Gabriela Sotomayor

El presidente Andrés Manuel López Obrador no está a la altura de las circunstancias. Es un presidente chiquito. Le quedó demasiado grande la investidura, la silla, la banda, el Palacio y sobre todo el reto de sacar adelante un país exageradamente rico y complejo. A medida que pasa el tiempo de su gobierno cada vez se hace más evidente su baja estatura.

Si se le mide por sus palabras, ¿cómo se califica a un jefe de Estado que pregona “que no le vengan con eso de que la ley es la ley”? Un comentario decepcionante. Se balconeó.

AMLO es tan bajito que tiene que amigarse con los delincuentes a quienes sí protege, con ellos sí dialoga. No habla con las madres de miles de desaparecidos, con las mujeres, con los niños con cáncer, con las víctimas de serias violaciones de derechos humanos. Tampoco se reúne con científicos, intelectuales, artistas, ni máximos representantes de la academia. Con su discurso ofrece protección a delincuentes en cadena nacional, pero enmudece ante el reclamo de la sociedad por el grado de violencia. El presidente con su tamañito prefiere ser el Juan Camaney del barrio.

“Cuidamos a los elementos de las Fuerzas Armadas, de la Defensa (Sedena), de la Guardia Nacional (GN), pero también cuidamos a los integrantes de las bandas, son seres humanos”, dijo AMLO. ¿Entonces no hay diferencia? ¿Están en el mismo plano? Es inaudito que ofrezca la mano a los delincuentes, mientras los ciudadanos pagan por sus alianzas. Me pregunto, ¿qué les debe AMLO a los narcos?

Por supuesto que los delincuentes son seres humanos, que no nos venga con esa santurronada, y es claro que tienen derecho a un juicio justo y a que en las cárceles se les trate con dignidad, pero primero tendrán que haber pasado ante la justicia y rendir cuentas. A eso se le llama imperio de la ley. Algo que a AMLO se le ha ido de sus manos tan pequeñitas con las que se aferra al poder.

Y en política exterior es todavía más cortito. En la Cumbre de las Américas, en lugar de ir a medirse con sus pares, de tratar asuntos que son del interés del país, prefiere convertirse en el portavoz de los autócratas, porque en ese rol se siente bien. También me pregunto, ¿qué les debe AMLO a los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua señalados por la ONU por perpetrar crímenes de lesa humanidad contra su propio pueblo?

Quizá, prefiere el boicot para no enfrentarse al escrutinio internacional por los asesinatos a periodistas, los feminicidios, el aumento de la violencia y la impunidad casi absoluta que aqueja al país.

Se sintió bien en la tribuna en La Habana. Ahí sí encaja. Defiende a los gobiernos cuya ley es la voz del partido en el poder, sin independencia de jueces ni abogados, con un sistema represor donde no existe libertad de expresión ni de manifestación pacífica, ni garantías del goce de derechos básicos. Ahí se siente cómodo y a la altura. ¿Por qué no va a Los Ángeles y ahí en el pleno expresa sus desacuerdos, su brutal descontento y da la cara? Prefiere gritar en lo oscurito.

Construye un aeropuertito de tercera, cuando el de Texcoco era de primera. Ahora, el espacio aéreo está en alerta máxima y es necesario un rediseño de las rutas antes de que suceda una tragedia mayor que la Línea 12 del metro. Quiere un trenecito express sin importarle el impacto ambiental, con una planeación hecha en las rodillas, un trazo deplorable, un proyecto lanzado sin consultas mientras se talan árboles de riqueza incalculable y la selva del sureste está en riesgo. Invierte en refinerías en vez de energías verdes, se queda en el pasado porque el futuro lo espanta o lo desborda, no tiene esa visión de los grandes estadistas. Se quedó corto.

El problema es que las consecuencias de las decisiones erráticas de un mandatario diminuto pueden ser de tremendas dimensiones y se sentirán a corto y largo plazo. México es grande, enorme, vasto y también su gente. Hay grandeza en sus niños, jóvenes, mujeres, hombres, trabajadores, campesinos, pensadores, políticos, intelectuales, periodistas, empresarios, ciudadanos que quieren vivir en un país desarrollado, con mejor rumbo, en el que se valore la educación, la ciencia, la cultura, las instituciones autónomas, las libertades, los derechos humanos, la democracia y el progreso. El presidente se hunde en su patética pequeñez al tiempo que un México gigante vibra y exige cuentas. Vamos pa’lante

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