En Palacio Nacional, Salma Hayek derramó gratitud ante Claudia Sheinbaum, alabando a la presidenta como la salvadora del cine mexicano que “quizá no teníamos antes”. Mientras tanto, en Veracruz —tierra natal de la actriz—, el crimen organizado extorsiona escuelas y acumula cadáveres. ¿Cómo conciliar los aplausos a un gobierno con la realidad de un país ahogado en violencia? Esta escena no es solo un acto cultural; es un mensaje político que ignora el dolor de millones.
Salma elogió no solo a Sheinbaum, sino también a la gobernadora veracruzana Rocío Nahle por facilitar su última producción. Sin embargo, los hechos hablan por sí solos: en los primeros días de 2026, Veracruz registró múltiples homicidios dolosos en un solo fin de semana, según reportes oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Aunque el gobierno federal presume reducciones en ciertos indicadores de violencia, las alertas locales señalan repuntes preocupantes, con extorsiones que obligan al cierre de escuelas en regiones como Acayucan y un incremento sostenido de la violencia de género en la zona conurbada Veracruz-Boca del Río. En el país entero, la percepción de inseguridad sigue alta pese a que las cifras oficiales mejoran en algunos rubros, y millones de familias viven bajo el peso de la extorsión, el secuestro y la impunidad.
Los incentivos al cine —como el 30 % de devolución en ISR para producciones de gran escala—, suenan atractivos. Pero llegan después de años de recortes drásticos bajo la Cuarta Transformación. El presupuesto cultural se redujo significativamente en los últimos años, afectando museos, bibliotecas, festivales y a miles de artistas independientes que dependen de apoyos no selectivos. La 4T eliminó fideicomisos y estímulos fiscales previos, debilitando una industria que ahora parece “resucitar” de manera focalizada y condicionada. En el caso de Hayek, se documentó apoyo directo del gobierno de Veracruz —incluyendo equipo y recursos logísticos—, para su filmación en el estado. Críticas ciudadanas señalan posibles vínculos familiares con contratos estatales, lo que alimenta la percepción de que los aplausos podrían estar ligados a beneficios concretos.
No se trata de negar el valor del arte, que engrandece sociedades y merece apoyo. Pero celebrar al poder sin mencionar el contexto envía un mensaje de complacencia. Mientras artistas como Bad Bunny usan su plataforma para rechazar la polarización y defender libertades, Hayek opta por el elogio y guarda silencio ante las tensiones institucionales: debilitamiento de contrapesos democráticos, concentración de poder, extorsiones generalizadas y servicios públicos colapsados en muchas regiones.
En este debate, la sociedad civil mexicana hace un reclamo justo y valiente. Organizaciones, periodistas independientes y ciudadanos de a pie exigen coherencia: no se puede defender derechos humanos en foros internacionales y guardar silencio frente a las preocupaciones legítimas sobre el rumbo del país. ¿Usará Salma Hayek su voz e imagen pública para demandar respeto pleno a la ley, instituciones fuertes y fin a la impunidad? Ojalá el arte inspire no solo películas, sino un México en paz.
El verdadero incentivo no son los aplausos selectivos ni los recursos condicionados. Es la justicia, la seguridad y la libertad para todos. Porque cuando el arte calla ante la violencia, termina siendo cómplice del silencio que la perpetúa.