Alejandro Alemán

El nombre ya era suficiente advertencia, pero quien esto escribe entró a la función de Chilangolandia (México, 2021) más por morbo y disciplina que por auténticas ganas de ver la cinta.

El avance ya perfilaba lo peor: una película con el humor propio de un meme, que abraza con orgullo los clichés de vivir en esta CDMX donde, se sabe, las quesadillas se piden con queso y los temblores van precedidos de un bolillo.

Chilangolandia es dos historias en una. La primera (la mejor lograda) involucra a una familia humilde, pero luchona, de Ecatepec. Carmen (Liliana Arriaga, tratando de exorcizar su personaje de la Chupitos) está casada con el despistado Miguel (Aarón Aguilar) a quien, por esas coincidencias que sólo pasan en las películas, le es entregada (vía unos guaruras bastante chambones) una maleta llena de dinero, proveniente de un diputado (magnífico Carlos Corona) para sabrá dios qué millonaria tranza.

La segunda historia (aún más disparatada) involucra a Ramiro (Silverio Palacios), quien es entrenador de futbol en Tepito y a su jugador estrella, el Chulo (Pierre Louis), quienes consiguen hacer una prueba para un equipo profesional. El problema es que el Chulo está borrachisimo a causa de un problema con su novia, quien al parecer fue secuestrada por un mafioso local.

No obstante la cantidad de clichés y chistes facilones sobre lo que implica ser “chilango”, la verdadera inspiración para esta cinta no es la ciudad, sino el cine del británico Guy Ritchie. Así, el mexicano Carlos Santos escribe, dirige y produce (¡con su propio dinero y sin fondos públicos!) su versión achilangada de Snatch (Ritchie, 2000). 

En lo técnico, el resultado es loable: Santos entiende que si la ciudad es su principal personaje, no hay de otra que salir a las calles. Pero no solo irá a Polanco, Condesa y Santa Fe (como el 99% del cine de comedia mexicano): Santos lo mismo va al Zócalo que se trepa al metro, se mete a Tepito o se sube a un camión de la basura. Su fotógrafo, Felipe Escalona, evita los filtros instagramosos y retrata la ciudad tal cual, en la absoluta gloria de su caos y corrupción cotidianos.

¿Y el humor? Chilangolandia puede presumir que su humor no se basa en el clásico “ricos contra pobres”, en todo caso es “pobres contra políticos, corruptos y mafiosos”. Aunque en su retrato no puede evitar cierto clasismo enquistado: “miren, qué chistosos estos pobres”. 

Con uno que otro momento bien logrado, lo más destacable es la participación de Luis Felipe Tovar, quien con apenas un cameo (como un inteligente ladrón), se roba la película. Su personaje bien vale un spin off. Yo lo vería.

"Queda prohibida la reproducción total o parcial de las obras y contenidos de esta publicación periódica, por cualquier medio o procedimiento, sin ello contar con la autorización previa, expresa y por escrito o licencia concedida por ESTRICTAMENTE DIGITAL S.C.; toda forma de reproducción no autorizada será objeto de las acciones y sanciones establecidas en la Ley Federal de Derecho de Autor, la Ley de la Protección de la Propiedad Industrial y el Código Penal Federal."
Derechos Reservados ©️, Estrictamente Digital S.C., 2021

Compartir