Mauricio Gonzalez Lara



En La guerra de los Roses, comedia negra estrenada en 1989 y dirigida por Danny DeVito, el abogado Gavin D’Amato intenta disuadir a un cliente interesado en interponer una demanda de divorcio contándole la historia del matrimonio conformado por Barbara (Kathleen Turner) y Oliver (Michael Douglas), una pareja que tras varios lustros de estar unidos en un compromiso aparentemente feliz e inmarcesible descubren que la chispa se ha extinguido. Tras un agrio intercambio provocado por la indolencia de Barbara ante un aparente infarto de Oliver (el cual resulta ser una dolencia menor provocada por una hernia), los Roses optan por divorciarse. Ninguno, sin embargo, quiere ceder la casa, emblema de la riqueza que el matrimonio ha conseguido a lo largo de su existencia. En aras de poder reclamar la propiedad, ambos se ven obligados a vivir juntos en el inmueble pese a estar enfrascados en un agresivo proceso de separación. Para sorpresa de amigos y familiares, quienes siempre los consideraron seres razonables e inteligentes, la convivencia deviene en una escalada de delirio y animosidad que redunda en tragedia.

Al igual que sucede con miles de matrimonios cuyos divorcios se transforman en batallas brutales donde todo parece estar permitido, el factor que hunde a los Roses en el encono asesino es lo que Ori y Rom Brafman, autores de Sway: The Irresistible Pull of Irrational Behavior, denominan como “el pantano del compromiso”: un círculo vicioso donde la persona se aferra a algo en función del tiempo e intensidad invertidos. Cuando alguien dedica elevadas cantidades de concentración a la consecución de un objetivo, más difícil va a ser que acepte la imposibilidad de concretar sus deseos cuando la realidad se imponga. Esa es la razón por la que las personas se obsesionan con emprendimientos cuya inviabilidad es clara o en continuar con relaciones que han dejado de funcionar. La necedad sigue una lógica emotiva, ajena al sentido común: los afectados simplemente sienten que han dejado demasiado de ellos como para contemplar la renuncia. El “pantano del compromiso” suele estar atado a un sentido primario de dominio que también contribuye a fomentar el pensamiento irracional: la aversión a la derrota. La obsesión por ganar puede convertir al individuo más prudente en un imbécil dispuesto a tirar por la borda todo lo que ha construido. 

Los hermanos Brafman cuentan en Sway que el catedrático Max Bazerman inicia sus cursos en la Escuela de negocios de Harvard con una provocación. Bazerman les propone a sus estudiantes que participen en una subasta por un billete de 20 dólares. La primera regla: sólo se puede ofrecer un dólar de incremento por turno. La segunda: el ganador se lleva el billete, pero el segundo lugar pierde también el monto ofrecido sin recibir nada a cambio. El resto de los participantes sale de la puja sin ninguna penalización. Hasta los 12 dólares, la subasta es participativa y se reciben varias ofertas. Pasados los 16, las ofertas disminuyen; cruzados los 17 dólares, la subasta tiende a reducirse a dos participantes. Ninguno de los dos está dispuesto a renunciar, por lo que la apuesta continúa mucho tiempo después de rebasar el valor de 20 dólares. Las subastas, según los Brafman, han llegado a superar los 200 dólares.

Barbara y Oliver reconocen en algún punto de la cinta que la casa y su bienestar han dejado de ser el verdadero motivo de la disputa. Lo único que les importa es ganar, a sabiendas que libran una guerra de la que ninguno de los dos saldrá victorioso. La destrucción mutua está asegurada. El amor, quién podría debatirlo, se parece tanto a la política. Ridículo.

*La guerra de los Roses está disponible vía streaming en Cinépolis Klic

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