– enfrentan décadas de prisión. Quienes filtran por fines más innobles e interesados –tales como facilitar la obra de los hagiógrafos (Leon Panetta, David Petraeus) o congraciarse a sí mismos ante un amante (Petraeus)– enfrentan la destrucción de sus carreras, a pesar de que, por lo general, se salvan si son suficientemente importantes en Washington DC. Para los niveles bajos, los Don Nadie sin poder en DC, incluso el mero manejo inadecuado de información clasificada –sin ninguna intención de filtrarla, sino sólo, digamos, de trabajar desde casa– ha dado lugar a la persecución penal, la destrucción de su carrera y la pérdida permanente de los privilegios de acceso a la información.
Esta postura hacia la información clasificada, que no es más que extrema, implacable e irracional, se detuvo de inmediato recientemente en Washington, justo a tiempo para salvar las aspiraciones presidenciales de Hillary Clinton. El director del FBI, James Comey, una persona designada por Obama que sirvió en el Departamento de Justicia de Bush, ofreció una conferencia de prensa en la que condenaba a Clinton basándose en el hecho de que ella y sus colegas fueron “extremadamente negligentes en su manejo de información muy sensible y altamente clasificada”, la que incluía material considerado como “top-secret”.
Comey también detalló que las declaraciones públicas clave realizadas por Clinton para defender su conducta –por ejemplo, que nunca envió información clasificada a través de su cuenta de correo electrónico personal y que había entregado al Departamento de Estado todos los correos electrónicos “relacionados con el trabajo”– eran totalmente falsas; él insistió en “que cualquier persona razonable en la posición de la secretaria Clinton… debería haber sabido que en un sistema no clasificados no había lugar para la conversación”; y argumentó que ella había puesto en peligro la seguridad nacional porque, posiblemente, “actores hostiles obtuvieron acceso a la cuenta personal de correo electrónico de la secretaria Clinton”. Comey también señaló que otros que han hecho lo que mismo que Clinton, “suelen ser objeto de sanciones de seguridad o administrativas”, tales como la destitución, un daño a su carrera o la pérdida de su nivel de acceso a información clasificada.
A pesar de todos estos hallazgos altamente comprometedores, explicó Comey, el FBI recomienda al Departamento de Justicia que Clinton no sea acusada de ningún delito. “Si bien hay indicios de posibles violaciones a los estatutos en cuanto al manejo de información clasificada”, dijo, “nuestra opinión es que ningún fiscal razonable defendería un caso así”. Para justificar esta afirmación, Comey citó “el contexto de las acciones de una persona” y su “intención”. En otras palabras, no hay evidencia de que ella haya hecho exactamente algo prohibido por la ley penal, pero fue más negligente y descuidada que maliciosa y deliberada.
Vista de manera aislada, no tengo ninguna objeción en particular a esta decisión. De hecho, estoy de acuerdo con ella: No creo que lo que Clinton hizo haya alcanzado el nivel de criminalidad, y si yo estuviera en el Departamento de Justicia, no me gustaría verla procesada por ello. Creo que hubo intención maliciosa: El uso de una cuenta de correo electrónico personal y la instalación de un servidor doméstico siempre ha parecido estar diseñado, al menos en parte, para controlar sus comunicaciones y ocultarlas de la Ley de Libertad de Información (FOIA, por sus siglas en inglés) y obligaciones de información similares. Como señaló The New York Times en mayo sobre un informe altamente comprometedor de la propia Auditoría General del Departamento de Estado:
❝Los correos electrónicos dados a conocer en el informe dejaron claro que [a Clinton] le preocupaba que los correos electrónicos personales pudieran ser liberados públicamente bajo la Ley de Libertad de Información❞.
Por otra parte, Comey dijo que –contrario a las repetidas declaraciones de Clinton– “el FBI también descubrió varios miles de correos electrónicos relacionados con el trabajo que no estaban en el grupo de los 30 mil que fueron devueltos por la secretaria Clinton al Estado en 2014”. El informe del inspector general tenía un tono similar, afirmando, en palabras de The New York Times, que había “socavado algunas de las declaraciones anteriores de la señora Clinton que defendían el uso del servidor”.
Aun así, acusar a alguien de un delito grave requiere algo más que mentir o motivos poco éticos; debería requerir una clara intención de romper la ley, junto con un daño sustancial previsto, ninguna de las cuales se encuentra suficientemente presente aquí.
Pero este caso no existe de forma aislada. Existe en un clima político donde el secreto es considerado el fin más alto, donde las vidas de las personas son destruidas por las más triviales –o, peor aún, las mejor intencionadas– violaciones a las leyes de secrecía, incluso en ausencia de cualquier evidencia de daño o intención maligna. Y éstas son las injusticias a las que Hillary Clinton y la mayoría de sus seguidores incondicionales demócratas no se han opuesto ni una sola vez, sino que más bien han ovacionado con entusiasmo. En 2011, la soldado Chelsea Manning fue acusada de varios delitos y enfrentó décadas de cárcel por filtrar documentos que creía firmemente que el público tenía derecho a conocer; a diferencia de los documentos que Clinton manejó de forma imprudente, ninguno de ellos era considerado “top-secret”. Sin embargo, esto es lo que dijo la entonces secretaria Clinton para justificar su persecución:
“Creo que en una época donde tanta información vuela a través del ciberespacio, todos tenemos que ser conscientes del hecho de que cierta información que es sensible, que afecta a la seguridad de las personas y las relaciones, merece ser protegida y vamos a seguir tomando las medidas necesarias para hacerlo”.
El anuncio de Comey también tiene lugar en una sociedad que encarcela a más de sus ciudadanos que cualquier otra en el mundo, por mucho, por los delitos más triviales entre cualquier nación occidental, y las disparidades son abrumadoras cuando son pobres o marginados debido a su raza u origen étnico. El tipo de indulgencia y misericordia y moderación que el fiscal Comey extendió a Hillary Clinton simplemente no está disponible para la mayoría de los estadounidenses.
Lo que sucedió aquí salta a la vista. Es el cursi subproducto de una mentalidad de justicia criminal en la que –como he documentado en With Liberty and Justice for Some, mi libro de 2011– los que ejercen el mayor poder político y económico están prácticamente exentos del peso de la ley, incluso cuando cometen los crímenes más atroces, mientras que sólo aquellos que son impotentes y marginados son duramente castigados, a menudo por las transgresiones más triviales.
Si alguna persona desconocida y sin importancia ni poder hiciera lo mismo que Hillary Clinton –instalar secreta e imprudentemente un servidor casero de mala calidad y trabajara con información clasificada del más alto nivel en él, para después mentir al público sobre ello al ser sorprendido haciéndolo– habría sido acusada penalmente hace mucho tiempo, con poco ruido u objeción. Pero Hillary Clinton es lo contrario de poca importancia. Ella es la multimillonaria exprimera dama, exsenadora por Nueva York y ex secretaria de Estado, y cuenta con el apoyo de prácticamente la totalidad de la clase política, financiera, y los medios de comunicación para ser la próxima presidenta. Incluso podría decirse que es la única persona que se interpone entre Donald Trump y la Casa Blanca.
Al igual que los magnates de Wall Street, cuyo fraude sistémico provocó la crisis financiera mundial de 2008, y al igual que los funcionarios militares y políticos que instituyeron un régimen mundial de tortura, Hillary Clinton es demasiado importante para ser tratada igual que todos los demás bajo la ley. “Los cargos por delitos graves parecen estar reservados para las personas de los estratos más bajos. Todos los demás que los cometen, o bien no los enfrentan o son acusados de un delito menor”, dijo el abogado defensor en Virginia Edward MacMahon a Politico el año pasado sobre los procesamientos sobre el manejo de información clasificada.
El abogado de la defensa en Washington, Abbe Lowell, ha denunciado de manera similar el “evidente doble estándar” que gobierna la forma en que el Departamento de Justicia de Obama procesa los casos de violaciones a la secrecía: “Los empleados de nivel inferior son perseguidos… porque son blancos fáciles y carecen de los recursos y los contactos políticos para defenderse”.
El hecho de que Clinton es quien es, sin duda es lo que hizo que el FBI le concediera ese beneficio de la duda sin precedente al evaluar sus motivos. Su identidad, y no su conducta, fue claramente un factor importante en su búsqueda de que nada fue –en palabras de Coney– “claramente intencional y que no hubo un mal manejo intencionado de la información clasificada; o grandes cantidades de materiales fueron expuestos de tal manera que se apoyara una inferencia de mala conducta intencional; o indicaciones de deslealtad a Estados Unidos; o esfuerzos para obstruir la justicia”.
Pero un sistema que otorgue un trato basado en quién es alguien, en lugar de lo que ha hecho, es lo contrario de uno conducido en el marco del Estado de derecho. Es, en cambio, uno de privilegio sistémico. Como lo planteó Thomas Jefferson en una carta de 1784 a George Washington, el fundamento máximo de cualquier orden constitucional es “la negación de toda preeminencia”. Hillary Clinton ha sido durante mucho tiempo la beneficiaria de este privilegio sistémico, de muchas maneras, y en este caso recibió su mayor regalo hasta ahora.
El director del FBI, designado por Obama dio una conferencia de prensa en la que mostró cómo Clinton manejó imprudentemente información clasificada, participando en una conducta prohibida por la ley, y mintió sobre ello varias veces ante el público. Pero ella no será procesada o encarcelada por nada de eso, por lo que los demócratas están celebrando. Pero si hay que ser positivos sobre algo de lo que pueda generarse de este asunto tan bajo, quizá sea que los demócratas podrían comenzar a exigir la misma indulgencia y la flexibilidad legal para todos los demás que no sean Hillary Clinton.
Carpetazo. La fiscal de Estados Unidos, Loretta Lynch, confirmó que el Departamento de Justicia no presentará cargos contra Hillary Clinton, después de que el director del FBI, James Comey, recomendara cerrar el caso y no presentar cargos contra ninguna de las personas involucradas.
Big Data. El FBI revisó durante más de un año 30 mil correos electrónicos enviados y recibidos a través de varios servidores privados, instalados en numerosos dispositivos móviles, que la exsecretaria de Estado usó dentro y fuera de Estados Unidos.
FRASE “Todo es secreto, y quiero decir todo. Recibí un correo electrónico diciendo ‘Feliz Navidad’. Traía una clasificación de ‘Top secret’ de la NSA”.