Juan Antonio Le Clercq

Donald Trump ha sufrido una fuerte derrota política, aunque no necesariamente definitiva. Las elecciones intermedias representaban una prueba de fuego a su liderazgo y los demócratas lo han sacudido retomando el control de la Cámara de Representantes por primera vez en ocho años. Golpe muy difícil de digerir para alguien cuya imagen personal depende de presentarse en público como un “ganador”.

A pesar de que consolidaron su control del Senado, los republicanos entregaron la mayoría en la Cámara de Representantes a los demócratas. Victoria que permite a los demócratas controlar al menos una de las cámaras y activar poderosos mecanismos de contrapeso a dos años de las elecciones presidenciales. Aunque sin el control del Senado, la posibilidad del impeachment luce prácticamente imposible, algo que Trump dejó muy en claro en uno de sus impulsivos tuits la mañana posterior a las elecciones.

El resultado refleja a todas luces el grado de polarización política que vive Estados Unidos. Trump logra contener el voto de castigo a su gobierno, luego de llegar con una desaprobación de 53%, pero tampoco logra dar un giro a los pronósticos movilizando a sus bases más radicales o el manipulando sin escrúpulos el miedo hacia los flujos migratorios. En este contexto resultó especialmente significativa la influencia de los votantes jóvenes para decantar las cosas a favor del bando demócrata, quienes han salido beneficiados a pesar de que tienen pendiente articular un programa coherente en respuesta al populismo autocrático y la xenofobia nacionalista.

La derrota representa un obstáculo importante para la aspiración de Trump a reelegirse, aunque sus números en el Senado no le cierran la puerta. Ahora hay que esperar una reacción agresiva de quien sabe que va a recibir ataques desde diferentes flancos. Su estrategia pasa por radicalizar aún más a sus bases para frenar a los demócratas y conservar su influencia ante la emergencia de alternativas más moderadas entre los republicanos. La pregunta es ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los republicanos en su apoyo al discurso radical de Trump? 

Los republicanos pagan el costo de permitir que su imagen política fuera secuestrada por el proyecto político y el voluntarismo de Trump. Si bien han logrado impulsar una agenda legislativa y de políticas públicas conservadoras estos dos años, descubren que esto tiene un costo político y ahora enfrentan el dilema de sacudirse el peso de la imagen destructiva de Trump o seguir respaldando su apuesta por la polarización pese al riesgo de perder las presidenciales en 2020.

Los demócratas ganan al hacerse con la Cámara de Representantes. Sin embargo, carecen todavía de un programa político articulado capaz de seducir al votante enojado que respalda la agenda a Trump. Sin dejar de lado que si bien han irrumpido algunos liderazgos emergentes interesantes, estos no tienen todavía suficiente fuerza política nacional.

Para México el panorama es todavía extremadamente complejo. Un Trump más agresivo no es una buena señal y con seguridad nuestro país seguirá siendo una de las piñatas favoritas del presidente estadounidense. De igual forma, en la definición de una nueva agenda bilateral en temas como comercio, crisis migratoria y seguridad fronteriza, será difícil encontrar muchos aliados en el campo de los demócratas, quienes tratarán de lanzar puentes al votante conservador para ganar votos. Dos preguntas adquieren relevancia: primero, ¿cuáles son las definiciones estratégicas que seguirá nuestro nuevo gobierno en su relación con Estados Unidos?; segundo, ¿cómo pasar de las palabras a los hechos en la definición de una agenda de diversificación diplomática y comercial? 

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