Raymundo Riva Palacio

Si a usted le parecen burla las prórrogas que ha solicitado la defensa de Emilio Lozoya para que aporte las pruebas de su denuncia pactada y redactada a modo desde que se encontraba preso en España, que comprometió con el fiscal general Alejandro Gertz Manero hace más de 17 meses, y siente indignación por la forma soberbia, aunque legal, de mantener una vida social activa mientras seguía su proceso en libertad, con los privilegios de los que no goza ningún delincuente confeso, lo que no se ve es más grave. Lozoya timó durante meses al gobierno, al Presidente y a la opinión pública, violando las restricciones de su libertad condicional.

Lozoya, se ha alegado en este espacio, tiene una ética extremadamente peculiar y un orden de valores inentendible. Negoció su libertad, pero no la de su madre, la de su hermana ni la de su esposa, a quienes probablemente embaucó para ocultar los sobornos que le dio la constructora brasileña Odebrecht. Su esposa, heredera de una de las grandes fortunas europeas, inició el proceso de divorcio hace algunas semanas, de acuerdo con información recibida en México, para defenderse -como lo está haciendo su madre-, con abogados diferentes a los de Lozoya, cuya defensa encabeza su padre, coludida con la Fiscalía.

La relación de Lozoya con su esposa se alteró desde que empezó a esconderse de la justicia y a viajar por varios países, sobre todo Rusia, donde comenzó a construir una relación con oligarcas petroleros desde 2013, cuando firmó un acuerdo de cooperación con Vagit Alekperov, exsubsecretario de Energía de la desaparecida Unión Soviética, y fundador de Lukoil, la empresa petrolera más grande de Rusia, para exploración y producción de petróleo que finalmente, no por culpa de él, se frustró. Cuando se fue de México, antes de que se le girara una orden de aprehensión, Moscú fue su principal destino, donde los vínculos que hizo lo marcan hasta la fecha.

La relación con los rusos alcanzó niveles inimaginables, y trascendieron los negocios. A través de ellos conoció a una joven rusa, que de acuerdo con quienes la conocieron, lucía permanentemente como las moscovitas en verano, despampanante. Estableció una relación personal, que no puede inscribirse en el tema de vida privada por el simple hecho del conflicto de interés creado con el grupo con el cual había asociado a Pemex para los negocios. Lozoya no extremó discreción alguna para evitar que un tema de vida privada se volviera público, y que un entorno más allá del cercano la conociera.

Su novia centroeuropea había sido Miss Rusia, hija de un general de la era soviética y experta, lo que puede llegar a inquietar a muchos, en códigos de encriptación. Es decir, la Miss Rusia estaba asociada a los servicios de inteligencia rusos, que son los únicos que en ese país trabajan esos sistemas. La encriptación se utiliza para muchas cosas -incluso hay plataformas digitales comerciales que las tienen-, pero en Rusia todo pasa por el control del Kremlin y la inteligencia civil o militar.

Cuando la policía española detuvo a Lozoya en febrero del año pasado dentro del club de golf de los multimillonarios “La Zagaleta” en Marbella, por una petición de extradición de la Fiscalía General, llevaba un diccionario ruso y copias de lecturas en el mismo idioma. La casa donde estaba viviendo era de un empresario ruso, aunque no se sabe públicamente si era propiedad de Alekperov, y llevaba escoltas y acompañantes rusos. La policía española sólo lo detuvo a él, pero toda la información de quiénes iban con Lozoya, se le envió a la Fiscalía General. Lozoya regresó a México en julio del año pasado, y a la par, también llegó a México su novia, la Miss Rusia, que empezó a vivir en una casa en la zona de Valle de Bravo, en el Estado de México.

Lozoya nunca pisó la cárcel al regresar a México, porque negoció el criterio de oportunidad a cambio de aportar las pruebas que permitieran judicializar su denuncia. Gertz Manero, que trabajó directamente el acuerdo con el exdirector de Pemex, accedió a los privilegios y le colocaron un brazalete en el pie mediante el cual podría moverse con libertad por cualquier lado, siempre y cuando permaneciera dentro de la jurisdicción del juez que tenía su caso, en el Reclusorio Norte.

La famosa cena en el restaurante Hunan a mediados de octubre pasado, que llevó al presidente Andrés Manuel López Obrador a exigir a la Fiscalía que le quitara los privilegios, no significó un delito, porque los términos del movimiento restringido y el brazalete le permitían moverse en esa área, sino por el mensaje de impunidad que transmitió. Sin embargo, fuera del escrutinio público, la impunidad de Lozoya había transgredido su libertad condicional.

Durante meses, Lozoya viajó regularmente a Valle de Bravo para encontrarse con su novia la Miss Rusia, en violación total de las restricciones de su libertad condicional. No está claro cómo libró el control del brazalete, o si en la Fiscalía General sabían que estaba infringiendo los términos de la libertad acotada que tenía, y optaron por no hacer nada. El exdirector de Pemex no había tenido ninguna vigilancia especial para evitar que se fugara, hasta después de la cena en el Hunan, cuando la Guardia Nacional instrumentó un operativo de vigilancia.

Las violaciones legales debieron haber provocado una acción enérgica de Gertz Manero, porque, además, era una burla para él y para todos. No se sabe si el fiscal fue informado del delito de Lozoya, y se podría argumentar, por la forma como ha reaccionado, que el presidente López Obrador definitivamente no estaba enterado. De cualquier forma, la burla de Lozoya continúa.

Nota: En la columna de este jueves se apuntó que la Universidad de las Américas en Puebla estaba tomada hace unos cinco meses por los alumnos. La institución está tomada, pero por la policía estatal, lo que ha impedido la normalización de la vida académica.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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