Alejandro Alemán

El gran descubrimiento con Pretend It’s a City (2020), miniserie de estreno en Netflix, es darse cuenta lo contagiosa que puede ser la risa de Martin Scorsese. Aparte de ser un acucioso y divertido análisis sobre la vida en la ciudad de Nueva York, esta serie también puede verse como un ejercicio de catarsis, necesario y oportuno, donde a lo largo de siete episodios (de no más de media hora) vemos a un Scorsese a punto de doblarse literalmente de risa. Todo ello provocado por la siempre sarcástica, sofisticada y nunca aburrida plática de su interlocutora, la escritora (y gran amiga del director neoyorkino) Fran Levowitz.

Al igual que cuando Woody Allen entregó una “serie” para Amazon (Crisis in Six Scenes, 2016) que no era más que una película cortada en seis partes, Pretend It’s a City es en realidad una película de tres horas y media que se presenta en capítulos para no asustar al respetable (ya ven la última vez cómo se quejaron de The Irishman). Tan laxa es la estructura de este trabajo que uno podría empezar a verla de atrás para adelante y no perdería efectividad alguna.

Reedición de un ejercicio similar de 2010 —Public Speaking, también dirigido por Scorsese— cineasta y escritora se reúnen en el Players Club neoyorquino con el pretexto de hablar sobre la vida en la ciudad: desde el olor en las estaciones del metro, el graffiti en el piso, los taxistas cada vez más imprudentes, así como el hecho de vivir en una de las ciudades más caras del mundo. “Nadie puede costear vivir en Nueva York, y sin embargo 20 millones lo hacen a diario”.

Pero más allá de las divertidas aunque obvias quejas del neoyorquino promedio -”La gente en Nueva York camina como si fuera un desierto, ¡pretendamos por un momento que vivimos en una ciudad!”- la parte más brillante de este monólogo es cuando la autora (que desde 1969 vive en la ciudad) habla de otros temas más trascendentes como el concepto del dinero, el arte como producto (“en una subasta aplauden cuando se vende el cuadro y no cuando muestran el cuadro”), la cultura de la cancelación (la cual no comparte), su rechazo a la tecnología, su aversión hacia los deportes y más.

Aunque indudablemente hay momentos en que roza la pedantería, lo tajante de sus argumentos, lo estructurado de sus ideas y la autoridad que le da seguir viviendo después de tantos años en aquella urbe sin perder el humor, hacen que esta “serie” sea absolutamente gozosa.

¿Condescendiente?, puede ser, ¿nostálgica por una Nueva York que ya ni existe?, sin duda; pero en estos tiempos donde las risas andan tan escasas, celebro la existencia de este documental y la risa de Martin Scorsese. 

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