Trump mostró de qué se trata la geopolítica que se practica y no sólo la que se imagina desde la academia globalista o el derecho internacional en abstracto.
El asalto a Caracas y el secuestro de Maduro, el presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, ponen en evidencia la fragilidad de los Estados latinoamericanos. Ni la democracia ni la militarización en condiciones de subdesarrollo pueden contener la potencia del Imperio.
¿Qué ejército y qué legitimidad democrática detendrán a Estados Unidos en su intento por mantener un tiempo más la hegemonía del capitalismo mundial?
Por supuesto no son el combate al narcotráfico ni la amenaza bélica los motivos reales que explican la acción imperial desesperada ordenada por Trump. El petróleo es el tesoro y la desgracia del pueblo venezolano.
Esta vez no se habló de la democracia y los derechos humanos, pero sí de la seguridad nacional, del terrorismo y demás. Pero, y aquí está la paradoja, la guerra y el narcotráfico son negocios de Estados Unidos. El mercado de armas y el de las drogas existen por Estados Unidos, no sólo por sus permisiones y adicciones crónicas sino porque sus autoridades manejan el negocio.
Lo cierto es que la imagen del orden previo se ha venido abajo con la emergencia histórica de China y la disputa por la hegemonía capitalista es el pan nuestro de cada día.
Parece irreversible el cambio, pero Estados Unidos aún tiene fuerza para combatir y alargar la caída. Cuidémonos de que no nos caiga encima.
México se encuentra atado al imperio norteamericano. Pero, ahora que el tiempo de la autocontención y lo políticamente correcto ha pasado para el gobierno de nuestro vecino del norte, México también está bajo amenaza. Trump no ha dudado en pronunciarse sobre Cuba, Colombia y México.
Los pretextos no faltan: la seguridad pública, el narcotráfico vinculado al gobierno, el fentanilo y el terrorismo asociado a los cárteles, entre otros motivos pueden ser asumidos por Estados Unidos como suficientes para intentar una injerencia mayor.