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Manuel Lino / Los Intangibles.com

Durante una epidemia de cólera, “de repente, surgió el rumor de que muchos de quienes habían sido enterrados con tanta prontitud habían muerto no a causa de una enfermedad sino envenenados. Se decía que alguien había descubierto cómo introducir cierto veneno en todo tipo de alimentos…

“Cuanto más extraordinarios eran estos informes, más ansiosamente los recibía la multitud”, incluso los escépticos aceptaron esta explicación cuando el jefe de la policía de París no solo los validó, sino que publicó una “desafortunada proclama, en la que decían claramente que estaban tras la pista de los envenenadores”, contó Heinrich Heine el 19 de abril de 1832 en su columna para un periódico alemán (y que retomó la revista Laphams Quarterly).

›Heinetrató de explicar el hecho: “porque la policía, que en todos los países parece menos inclinada a prevenir el crimen que a aparentar saberlo todo sobre él, deseaba mostrar su información universal o bien pensaba que, fueran verdaderas o falsas las historias de envenenamiento, a ellos les correspondía desviar que las sospechas recayeran en el gobierno”, y lamentaba que, al confirmar oficialmente los rumores, las autoridades “arrojaron a todo París a la más espantosa aprehensión por la muerte”.

Patrones históricos

En la época de Heine, las enfermedades y su forma de transmisión aún eran un misterio, faltaba casi medio siglo para que Louis Pasteur formulara la teoría de los gérmenes. Así que era fácil creer casi cualquier cosa. 

En el caso del cólera, de la que hubo siete pandemias y que marcó al siglo XIX como la peste había marcado a la alta edad media, las clases acomodadas pensaban que se trataba de “una enfermedad de pobres” y que éstos la transmitían; por su parte los pobres pensaban que se trataba de una conjura para acabar con ellos.

Entre las concepciones erróneas y los malentendidos, el hecho es que en París acabó por producirse una revuelta a la que, opinan algunos historiadores, “el débil rey Luis Felipe” dejó crecer. Heine opinaba distinto: admiró a Luis Felipe porque, mientras la mayoría de los ricos huyeron de la ciudad, el rey y su familia se quedaron y usaban una especie de tapabocas de franela que entonces se pensaba que podía proteger del cólera.

Lo que parece seguro es que, sea porque los pobres tomaron confianza, se vieron sin otra salida o por el recrudecimiento de la desconfianza entre las clases, “el cólera formó parte del sustento de los dos ejemplos más atroces de extrema represión de clases… el aplastamiento de la revolución de 1848, por el ejército comandado por el general Louis-Eugene Cavaignac, y la ‘Semana Sangrienta’ en 1871, cuando Adolphe Thiers destruyó la comuna de París en un frenesí sangriento”.

Parece seguro no porque lo diga el historiador Frank Snowden en Epidemics and Society, sino porque un estudio publicado hace unos días en la revista Peace Economics, Peace Science and Public Policy encontró que, de manera casi sistemática, las epidemias, si bien tienden a desplazar los conflictos que estaban activos en el período preepidémico, “generan el terreno fértil sobre el que las protestan resucitan de manera incluso más agresiva, una vez que la epidemia termina”.

“Durante el período comprendido entre la Peste Negra (1346–1353) y la gripe española (1919-1920), seleccionamos los 57 episodios epidémicos más significativos. En general, esta evidencia muestra sólo cuatro casos en los que se produjeron revueltas no evidentemente relacionadas con la enfermedad durante el período epidémico”, escriben Roberto Censolo y Massimo Morelli (de la Universidad Luigi Bocconi en Milán, Italia) en el estudio Covid-19 y sus consecuencias potenciales para la estabilidad social.

Por lo pronto, hay patrones que ya se están repitiendo con Covid-19: “Desde la época medieval hasta la actualidad, vemos la recurrencia de fenómenos similares. La negación de la gravedad de la epidemia, las narrativas de la ‘conspiración del virus’ y la ‘conjura del gobierno’, así como las explicaciones discriminatorias del contagio, se informan en muchas epidemias del pasado”, dice Morelli en entrevista para ejecentral.

40 millones de personas en África viven en “puntos críticos” de cólera donde los brotes son frecuentes.

El rey cólera vs. la cólera popular

El cólera es una enfermedad aterradora. Snowden comenta que le llamaban el retorno de la peste, el monstruo y el rey cólera. Ahora sabemos que es causado por dos variedades de la bacteria Vibrio cholerae, de las cuales se puede decir que por sí misma no son tan peligrosas. Pero cuando son atacadas por el sistema inmune y mueren, las bacterias del cólera liberan una sustancia llamada enterotoxina, uno de los venenos más poderosos que se conocen.

La enterotoxina ocasiona que las paredes del intestino funcionen al revés, y en lugar de pasar nutrientes hacia la sangre, es el plasma sanguíneo el que se “vierte” al intestino y luego es expulsado, de manera explosiva, por el ano y en los casos más graves por la boca. La muerte sobreviene por deshidratación. Esto sucede además en forma repentina, por lo que no es extraño que, durante una epidemia, la gente llegue incluso a morir en la calle.

Pero no es fácil contraer cólera y menos que haya una epidemia, pues la acidez normal del estómago detiene a V. cholerae como lo hace con muchas otras bacterias; sin embargo, cuando una persona ha adquirido alguna enfermedad que ocasione la disminución de esa acidez, se dan las condiciones para que el cólera prospere.

Aunque se conocía desde la antigüedad, no fue sino hasta el siglo XIX que el cólera tomó una fuerza que antes no tenía; quizá por el crecimiento de las ciudades ocasionado por la revolución industrial y sobre todo de sus barrios pobres e insalubres donde abundaban las enfermedades intestinales.

Con semejantes síntomas, el cólera estaba muy lejos de la “romántica” tuberculosis, que se asociaba con los artistas de la época (aunque le daba a  cualquier persona y mató mucha más gente que el cólera) y con la que se llegó al extremo de asociar la palidez y languidez que la acompañaban con un ideal de belleza. Además, el cólera, tenía el agravante del conflicto social; aunque este, de una manera o de otra, siempre ha estado presente.

Censolo y Morelli citan a J.N. Hays, quien en su libro Epidemias y pandemias: sus impactos en la historia humana (2005) comenta que las revueltas que han ocurrido desde la Peste Negra fueron causadas por la exacerbación de la desigualdad surgida como consecuencia de la plaga, con especial referencia a las medidas gubernamentales emprendidas para proteger los intereses de los terratenientes y los grandes empresarios.

2.9 millones de personas en promedio enferman de cólera cada año y 95 mil de ellas mueren. 

Con Covid-19 será distinto… ¿no?

Los rumores que para Heine fueron una certera apreciación personal, con Covid-19 han sido comprobados con big data. Un estudio, publicado en The American Journal of Tropical Medicine and Hygiene, siguió y examinó “los rumores, el estigma y las teorías de la conspiración que en relación con Covid-19 circulan en las plataformas en línea, incluidos los sitios web de agencias de verificación de hechos, Facebook, Twitter y periódicos en línea, y sus impactos en la salud pública”.

“Identificamos 2,311 informes de rumores, estigma y teorías de conspiración en 25 idiomas de 87 países”, escriben los autores, encabezados por Saiful Islam, y por otra parte, destacan ejemplos recientes en que la información errónea ha estado relacionada con problemas graves, como la violencia, la desconfianza y los ataques dirigidos a los proveedores de atención médica durante el brote de ébola en la República Democrática del Congo en 2019.

En un encuentro organizado por la agencia SciDev.Net con 50 científicos, tomadores de decisiones y periodistas de diversas partes del mundo, Islam agregó que tienen información de al menos 800 personas que han muerto después de seguir el mal consejo de que beber alcohol altamente concentrado matará al nuevo coronavirus; que casi 6 mil personas han sido hospitalizadas por beber alcohol metílico, comúnmente utilizado como combustible y anticongelante, y que 60 de ellas han quedado ciegas.

Pero agregó que, aunque se reconoce que los rumores y la mala información sobre Covid-19 representaban un riesgo importante para la salud pública, “nadie recopila sistemáticamente la información del impacto”. Además, dice, “existe un enorme impacto psicológico de esta desinformación”.

Y ese, que se conoce aún menos, es el que puede motivar estallidos sociales posteriormente.

›“En diciembre de 2019 había alrededor de 20 movimientos de protesta activos en el mundo; la llegada de Covid-19 y las medidas necesarias para contenerlo han hecho, según un informe anual de Freedom House (Repucci 2020), que solo dos o tres sigan activos”, escriben Censolo y Morelli.

Esta calma aparente, que es parte del patrón histórico, se debe a que “la ansiedad, la depresión y las relaciones sociales estresantes tienden a atrapar a los individuos dentro de la esfera privada, por lo que los lazos sociales de los movimientos de protesta necesariamente se aflojan”.

Sin embargo, este mismo efecto psicológico puede después orientar los estados de ánimo sociales hacia un mayor grado de agresividad, lo que sumado a los problemas económicos y el aumento de la desigualdad, podría ocasionar que aumente el nivel de conflicto social una vez que pase la epidemia.

47 países de todo el mundo tienen al cólera como enfermedad endémica. 

Epílogo de esperanza

¿Indica esto que Covid-19 ocasionará a la larga revueltas civiles en algunos países, guerras, una gran guerra mundial? 

Evidentemente, no hay forma de predecirlo. En México ya estamos viendo renacer las protestas feministas, por lo pronto. 

Morelli aclara en entrevista que “la historia no ofrece analogías deterministas con el presente. Ésta es una advertencia habitual de los historiadores. Sin embargo, la naturaleza humana no cambia a lo largo de la historia. El miedo, la ansiedad y la inseguridad que trae la epidemia generan hoy la misma respuesta emocional y psicológica que durante la Gran Peste del pasado”.

Pero no todas las enseñanzas históricas son catastrofistas. Heine contó que la furia popular causada por el rumor de los envenenadores, y que condujo incluso a algunos linchamientos, fue aplacada cuando la prensa explicó que no se trataba de una conjura sino de cólera, una enfermedad temida pero conocida.

Claro que eso no evitó las revueltas posteriores, pero ahora sabemos que esos problemas sociales ocurren, que son recurrentes tras las epidemias y podemos decir que son enfermedades sociales ya conocidas. A lo mejor eso ayuda a prevenir no las protestas sino su posible represión o, mejor, sus causas. 

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