El futbol es una muestra de que los estereotipos pueden romperse y de que las nuevas generaciones tienen mayor libertad para decidir quiénes son sus modelos a seguir.
Durante muchos años, la imagen del futbolista se fue construyendo sobre un molde rígido: fuerza, rudeza, cabello corto y una masculinidad que parecía incompatible con cualquier rasgo considerado ajeno a los modelos tradicionales. En ese mundo no había demasiado espacio para los colores, los accesorios o el cuidado personal, mucho menos para hablar de emociones o igualdad.
Ese modelo comienza a cambiar.
Erling Haaland, delantero noruego del Manchester City y de la selección de Noruega, no solamente ha llamado la atención por sus goles espectaculares o por sus movimientos dentro del área para rematar. Su larga cabellera rubia, las ligas con las que la recoge y su gusto por las bolsas de lujo lo han convertido también en un referente mundial de la moda. Una marca noruega incluso lanzó una colección de ligas para el cabello inspirada en su estilo. El producto, asociado durante años casi exclusivamente con las mujeres, encontró ahora a uno de sus principales promotores en una figura mundial del fútbol.
Puede parecer un asunto superficial, pero las imágenes también educan.
Cuando millones de niñas y niños observan a sus ídolos utilizar colores y accesorios sin preocuparse por antiguas etiquetas, reciben un mensaje importante: no existen objetos, profesiones o formas de vestir que pertenezcan exclusivamente a un género. La identidad no debería construirse a partir del miedo a ser juzgado.
Las nuevas masculinidades son, en buena medida, producto de las transformaciones sociales, especialmente de aquellas impulsadas por las mujeres, quienes hemos luchado por ocupar espacios que durante mucho tiempo nos fueron negados y que ahora también abren puertas para los hombres. Si una mujer puede ser futbolista, magistrada, científica, astronauta o ministra, un hombre puede cuidar su apariencia, expresar afecto, participar en las tareas del hogar y ejercer una paternidad cercana sin sentir que pierde autoridad o masculinidad.
Sin embargo, romper estereotipos no consiste únicamente en utilizar el cabello largo o vestir determinados colores. El verdadero cambio debe atravesar la puerta de los hogares. Una sociedad que reconoce la participación de las mujeres en el trabajo, la política, la ciencia y el deporte también debe revisar la distribución de las responsabilidades familiares.
No es suficiente que las mujeres conquisten espacios fuera de casa si, al regresar, continúan asumiendo solas la crianza, la limpieza y el cuidado de la familia. La equidad también significa que los hombres participen en esas tareas como una responsabilidad propia y no como una ayuda ocasional.
Ahí se encuentra la parte más profunda de las nuevas masculinidades: en la posibilidad de construir relaciones familiares menos rígidas, donde nadie tenga un papel impuesto por su género. Los hombres también ganan cuando pueden mostrarse sensibles, pedir ayuda, cuidar a sus hijos y compartir las obligaciones cotidianas.
Las niñas, por su parte, ya no se limitan a imaginar que algún día serán novias de un futbolista. Cada vez más se ven a sí mismas dentro de la cancha, levantando una copa, dirigiendo un equipo o narrando un partido. La transformación consiste en pasar de querer acompañar al protagonista a reconocerse como protagonistas de su propia historia.
También las figuras con las que juegan reflejan este cambio. La muñeca Barbie dejó de representar únicamente un ideal de belleza para aparecer como futbolista, astronauta, maestra, médica o ministra. Podrán discutirse los intereses comerciales detrás de esta evolución, pero existe un mensaje cultural evidente: las niñas pueden imaginarse en cualquier espacio.
Tal vez por eso una liga para el cabello, unos botines rosas o una muñeca vestida de astronauta pueden decir mucho más de lo que aparentan. Nos muestran que la igualdad no pretende asignar nuevos roles, sino reconocer la libertad de cada persona.
Porque una sociedad verdaderamente libre no es aquella que dicta nuevas formas de ser mujer o de ser hombre, sino aquella en la que cada persona puede elegir quién quiere ser, sin que un color, una profesión, una prenda o un prejuicio decidan por ella.