Agua compartida, futuro compartido

10 de Abril de 2026

Agua compartida, futuro compartido

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Miriam Saldaña

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EjeCentral

La reciente visita institucional del Congreso de Hidalgo al Congreso de la Ciudad de México no fue un acto protocolario más; fue la confirmación de una realidad profunda: compartimos destino, futuro y problemas.

El agua, como elemento vital, no reconoce fronteras administrativas y nos obliga a asumir una visión metropolitana, ambiental y solidaria. Hidalgo ha sido históricamente un territorio clave en el equilibrio hídrico regional. Mientras envía agua limpia hacia la capital, también recibe una parte importante de sus aguas residuales, configurando una dinámica que ha derivado en lo que hoy se reconoce como una zona de sacrificio ambiental, particularmente en el Valle del Mezquital.

Esta condición no puede entenderse sin analizar uno de los proyectos hidráulicos más importantes del país: la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales de Atotonilco, impulsada por la Comisión Nacional del Agua como parte del Programa de Sustentabilidad Hídrica del Valle de México, fue concebida para atender una deuda histórica: sanear las aguas residuales generadas por millones de habitantes que durante décadas fueron descargadas sin tratamiento hacia Hidalgo.

Con una capacidad de hasta 50 metros cúbicos por segundo, es la planta más grande de América Latina y una de las más importantes a nivel mundial, permitiendo tratar cerca del 60% de las aguas residuales del Valle de México. Sin embargo, su operación también implica desafíos técnicos relevantes, particularmente en el manejo de los lodos generados que alcanzan volúmenes de decenas de toneladas diarias, lo que exige una gestión integral para evitar impactos ambientales secundarios en los ecosistemas y comunidades aledañas. Entre ellos, la proliferación del mosquito Culex, asociada a cuerpos de agua con alta carga orgánica, lo que ha impactado la calidad de vida y la salud de comunidades cercanas.

A ello se suma la presencia de lirio acuático en presas y canales, fenómeno que refleja desequilibrios en los ecosistemas acuáticos derivados del exceso de nutrientes. Estos elementos evidencian que el tratamiento del agua no puede limitarse a la infraestructura: requiere una gestión integral que contemple todo el ciclo, incluidos sus subproductos. Frente a este panorama, es importante reconocer los avances que se han impulsado desde la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México, que ha destacado la importancia del suelo de conservación que representa cerca del 59% del territorio de la ciudad como pieza clave para la recarga de acuíferos y la sostenibilidad hídrica. Asimismo, la Secretaría de Gestión Integral del Agua ha fortalecido una política de gestión integral orientada a la eficiencia, la reducción de fugas que alcanzan aproximadamente el 40% del agua en la red y el impulso al reúso y captación pluvial. No obstante, los retos regionales siguen siendo contundentes.

En Hidalgo, hay municipios donde el agua se distribuye cada dos meses, mientras que en Pachuca el suministro puede darse cada 15 días. Esta desigualdad hídrica contrasta con la creciente demanda de la capital, que depende en cerca del 70% de acuíferos locales, muchos de ellos sobreexplotados.

La sobreexplotación de los recursos hídricos no solo compromete el equilibrio ambiental, sino que genera tensiones sociales y afecta directamente a los ecosistemas locales. Por ello, avanzar hacia una justicia hídrica no es solo una aspiración ética, sino una necesidad urgente.

El planteamiento de un Pacto Verde de Justicia Hídrica cobra aquí toda su relevancia. Implica reconocer que no es posible garantizar el acceso al agua en una región a costa del deterioro de otra. Requiere cooperación intergubernamental, inversión en infraestructura sostenible y una visión compartida del territorio. Este parlamento metropolitano es impostergable. Representa la oportunidad de transformar el diálogo en acción, de construir soluciones conjuntas y de asumir, con responsabilidad, que el agua nos une. Porque el futuro hídrico no se define en límites políticos, sino en decisiones metropolitanas. Y en ese camino, debemos actuar con conciencia, equilibrio y justicia. Somos naturaleza, y en esa condición compartida está nuestra mayor responsabilidad.