Rebeca Pal

Hoy quiero compartirles una decisión que mi esposo y yo tomamos, y las reacciones que esto provocó. Si todo sale bien, a partir de enero del próximo año, ya no seremos dos. Sí, queremos tener una perrita en casa, una husky. Desde antes de casarnos, los dos hemos hablado de lo mucho que nos gustaría tener una mascota en casa, pero no habíamos decidido dar el paso hasta ahora.

Llevamos meses investigando, ahorrando y preguntándonos si estamos dispuestos a cuidar y hacernos responsables de una vida. Después de meditarlo durante un año, llegamos a una conclusión y la respuesta fue: sí. La ilusión por haber conocido a la mamá de nuestra perrita nos emocionó, pero al resto de nuestros familiares no tanto.

Nos comentaron de todos los problemas y contras de tener un perro en casa, de la esclavitud que eso genera, que tu vida cambia radicalmente, que aúllan y hacen ruido, que hay pelos por todos lados, que huelen a perro (a ver, son perros). Y muchos concluyeron con: ¿y por qué mejor no tienen hijos? La pregunta es irónica porque con los niños es igual. A los padres les cambia la vida radicalmente, lloran todo el tiempo (en la infancia y en la adolescencia), también hay pelos por todos lados y huelen a humano.

Lo que a muchos les cuesta trabajo entender, es que queremos una mascota, no un hijo. Estamos dispuestos a ciertos sacrificios, pero sabemos que no tenemos lo que se necesita para ser padres. Yo en lo personal ni ganas tengo de ser mamá, me digan lo que me digan. Es una decisión personal y de la misma forma que yo respeto a quienes tienen hijos, pido el mismo respeto por quienes no queremos tenerlos.

Y no, no pienso tratarlo como a un hijo. Creo que el exceso de cariño es una forma de maltrato animal. No podemos tratar a los animales como seres humanos porque hace que pierdan su identidad, que se sientan frustrados, ansiosos e inseguros. Los animales tienen otras necesidades físicas y psicológicas, diferentes a las nuestras. Al humanizarlos sólo conseguimos que nuestra mascota se sienta incompleta porque no es un humano, pero tampoco se siente como lo que es, un animal.

Sé que las personas cercanas intentan opinar con base en la experiencia personal que tienen y, generalmente, suelen ser consejos con un buen fondo, sin embargo, creo que sobra opinar sobre las decisiones que se toman en pareja. Desde el momento que empecé a tomar decisiones sin cuestionar a los demás, me han caído una letanía de consejos que nunca pedí. Con el tiempo he comprendido que la mayoría de los consejos dados vienen de prejuicios o de experiencias que no salieron bien, y, es por eso, que a veces me niego a escucharlos. Para mí es muy simple. Si yo estoy segura de algo, no me hagas dudar de mis decisiones porque a ti no te han funcionado las cosas o no salieron como tú lo esperabas. Yo respeto tu vida, tú respeta la mía.

No me encanta estar llena de pelos, pero estoy dispuesta a aspirar a diario, no me emociona la idea de levantar cacas por el parque, pero pienso hacerlo, no me encanta que me ladren, pero ya con mi marido estoy acostumbrada. Mi hermana, por el otro lado, acaba de ser mamá y no veo que se arrepienta de haber perdido su figura, de no dormir, del dolor que siente cuando amamanta, ni de cambiar pañales.

Creo que el equilibrio está en el respeto. Y lo ratifico, no queremos un hijo, queremos una mascota que nos haga compañía y, por qué no, que nos saque a pasear. Que ya viene el invierno y no hay quien nos mueva del sofá.

Así que… Es mi sopa, no metas tu cuchara.

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