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Bet Birai Nieto

Arthur Costa e Silva, presidente de Brasil, declaró proscrita cualquier manifestación estudiantil.

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DESARROLLO SOCIAL. El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) cumplía 25 años de vida en el país y para ello en varios medios de circulación nacional se mostraban páginas especiales sobre la conmemoración de una de las dependencias más importantes para la clase trabajadora del país.

Para entonces ya se contabilizaban 11 estudiantes y civiles muertos desde el 28 de marzo, aunque en las tres últimas semanas el daño económico apuntaba 200 millones de cruzeiros (65 millones de dólares), según informaba una comisión de hombres de negocios a la presidencia brasileña. Esto repercutiría directamente en la demora del pago de sueldos de trabajadores administrativos de la ciudad de Río de Janeiro, y también alcanzaba a las empresas que permanecieron cerradas en cuatro ocasiones durante 18 días.

A este caos había que sumar esta semana un pasaje digno de un capítulo de novela político-policiaca. Heloisa Helena Magalhaes, agente de investigaciones de la policía de Sao Paulo e infiltrada en el movimiento estudiantil fue retenida por los estudiantes para intercambiarla por Joao Carlos Figueroa, líder universitario detenido en junio por la policía.

El secuestro de Heloisa ocurrió un viernes 5 de julio, cuando los líderes universitarios descubrieron que la joven se hacía pasar por estudiante de Filosofía y Letras. Aunque no fue inmediato el secuestro tras conocerla en las asambleas estudiantiles, primero allanaron su domicilio, donde descubrieron documentos y copias de informes sobre actividades de los líderes del movimiento y entonces la retuvieron hasta que Joao fuera liberado.

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FUEGO EN PUEBLA. La noticia sobre el asesinato con arma de fuego de Marco Aurelio Aparicio, estudiante de la preparatoria nocturna adscrita a la Universidad Autónoma de
Puebla (UAP), daba
la vuelta en varios medios nacionales. 
El hecho ocurrió el miércoles 9 julio, tras una riña entre estudiantes que dejó un saldo adicional de nueve lesionados y 61 detenidos.

Esto tensó demasiado las cosas. Por eso el obispo auxiliar de Río de Janeiro, José Castro Pinto, trató de actuar como moderador entre los estudiantes y el gobierno, pero sin mucho éxito y con una opinión pública en contra, como lo citaba el periódico de circulación nacional, Jornal do Brasil: “El lugar de los sacerdotes no está hombro con hombro con los intelectuales que gritan consignas del Vietcong y atacan el imperialismo. Deberían estar más atentos a la educación en sus escuelas parroquiales. Los padres de familia no economizan su dinero para enviar a sus hijos a las escuelas a tomar cursos de revolución”.

El ambiente estaba tan descompuesto, que otro personaje eclesial que desarrollaba trabajos a favor de la comunidad, también fue colocado bajo los ataques del gobierno de Costa e Silva: Hélder Câmara, arzobispo emérito de Olinda y Recife. El concejal de Pernambuco, suscrito al partido gubernamental Alianza Renovadora Nacional (Arena), Wandenkolk Wanderley, lo acusaba de “desarrollar actividades subversivas” en el noroeste de Brasil.

›Wanderley estaba empecinado en arruinar al arzobispo, a quien atacaba a la menor provocación y el prelado no se quedaba callado. El sábado 6 de julio, por ejemplo, Wandenkolk arremetió contra el prelado a quien llamaban El arzobispo rojo, al decir en un programa de televisión que era un cobarde por no acudir a una nueva manifestación estudiantil. Câmara le respondió: “Me pareció de más valor permanecer en el lugar del comando y en condiciones de acudir a la primera señal, a donde quiera que mi presencia se tornara necesaria”.
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Tropicalia. El Tropicalismo fue un movimiento de ruptura que sacudió el ambiente de la música popular y de la cultura brasileña a finales de la década de 1960. Sus participantes, entre ellos Caetano Veloso y Gilberto Gil, Gal Costa, Tom Zé y Rogério Duprat, formaron un gran colectivo que en julio de 1968 sacó el material discográfico Tropicalia,
pan y circo.

El encono había alcanzado tal nivel, que el funcionario envió una solicitud al papa para relevar al sacerdote de sus actividades “por estar sirviendo a los comunistas (…) que no ha contribuido a mejorar la situación de la iglesia en el aspecto estrictamente religioso”. Había entonces una ruptura con un sector de la iglesia al que se consideraba radical y que apoyaba los movimientos subversivos.

Mientras tanto, en el país vecino, en Argentina, tras los enfrentamientos ocurridos durante la semana pasada entre estudiantes y la policía, las autoridades educativas definían lo que harían para acabar con las protestas.

Lo primero que hicieron fue la clausura de la Universidad de la Plata por 10 días, después de que fueran desalojados violentamente y llevados a prisión 450 estudiantes que mantenían ocupada la Facultad de Arquitectura y otras unidades académicas cercanas.

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Perspectiva. Arthur Costa e Silva
pronosticaba que 1968 sería un año de
pesares financieros para su administración.

El rector Joaquín Rodríguez Saumell, quien el día de la ocupación había sido retenido en la rectoría por los estudiantes, anunció que conforme a una lista de los estudiantes involucrados en la toma de instalaciones, todavía presos, al momento en que fueran liberados por las fuerzas policiacas, dispondría de su suspensión hasta que aclararan su participación en la toma de instalaciones universitarias.

La respuesta del juez a cargo del caso parecía sensata: liberaría a los 450 jóvenes, entre ellos 145 mujeres, por considerar “imposible identificar a los estudiantes y que no sería justo detener al resto”. Aunque la determinación del juez no importó al rector Rodríguez Saumell. Argentina comenzaba a vivir también un caos.

La similitud de medidas adoptadas por los gobiernos sudamericanos era casi milimétrica, pues aquí también se prohibieron las asociaciones estudiantiles como la Federación Universitaria de La Plata (FULP) y la Federación Universitaria Argentina (FUA).

Disidencia obrera y estudiantil

En Argentina, los movimientos convocados desde las aulas y las fábricas para defender los derechos laborales y la opresión desde la dirección de las universidades parecían abrir la posibilidad a las expresiones detractoras.

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