A propósito del título de la colaboración, quiero subrayar que desde hace años tengo respeto y admiración por el diario español El País que, por cierto, en medio de la pandemia dejó de circular en su versión física en territorio azteca. La profundidad del análisis, el rigor de sus afanes noticiosos, la inveterada capacidad para construir historias bordadas con finura e ironía incluso, si se tercia, en la crónica deportiva, así como la delicadeza y mimo con el que se trata al lenguaje en el marco de un riguroso (y público) manual de estilo son buenas razones para suscribir dicha posición de respeto y admiración.
Más tarde en la vida, apareció en el camino de este hispanófilo lector, otro tabloide producido en las mismas tierras, El Mundo, con su propio estilo y también con una denodada calidad periodística, que lo vuelve entrañable.
Dicho esto, y a propósito de lo publicado en sendos medios a inicios de la semana, no queda sino decir que uno de los dos miente, que los dos mienten o que ambos dicen medias verdades… y lo justifican a su manera. El problema no es que hayan pecado de afinidades ideológicas –que a estas alturas del partido, extraño sería que no las hubiera–, en este caso de izquierda (El País) y de derecha (El Mundo); en mi opinión, el problema es mentir y si un medio miente, pues esgrime una demoledora (y creo que cínica) falta de respeto con la inteligencia de los lectores.
Me explico, o al menos lo intentaré. A propósito del debate abierto por la intención del gobierno español de atenuar el castigo a quienes encabezaron en tiempos recientes el movimiento independista de Cataluña, dice El País en un editorial titulado Sedición y democracia que “La reducción en las penas tipificadas en el Código Penal busca equiparar a España con el resto de legislaciones europeas"; el mismo día, el vecino de la puerta de enfrente, en su editorial de nombre Sedición y poder judicial recuerda, que el Tribunal Supremo español ha determinado que "…tal desproporción no existe. En Alemania y en Francia [estos] hechos pueden castigarse con cadena perpetua, y en Portugal las condenas alcanzan los 20 años”.
Sin ser un asiduo lector de las sentencias del citado Tribunal Supremo, la verdad que el cuerpo me pide creer más la segunda posición, lo que en buena lógica popperiana supondría que lo dicho por el otro diario es falso. Ciertamente, esta posición es una opinión fundada en que tuve la curiosidad de leer ambos medios el mismo día. De no haber leído El Mundo, la ingenuidad de un profano daría por verdadero el otro argumento.
Seguramente exagero, pero la próxima vez que lea en el diario El País que ganó el Real Madrid en el juego del fin de semana, siempre tendré la duda de si esto no es una fake new. ¿Es entonces el escepticismo la alternativa para quienes consumimos información en los medios de co- municación? Para quienes habitamos la posmodernidad, me parece que este es, efectivamente, el único camino. Por supuesto que no sobraría que algunos medios de comunicación que juegan a ser acomodaticios con el poder, entiendan que la responsabilidad que tienen, debiera ser con el poder de la verdad.
En el juego democrático (que en realidad, no tiene nada de juego), los medios son importantes per sé y si no lo entienden, y aunque no la hayan jurado, la sociedad se los demandará.