Cada cuatro años el mundo toma partido. Nos enojamos, nos distanciamos, polarizamos. Lo hacemos con el futbol y también con la política. Mientras nosotros lo vivimos apasionadamente, los protagonistas parecen conocer mejor el juego. Cada jugada responde a una estrategia.
Nosotros vemos noventa minutos. Ellos juegan partidos que duran años. A veces se disputan sobre la cancha y otras alrededor de ella. A veces el premio es un trofeo y otras una negociación comercial, un cargo o un lugar en la mesa correcta.
Por eso una final del Mundial nunca es solamente una final. El futbol dejó hace mucho tiempo de ser únicamente futbol. Es poder. Lo sabe la FIFA, los gobiernos y las grandes marcas. También quienes ocupan los lugares más exclusivos del estadio.
Durante semanas parecía escrito el escenario perfecto: Messi en la final. Era el sueño de cualquier patrocinador, porque seamos sinceros, una final con Messi vale más. Más audiencia, más emoción, más camisetas vendidas y más negocio. Muchos estaban convencidos de que el desenlace ya estaba escrito. Pero Argentina no levantó la Copa y el futbol conservó aquello que lo ha convertido en el espectáculo más popular del planeta: la incertidumbre.
La política comparte esa misma lógica. Los grandes jugadores saben cuándo acelerar, cuándo esperar y cuándo sentarse en la mesa correcta. Los grandes líderes también.
Mientras millones de personas seguían el balón sobre la cancha, otros observábamos el palco. Presidentes, primeros ministros, dirigentes deportivos, reyes y líderes políticos compartían una fotografía cuidadosamente construida. Donald Trump entiende muy bien el lenguaje de los símbolos. También lo entienden quienes diseñan la política exterior de cualquier país. Una invitación aceptada comunica tanto como una rechazada.
Javier Milei decidió no asistir. Su explicación fue la misma que ha dado otras veces con la selección argentina: la superstición. Prefiere no estar en los partidos importantes porque considera que le trae suerte al equipo. En política también hay espacio para las cábalas.
Curiosamente, las tres sedes de este Mundial tienen partidos pendientes por jugar. México, Estados Unidos y Canadá comparten mucho más que un torneo de futbol. Próximas conversaciones sobre aranceles, migración, seguridad y comercio tendrán impacto en millones de personas. Quizá por eso algunas fotografías pesan más que otras.
Algunos se preguntaron si la presidenta Claudia Sheinbaum debía asistir o no. Quizá la pregunta más interesante sea otra: ¿podía no hacerlo?
Sí, el lugar era imposible de pagar para la inmensa mayoría. Sí, algunos de sus compañeros de banca representan posiciones políticas difícilmente conciliables con las suyas. Pero hay partidos cuyo costo político de no jugarlos es todavía mayor que el de las contradicciones que implica disputarlos. Porque en diplomacia, como en futbol, no siempre se elige con quién o contra quién jugar. A veces, simplemente, se juega el partido que toca.
También importan los símbolos. La presidenta eligió un traje sastre y eso comunica poder. El verde profundo remite inevitablemente a México y la flor bordada a mano recuerda una de las grandes apuestas narrativas de su proyecto político: reivindicar las raíces indígenas del país. Nada es casual. Todo comunica.
El espectáculo del medio tiempo confirmó algo más. Mientras el palco blindado hablaba el lenguaje del poder, el escenario eligió el del amor y la inclusión. La palabra LOVE multicolor iluminó la cancha. Un mensaje que contrastaba con algunas de las posiciones políticas representadas en el palco, pero que conectaba con la audiencia global que sostiene el espectáculo. El futbol es pasión, pero también negocio.
¿Quién ganó realmente este Mundial? Es demasiado pronto para saberlo. Quizá fue España levantando la Copa del Mundo. Quizá fue México sentándose en la mesa correcta antes de negociaciones importantes. Quizá fue Trump reuniendo a buena parte del poder político internacional en un mismo palco. O quizá fue la FIFA demostrando que ningún otro espectáculo es capaz de reunir deporte, política, diplomacia y economía como lo hace una final del Mundial.
Porque mientras nosotros tomamos partido, ellos ya están jugando la siguiente jugada. Cada pase, cada movimiento y cada posición responden a una estrategia que empezó mucho antes del silbatazo inicial.