Raúl García Araujo

El país vive un peligroso presidencialismo, y se perfila a uno todavía más riesgoso. Sin contrapesos en los poderes Legislativo y Judicial; con una prensa crítica disminuida y, por el contrario, casi en su totalidad militante, a favor o en contra, y ante una oposición y organismos autónomos reducidos a su máxima expresión, Andrés Manuel López Obrador se apresta a ser uno de los presidentes más poderosos en la historia nacional.

Con los 30 millones de votos obtenidos en la pasada elección, producto del hartazgo de la población ante una corrupción galopante de gobiernos priistas y panistas, el presidente López Obrador se incorpora a la galería de los mandatarios más influyentes de México. Esto no necesariamente es producto del ejercicio de un buen gobierno, cuyos resultados saltan a la vista. Tan solo hay que ver la evaluación de la calificadora Fitch, que vaticina que la economía se desplomará en este año 10.8 por ciento por diversos factores, como la pandemia por el coronavirus.

Conocedor profundo de Maquiavelo, el jefe del Ejecutivo aplica la máxima de que más vale ser temido que amado, y en eso basa su estilo personal de gobernar.

Ejemplos de ello se han vivido a diario durante el primer tercio de su administración. Sobre esto pueden opinar expresidentes, empresarios, periodistas, intelectuales, integrantes de los otros poderes, y más aún, los propios miembros de su gabinete, cuyas muestras de discrepancia son sinónimo de expulsión de las filas morenistas.

Quien durante mucho tiempo transitó con la espada de Damocles sobre su cabeza ahora, paradójicamente, la blande sobre la testa de sus adversarios. Él, la sube o la baja, según siente que actúan sus adversarios.

En este clima intimidatorio se mueven dos instituciones otrora inmensamente poderosas: el Ejército y la Iglesia. El primero, subordinado, arrodillado, producto de su absoluta e histórica institucionalidad; la segunda, desaparecida, borrada literalmente del mapa gubernamental, se mueve sin provocar la más mínima ola. Sus máximos jerarcas del país y del Estado Vaticano saben bien que enfrente tienen al más ferviente émulo de Benito Juárez; aquel presidente, igual que este, surgido del pueblo que atentó contra sus bienes y que luchó contra ellos hasta constituir un Estado laico.

El poder que ha ejercido el presidente López Obrador en estos casi dos años de gobierno es similar al que en su momento desarrollaron los presidentes Antonio López de Santa Anna, Porfirio Díaz, Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Carlos Salinas.

Todo mundo recordamos, por nuestras clases de historia de México, o por las que dicta el presidente López Obrador en sus conferencias mañaneras, de los excesos cometidos en sus respectivas gestiones. El único librado en el tribunal de la historia nacional es el Tata Lázaro Cárdenas del Río, cuyo nieto, Lázaro Cárdenas Batel, forma parte de la legión lopezobradorista.

De esa forma, López Obrador tiene ante sí la disyuntiva de optar por pasar a la historia como un buen presidente, idolatrado por los beneficiarios de los programas sociales, o adoptar el sinuoso camino del mandatario odiado por los excesos cometidos en su gestión.

En Cortito: Nos cuentan que la recuperación, el viernes pasado, de las instalaciones de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México, ubicadas en el municipio de Ecatepec, parece un nuevo Atenco. Sin duda, esta acción golpeará la imagen del gobernador Alfredo del Mazo, pues varios grupos de feministas ya lo acusan de represor, debido a la forma violenta como policías ministeriales de la Fiscalía General de Justicia de la entidad realizaron el desalojo. Ahora sí Del Mazo logró lo que nunca en lo que va de su administración: atraer la atención y reflectores, tanto de medios de comunicación como de actos políticos, para que todos conocieran lo mal que gobierna en el Estado de México, una de las entidades más importantes del país.

Nos preguntan si sabrá la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, que las eternas obras de remodelación de la estación Villa de Cortés causan muchas molestias entre los usuarios que abordan o descienden de esa estación de la Línea 2 del Sistema de Transporte Colectivo Metro. Las escaleras eléctricas nada más no quedan: las reparan, las vuelven a reparar y siguen sin funcionar. ¿Será que la falta de presupuesto es el motivo de tal retraso superior a los dos años? Porque este columnista pudo apreciar que en una de esas reparaciones se utilizó incluso Kola Loka para echarlas a andar de nuevo. Habrá que ver cómo quedan también sus innovadores baños públicos. Si siguen la misma suerte de las escaleras, los usuarios y vecinos del perímetro sufrirán sus hediondas secuelas.

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