El Juego de Estrellas de la NBA ha dejado de ser un partido de basquetbol para convertirse en un experimento de laboratorio. En el Intuit Dome de Inglewood, bajo las luces de la tecnología de punta, la liga intentó rescatar un producto que olía a formol. Adam Silver, desesperado por inyectar competitividad, nos recetó un “mini torneo” de tres equipos: USA Stars (los jóvenes), USA Stripes (los veteranos) y el Team World.
Sobre el papel, el formato de round-robin con partidos de 12 minutos parece un acierto de narrativa. Nos vendieron patriotismo deportivo y la urgencia del reloj; ver a un equipo eliminado tras apenas dos encuentros genera un sentido de consecuencia que el viejo formato de 48 minutos de desidia había perdido. De hecho, ver al Team World de Wembanyama y Jokić caer ante el empuje de los jóvenes estadounidenses (liderados por un Anthony Edwards que sí entiende el significado del espectáculo) fue el único rastro de pulso real en todo el fin de semana.
Pero no nos engañemos. El problema de fondo no es la estructura, es el alma del juego. Hoy, la NBA es una dictadura del perímetro. El concurso de triples se ha consolidado como el verdadero evento estelar, una joya de la corona donde la precisión quirúrgica de tipos como Damian Lillard hipnotiza a una audiencia que ya no busca contacto, sino geometría. Es el triunfo del spacing sobre la fuerza bruta.
Sin embargo, en el rincón más oscuro del domingo, yace el cadáver del Concurso de Clavadas. Lo que alguna vez fue el altar de Jordan y Carter, hoy parece un festival escolar de mala muerte. La crítica tiene que ser dura: lo que vimos fue vergonzoso. Jugadores de rol e invitados que requieren una búsqueda en Google para ser identificados, intentando proezas que ya no sorprenden a nadie.
¿Es el concurso de clavadas un formato antiguo? Rotundamente, sí. Es un anacronismo estético. En un mundo donde cualquier adolescente ve en redes sociales a un profesional del dunk hacer un triple mortal antes de volcar el balón, las estrellas de la NBA tienen miedo al ridículo. Prefieren refugiarse en la línea de tres puntos que arriesgar el físico en un formato que se siente como un disco de vinilo rayado en medio de una fiesta de streaming.
La NBA ha cometido el pecado de la nostalgia forzada. Insisten en maquillar un cadáver con drones y luces LED, cuando la realidad es que el “vuelo” ha perdido su capacidad de asombro. Si la liga quiere sobrevivir a su propia irrelevancia de media temporada, debe aceptar que el aro ya no se rompe con las manos, sino con la mirada desde los ocho metros.
El concurso de clavadas debe morir para que el All-Star pueda vivir. De lo contrario, seguiremos viendo a millonarios aburridos en la banca mientras un desconocido intenta, por quinta vez, saltar sobre una botarga de cereal. La NBA es hoy una liga de francotiradores; dejemos que los acróbatas se queden en el circo del pasado.