Imagine que lo ponen a cargo de un equipo de trabajo. ¿Cómo lo dirigiría? Una opción es hacer valer su jerarquía y castigar a quien no siga sus órdenes. Otra alternativa es ganarse el respeto y la admiración de sus colaboradores, logrando que sientan orgullo de trabajar para usted y quieran rendirle buenas cuentas.
Esto es, en esencia, el llamado «poder blando» (soft power) una idea de la que hablan a menudo —aunque no siempre explican—, los especialistas en relaciones internacionales.
Este concepto, desarrollado por Joseph Nye, profesor en la Universidad de Harvard, divide al poder en «duro», aquél mediante el que uno obliga a otro a hacer algo, y en «blando»: los mecanismos con los que se puede convencer, persuadir y seducir, usando los valores, la cultura, y el prestigio que tiene un país. Aquí «blando» no es sinónimo de «débil»; se trata de una forma pragmática, aunque sutil, de proyectar poder.
Por supuesto, esto no quiere decir que la política exterior se haya hecho idílica. De hecho, los países que más influyen en ella siguen siendo los que tienen más peso económico y militar. Pero el punto no es que el poder haya dejado de ser el criterio último en la diplomacia: es que hay nuevas formas de ejercerlo.
Además, a medida que la sociedad civil en todo el mundo es más participativa, los medios más libres y la información más difícil de controlar, para lograr objetivos de política exterior ya no es suficiente la capacidad de imponer por la fuerza; también se requiere conquistar la mente y ganar los corazones de otros pueblos.
No es fortuito que los países que dominan la política global sean también quienes más invierten en este rubro: Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Canadá y Francia, son los que más poder blando tienen, según el Ranking Portland 2016. Asimismo, potencias emergentes, como China, están gastando cantidades millonarias en esfuerzos de cooperación internacional y propaganda, para ejercitar sus músculos blandos.
Parta México esto importa porque, si bien somos una potencia media, con capacidad para influir en ciertas decisiones globales, sobre todo en virtud de nuestro peso económico (somos la 15ª economía global), tenemos una enorme reserva de poder blando, no siempre explotada, que puede ser usada para mejorar la imagen de nuestro país, atraer inversiones, turismo, o facilitar que a otros países nos apoyen en las causas que nos importan, como el rechazo a los discursos y acciones de discriminación contra los migrantes.
En este sentido, México tiene al menos tres grandes reservas de poder blando.
Primero, nuestra riqueza histórica, cultural y tradiciones. Un ejemplo concreto es la gastronomía (declarada Patrimonio Intangible de la Humanidad por la UNESCO), que junto con el boom de bebidas como el tequila o el mezcal, poco a poco empiezan a convertirse en imágenes positivas, e incluso de alta sofisticación y cariño, que los extranjeros asocian con México.
En segundo lugar, el creciente número de «Mexicanos Globales», como los ganadores de premios Oscar y otras celebridades, que contribuyen a combatir estereotipos negativos sobre los mexicanos.
Tercero, con la actividad propiamente diplomática, en particular, mediante proyectos de cooperación con otros países menos desarrollados, y cuando México defiende causas universalmente consideradas como nobles.
Finalmente, debe recordarse que el poder blando no sustituye al duro. Es sólo otra manifestación de una misma lógica: usar los recursos disponibles (militares, económicos, culturales, etc.) para avanzar intereses nacionales.