Aire sucio, discurso limpio

14 de Mayo de 2026

Aire sucio, discurso limpio

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Juan Pablo Gómez

Estas últimas semanas basta con mirar por la ventana para detectar la capa de nata gaseosa que cubre a la CDMX. Hemos pasado de tener 120 días de aire limpio al año en 2023 a tan solo 64 en 2025 y parece que serán menos en 2026, ya que en los primeros 47 días del año la CDMX tuvo apenas 3 días limpios.

La refinería de Tula opera ahora a mayor capacidad que en décadas. Pasó de producir 176,000 barriles diarios en promedio en 2024 a 270,000 barriles diarios en 2026 según datos de Pemex. Cuando la CAMe activa una contingencia ambiental, el protocolo manda que la refinería de Tula debe limitar la producción al 75% de su capacidad. Estos datos no comprueban ninguna causalidad, pero sí dan argumentos para plantear una hipótesis: la soberanía energética tiene como precio la salud de los ciudadanos en la ZMVM.

Estamos viviendo bajo una narrativa donde se nos dice que luchar por la soberanía energética es el máximo beneficio, pero no se reconoce que el costo a pagar es nuestra salud. No se puede negar que toda la energía que producimos y consumimos está afectando cada vez de forma más notable la calidad de vida de las personas alrededor del mundo.

En 2024, la SEMARNAT declaró como Zona de Restauración Ecológica a la región de Tula. Esto quiere decir que se reconoció que Tula y los municipios cercanos han sido declarados como prácticamente inhabitables, afectando a cientos de miles de personas que habitan la zona. Según datos de Greenpeace, la termoeléctrica y la refinería emiten juntas más de 30 veces el SO2 que emite toda la industria de la Ciudad de México. El desastre ecológico es conocido por el público y hay gente que lo sufre todos los días; incluso sabemos que afecta a la cuenca del Valle de México (varios millones de personas más) y aún así no se observa el nivel de indignación que se esperaría.

Tula no es un caso aislado. El mundo entero depende de los hidrocarburos para muchas cosas. El impacto del conflicto en Medio Oriente y las consecuencias del cierre del Estrecho de Ormuz son la evidencia de la hegemonía del petróleo. Antonio Gramsci diría queel discurso del progreso energético no necesita convencerte de que respirar aire sucio es aceptable, simplemente hace que no se te ocurra plantearlo como una elección. El dilema no es si la gravedad de las condiciones actuales es evidente, sino qué ideas mandan en la sociedad que nos impiden reconocer lo evidentemente perverso que observamos. Esta hegemonía permite que las gigantes petroleras del mundo sigan lucrando millones de dólares al año, a pesar de ser constantemente cuestionadas por la opinión pública. En cierta forma esto también permite que Pemex siga siendo un símbolo nacional antes que una empresa paraestatal que produce mientras envenena a la ciudadanía.

La gente se da cuenta de las consecuencias del cambio climático y por eso la “transición energética” ya es un tema recurrente en el mundo de los negocios. El problema es que la producción de energía sigue costando vidas. El sistema de mercado que construyó esta problemática no tiene incentivos para resolverla. ¿Cuántos Tulas más necesitamos para empezar a demandar un cambio profundo?