Addis Abeba vive remolinos de autos desquiciados, tráfico inaudito y delegados ansiosos. Es la Cumbre de Líderes de la Unión Africana de febrero; el segundo espacio multilateral más activo del mundo que México acompaña desde 2006 como Observador Permanente, uno de los primeros países en adquirir tal posición. Ya valorábamos los movimientos panafricanos desde principios del siglo XX, como fuerza intelectual en respuesta al colonialismo.
No todo ocurría en Etiopía, país cercano por nuestra solidaridad cuando fuimos, en 1935, los primeros en denunciar la invasión fascista contra los etíopes. Figuras como el ghanés Nkrumah y el nigeriano Nnamdi Azikiwe fincaron una cooperación africana que hoy permea en la repetida frase de “soluciones africanas para problemas africanos”.
La primera institución panafricana sí tuvo un sabor etíope. 32 estados africanos crearon en 1963 la Organización de la Unidad Africana en Addis Abeba. Seguían el liderazgo del emperador Haile Selassie, símbolo de resistencia y receptor de tradiciones transcontinentales como el movimiento rastafari. Él construyó una sala, el African Hall, y preservó un balcón personal para ver, sin ser visto, y extender su manto de confianza hacia los trabajos. Nadie escatimará algunos éxitos de entonces que preservaron la unidad africana sobre la base de su principal acervo: el consenso real o posible. Pero tampoco se obvian sus descalabros: la organización nació sin filo, con un principio de no injerencia que la condenó incapaz de lidiar con violaciones de derechos humanos.
El Africa Hall decayó y la violencia superó la esperanza. Fue necesaria su transición en la Unión Africana. Para 1999 se emitió la Declaración de Sirte y en 2001 entró en vigor la nueva unión que nació con un diente, si no filoso, al menos visible: intervendría en asuntos internos contra crímenes de guerra, lesa humanidad y genocidio. Los pasillos de un nuevo e imponente edificio, aportación china, muestran que la organización ha bregado duro con sus desafíos: construir institucionales y consolidar su mandato. Es diferente a la Unión Europea porque la desconfianza de sus miembros soslaya aun su capacidad colectiva.
Inauguró un Parlamento Panafricano y una Fuerza de Reserva con 15 mil efectivos. Ahora dialoga con la ONU sobre cómo ordenar operaciones de mantenimiento de la paz, pero aun recibiendo 25% de fondos extracontinentales. Vivió crisis duras como aquella tras la propuesta de Gaddafi que buscaban un gobierno de unión que exigiría a los miembros la cesión de una parte de su soberanía.
Crear un Consejo de Paz y Seguridad le fue indispensable, pero éste surgió débil frente a retos descomunales. El continente es futuro y rezago en la misma moneda: en 2050 representará el 80% del crecimiento global de la fuerza laboral; alberga 13 de las 20 economías de más rápido crecimiento, sobre enormes vulnerabilidades humanitarias y políticas. Vive su tercera ola de golpes de estado, con nueve tan sólo entre 2020 y 2023.
Es la tierra que todos ven como solución o botín: posee abundantes recursos de energía renovable y la mayor proporción mundial de minerales críticos. Representa votos en foros internacionales que todos apetecen. Como Unión Africana, aseguró su membresía en el G20 y su potencial agrícola es vasto, con 50 millones de hectáreas de tierra cultivable.
Esta Cumbre del 2026 se organizó con un tema diferente: “agua como recurso vital para el desarrollo”. El estrés hídrico le representa ahora una restricción estructural, más que un desafío sectorial, y se imbrica con todo: crecimiento demográfico, urbanización, variabilidad climática, infraestructura, mujer, desarrollo comunitario. Este intento responde también a un notable pragmatismo: sacar una hoja de ruta de todos y para todos, en un tema de consenso. Es lograr algo muy específico donde es posible. Ello no elimina el agudo sufrimiento de las poblaciones africanas en materia de seguridad: Sudán, el este de la RDC, el Sahel, el terrorismo, resuenan en las reuniones a cada minuto.
Finalmente, como lo ha afirmado en esta sesión el secretario general de la ONU, António Guterres, es un importantísimo y resiliente espacio para extender un salvavidas al multilateralismo cuando más se requiere. Mientras desfallecen el diálogo y la unidad, un numeroso grupo de países, muy emproblemados pero muy convencidos, unen voces y apuestan por el consenso, para brindar su apoyo a la voz multilateral.