Alejandro Alemán

En algún momento de Chicuarotes (México, 2019), el segundo largometraje de Gael García Bernal como director, el Cagalera (impresionante Benny Emmanuel) y su intento de novia, Sugheili (Leidi Guitérrez), observan en la recámara de ella un par de ajolotes en una pecera: “Estos ya no los puedo regresar al canal, no aguantarían la suciedad, se morirían”. 

La metáfora describe a la pareja protagónica de la cinta, el ya mencionado Cagalera y su compinche, el Moloteco (Gabriel Carbajal), quienes al contrario de los domesticados ajolotes, si aguantan vivir (o sobrevivir) en las tierras fangosas de San Gregorio Atlapulco, poblado de la alcaldía de Xochimilco. Ya sea haciéndola de payasitos en los camiones, planeando atracos, transando a diestra y siniestra, el Cagalera y el Moloteco harán de todo para alcanzar el sueño de salir de ese pueblo, escapar de una familia terriblemente disfuncional y de un barrio que los engulle. 

En Chicuarotes conviven dos cintas que van en dirección contraria. En la primera (con la que abre el filme) se nos presenta la pareja protagónica en plenitud de facultades: torpes pero siempre confiados, asaltan a los pasajeros de un pesero luego de que estos no cooperan por su acto como payasitos. El tono es de comedia negra, destacando la velocidad verbal y los lances de humor del actor Benny Emmanuel, quien dicta el ritmo de una cinta divertida que se desarrolla en el peor de los escenarios: un pueblo inserto en la CDMX del que pocos conocen (conocemos) y que sin embargo es un microcosmos de pobreza y desdén gubernamental, un auténtico no man’s land del que nadie podrá escapar.

Y justo cuando la película nos ha ganado (principalmente por los kilos de personalidad de Benny Emmanuel que se mueve con la soltura de un Rey del Barrio posmoderno), el director,  junto con su guionista, Augusto Mendoza, dan un volantazo hacia un tremendismo exasperante de tragediones telenoveleros, de villanos irredimibles, de personajes que se abandonan a media película y de escenas plenas de shock value como única herramienta para seguir avanzando.

Así, la película termina en otro lugar donde no merecía estar: una historia desbordada, escandalosa, muy bien actuada y bien fotografiada (por Juan Pablo Ramírez), pero que se desbarranca dentro de su propio escándalo. 

Indudablemente, las capacidades de dirección de Gael García han mejorado muchísimo (al menos a juzgar por su ópera prima, la fallida Déficit, 2007), sólo necesita menos escándalo y más mesura.

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