2026 empezó como empiezan los años que no piden permiso. Un sismo en la Ciudad de México y, casi al mismo tiempo, la caída de Nicolás Maduro rompieron cualquier ilusión de normalidad. No fue un inicio simbólico. Fue un golpe seco de realidad. El mensaje fue claro desde el primer día: este año no va de discursos bonitos, va de poder, decisiones y consecuencias.
La captura de Maduro detonó una reacción inmediata y brutalmente polarizada. Desde la izquierda, gritos de soberanía, imperialismo y violación al derecho internacional. Desde la derecha, celebración abierta por la caída de un dictador, incluso si fue mediante la intervención de un país extranjero. Dos bandos gritando. Pocos dispuestos a mirar el fondo del asunto.
Uno de los argumentos más repetidos fue que a Estados Unidos no le importa el pueblo venezolano, sino el petróleo. Y sí, es cierto: ninguna potencia actúa por altruismo. Pero el reclamo se vuelve hipócrita cuando viene de quienes guardaron silencio mientras Rusia y China se metían hasta la cocina en Venezuela. Como dicen los propios venezolanos: no estaban ahí por la receta de las arepas. Estaban por poder, influencia y recursos. Exactamente lo mismo que hoy se critica, pero solo cuando conviene.
Por eso fue relevante lo que dijo Marco Rubio. Sin rodeos: Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano, pero ese petróleo no puede seguir financiando dictaduras ni beneficiando a potencias adversarias mientras el pueblo venezolano sobrevive en la miseria. El problema nunca fue el recurso. El problema fue quién lo saqueó y para qué.
Mientras tanto, el chavismo intentó reagruparse. El hijo de Maduro prometió que no descansarán hasta liberarlo y que volverán a encontrarse. El discurso épico de siempre. Al mismo tiempo, se instaló una presidencia interina que muchos asumen está alineada con Washington por los mensajes que ha dado públicamente, lo que refuerza una idea incómoda: la transición no se está escribiendo desde Caracas, sino desde fuera.
Y aquí entra el segundo golpe del año. Donald Trump no se quedó en Venezuela. Tras la captura de Maduro, habló de Claudia Sheinbaum y de México. Dijo que la relación es cordial, pero fue brutalmente honesto: México no está gobernado plenamente por su Estado, sino por los cárteles, y algo se va a tener que hacer al respecto. No fue diplomacia. Fue una advertencia directa sobre quién manda realmente.
El mensaje también alcanzó a Gustavo Petro y a Colombia. Países donde el discurso progresista convive con territorios capturados por el narcotráfico, violencia normalizada y Estados debilitados. La captura de Maduro no fue un hecho aislado. Fue un precedente. Y eso es lo que realmente incomoda.
La reacción de la izquierda latinoamericana lo confirmó. No hubo celebración. Hubo silencio incómodo en unos y enojo automático en otros. No por amor a Maduro, sino por miedo. Porque aceptar que un dictador cae por intervención externa implica aceptar algo aún más peligroso: que la soberanía no es un derecho eterno, sino una responsabilidad que se pierde cuando el Estado deja de gobernar.
Ahí entra con precisión quirúrgica Javier Milei, quien lo dijo sin maquillaje, “Los progres dicen que aman la democracia, pero lloran cuando cae un dictador.” La frase arde porque es cierta. La democracia se defiende en discursos, pero se relativiza cuando el autoritarismo viene envuelto en una bandera ideológica cómoda.
México no puede fingir que esto no le toca. Minimizar el narcotráfico, llamarlo exageración o estigmatización externa no cambia la realidad. Cuando desde fuera se señala la pérdida de control territorial, la respuesta no ha sido estrategia ni resultados. Ha sido indignación. Se grita soberanía, pero no se ejerce autoridad.
2026 empezó con todo porque el mundo dejó de tolerar la simulación. Se acabó la paciencia con los Estados que exigen respeto mientras conviven con mafias, dictaduras o territorios fuera de control. Este ya no es un debate moral ni ideológico. Es un debate de poder real.
La transición en Venezuela no será bonita ni rápida. Va a doler, va a incomodar y va a exhibir contradicciones. Pero era inevitable. El verdadero problema no es que haya caído un dictador, sino que todavía haya quienes prefieran defenderlo antes que aceptar que la democracia no se construye con consignas, sino con decisiones que cuestan.