Juegos Olímpicos y juegos políticos

9 de Junio de 2026

Juegos Olímpicos y juegos políticos

›Mediante el éxito de sus atletas, los países buscan proyectar cualidades que consideran virtudes nacionales, como fuerza, disciplina o heroísmo. Ejemplo notable del poder del simbolismo deportivo fue Jesse Owens.

¿Qué objetivo tiene, para un país, asumir los enormes costos de organizar unos Juegos Olímpicos?

En alguna ocasión, Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional (1952–1972), dijo que “el deporte trasciende la política. Es un fenómeno internacional, como la ciencia o la música”. Bella imagen, sin duda, pero a decir verdad, es un espejismo.

Desde que se celebraron por primera vez, hace unos dos mil 800 años en Olimpia, hasta Río de Janeiro en 2016, los juegos siempre han tenido un claro componente político. Sin ir muy lejos, Brundage, el hombre que pronunció aquella frase tan poética sobre el deporte y la trascendencia, fue el mismo que toleró con entusiasmo usar el saludo nazi en las olimpiadas de Berlín, y expulsó a dos atletas afroamericanos que participaban en México 68, por hacer el saludo black power, como protesta silenciosa contra los abusos que la minoría negra padecía en Estados Unidos. Decisiones políticas.

Mediante el éxito de sus atletas, los países buscan proyectar cualidades que consideran virtudes nacionales, como fuerza, disciplina o heroísmo. Un ejemplo notable del poder del simbolismo deportivo fue Jesse Owens, estadounidense de origen africano que ganó cuatro medallas de oro en 1936, para vergüenza de Hitler, anfitrión de esos juegos, con los que deseaba promover su ideología supremacista.

Las olimpiadas, como extensión de rivalidades políticas, continuaron con el enfrentamiento entre estadounidenses y soviéticos durante los años de la Guerra Fría, llegando al punto en que Estados Unidos y sus aliados boicotearon los juegos de Moscú en 1980 (en protesta por la invasión a Afganistán), sólo para que en la edición siguiente, Los Ángeles 1984, los países del bloque comunista devolviera el desdén, no presentándose a competir.

Así pues, cuando los juegos olímpicos fueron rehabilitados en 1896, después de 16 siglos sin celebrarse, y empezaron a llevarse a cabo en distintas ciudades del mundo, se convirtieron en un escaparate internacional para que el anfitrión mostrara sus logros. Lo que hoy los especialistas en mercadotecnia llaman «Marca País», el atractivo que genera un país en virtud de su cultura, riqueza natural, infraestructura, avances técnicos, entre otros factores. El objetivo de esta estrategia es atraer turismo, inversiones, y en general, incrementar el prestigio ante el mundo.

Paulatinamente las olimpiadas se transformaron, además, en un foro para visibilizar causas globales y ejercer presión internacional. Sudáfrica estuvo vetada 32 años, como denuncia por su régimen racista del apartheid; y en los juegos de 1996, en Atlanta, se organizaron protestas contra la escasez de mujeres en las delegaciones de países musulmanes.

Más recientemente, en las olimpiadas invernales de 2014 en Sochi, tanto gobiernos como grupos de la sociedad civil utilizaron los reflectores mundiales concentrados en Rusia para llamar la atención sobre la discriminación que la comunidad LGBT sufre en ese país. Y ahora en Brasil, mediante una delegación integrada por refugiados se manda un mensaje de inclusión y solidaridad, en momentos cuando la discriminación contra los migrantes cobra nuevos bríos. Hay quien podría decir que, más que razones políticas, organizar las olimpiadas tiene una motivación económica. Y aunque puede ser buen negocio para patrocinadores y televisoras, no es así para los gobiernos. Montreal (1976) fue un caso paradigmático, pues tardó 30 años en pagar el enorme costo, que se disparó de 120 a 3 mil millones de dólares canadienses. Algo similar le ocurrió a Grecia que terminó gastando 15 mil millones, y con una deuda que contribuyó a llevar al país a la quiebra.

@khatulari